La Compañía de Danza Espiral presentará hasta fin de mes la obra Vindicación de la primavera, una de las piezas clave de su fundador, el actor, coreógrafo y bailarín Patricio Bunster (1924-2006). Las funciones serán en el teatro principal del Centro Cultural Matucana 100 dentro de una programación que se ha propuesto como eje el rescate de la memoria en el esquizoide mes del golpe militar y las fiestas patrias.

Para el lector desinformado –que tratándose de la danza somos todos–, vale la pena aclarar que esta “vindicación” es una reescritura de la obra clásica La consagración de la primavera, creada en 1913 por el ballet ruso de Nijinsky y música de Igor Stravinsky. Es una pieza que básicamente habla de cómo los paganos celebraban la llegada de la estación primaveral sacrificando a una doncella, que en la escena baila hasta morir. Un contrapunto metafórico entre la vida y la muerte, propio de ese momento en que la naturaleza cambia de ciclo pasando del invierno al verano. Patricio Bunster tomó ese argumento como base y lo resignificó trayendo el relato a la realidad y naturaleza de nuestra América Latina. Así, si en la pieza original la primavera se consagra a través de la muerte, en la versión de Bunster es la muerte la derrotada por los hombres. La primavera es reivindicada. Vindicar es vengar y defender, la primavera recupera lo que le pertenece: la vida. Este cambio radical de signo en la lectura, es evidentemente político. Gran parte de su obra coreográfica tiene ese sello indeleble.

Asistir a esta obra es mucho más que ver y admirar en la escena el despliegue físico de los bailarines, es ser transportado a un tiempo otro, fuera del tiempo, gracias a la música que se torna fundamental atmósfera y se instala como una neblina desde los acordes casi impresionistas de Stravinsky. La doncella protagonista es junto a su pareja a ratos un mismo fauno, la vida floreciendo, palpitando, germinando, multiplicándose en una fatamorgana de fractales, como una célula que de pronto son ocho células. La muerte y sus agentes son una sombra con brazos que sofocan, hacen espeso el aire. La maravilla es abstracta, el ojo menos entrenado logra entrever la lucha entre las fuerzas del mal y las fuerzas del bien, la danza como una batalla entre la pulsión amorosa, vital, erótica y a la vez colectiva, que logra finalmente dominar a la pulsión destructiva, tanática e individualizada en el magistral personaje de la muerte, una especie de pavoroso arlequín militar. Una pieza dramática conmovedora llena de sugerencias.

Tuve la oportunidad de entrevistar al maestro Bunster el 2003, cuando Chile conmemoraba los 30 años del golpe militar, para la desaparecida revista de danza Impulsos, entonces señaló: “yo creo en una danza legible para todo el mundo, pero lo que veo muchas veces es hermetismo. En una oportunidad, en un seminario o charla, un esteta al lado mío señalaba que lo importante para el creador es la introspección y les decía a los alumnos que no se preocuparan por el espectador. Yo me paré y le dije lo siento pero no puedo estar más en desacuerdo. Yo bailo para comunicar, no para mí mismo. Parece que ahora hemos caído en el tema de hacer obras mientras más difíciles de entender, mejor. Eso me parece terrible, preocupante, me da rabia. O sea, efectivamente hay un proceso que estos desgraciados cortaron. En los años 70 Chile estaba en un alza cultural impresionante. Lo que se acabó fue un modo de concebir el arte y la cultura, donde lo central era el compromiso del artista con su pueblo, con su gente. Uno iba a las poblaciones y después de bailar charlaba con la gente para saber cómo leían lo presenciado. Pero los referentes están. Ahí está la imagen de Allende. El problema es cómo se los rescata”.

La memoria es un problema político hoy en día. Para quienes estamos o nos sentimos cerca de aquel compromiso, es un deber vindicar de la posibilidad de olvido a Patricio Bunster, defender su legado. Pero sin duda más allá de ello, cualquier ciudadano, ciudadana o compatriota con un mínimo de sensibilidad estética, sabrá salir conmovido ante una obra como esta. Y para decirlo claro, lector, no pierdas la oportunidad de vivir esa experiencia. Vale la pena.


Rodrigo Hidalgo