Son muchos los factores que se pueden invocar para comprender el resurgimiento del fascismo bajo nuevas formas en Chile y A. Latina. No obstante, en una mirada de largo plazo, la escuela que se dedica esencialmente a “pasar materias” dando la espalda a la sociedad en la que se desenvuelve, aporta demasiado a que este complejo y peligroso fenómeno se consolide de manera definitiva en nuestras sociedades.

Al desligarse de la responsabilidad de aportar sistemáticamente a la comprensión del mundo y dialogar democráticamente sobre sus complejidades, la escuela que se centra en la transmisión de contenidos y se aleja del contexto en que viven los sujetos, contribuye poderosamente la validación del mundo tal como existe, con sus males incluidos. Por simple distancia u omisión, la labor escolar permite que proliferen, sin contención alguna, toda clase de significaciones y conductas que atentan contra la dignidad humana. Circulan así, libremente en los patios y en las aulas, el racismo, la homofobia, la negación de la diversidad, la violencia de género, el odio a los pobres o la creencia de que la delincuencia es fruto de la maldad intrínseca de las personas y que esta se resuelve con mano dura. Todas, ideas que el pensamiento fascista levanta con entusiasmo y que, ante el temor y los prejuicios, sectores importantes de la población los aceptan acríticamente.

Frente a las amenazas, riesgos y precariedades que el mismo modelo provoca, se instauran el autoritarismo y el castigo como fórmulas para corregir nuestros males -al punto de aceptar que se atropellen sistemáticamente los derechos fundamentales de las personas- sin aproximarse a las razones de fono que los generan. Efectivamente, entre el miedo, la discriminación y la sobrevivencia en el mercado, surgen la negación a reconocerse como sujetos de derecho, el distanciamiento del bien común como meta y la acción colectiva como forma de enfrentar los problemas.

Pero no es solo el fascismo clásico lo que abunda, es también la ideología neoliberal instalada en el sentido común. Es el neofascismo, una mezcla perfecta (y fatal) entre clasismo autoritario e individualismo mercantil. Se validan allí -en ausencia de una temprana y fundada deliberación- ideas contrarias un desarrollo social basado en valores colectivos, como responsabilidad de la comunidad y del Estado. Se legitima, por ejemplo, la idea de que la pobreza es algo lógico, fruto de la baja capacidad de las personas para progresar y atenuarla, además del sacrificio personal, pasaría inevitablemente por la maximización del beneficio individual de los que ya lo tienen todo, sin garantía de derechos y de ingresos salariales decentes.

No es que la escuela necesariamente sea la causante de esto, sino que su sola no incumbencia es suficientemente determinante, para que dichas visiones se reproduzcan, en un contexto que mediaticamente refuerza toda clase de sesgos, estereotipos, formas de discriminación, temores, odios y visones de mundo simplificadoras. Tampoco es la escuela en si misma -como esencia- la que se inhibe de los grandes temas. Es más bien la escuela neoliberal, arrinconada por la lógica empresarial de las políticas de calidad, el productivismo instrumental y la estandarización. Una escuela forzada a preocuparse por la eficacia y la mejora de los resultados, a partir de un currículum que no preestablece logros educativos que permitan enfrentar los verdaderos desafíos formativos. Un currículum que ofrece objetivos de aprendizaje de tipo cognitivo-académicos y procedimentales, alejados de la realidad en sus dilemas fundamentales y en los que se disocian las dimensiones de la formación integral de los sujetos. Un diseño (reforzado por la evaluación estandarizada) que desconecta el saber de la vida y que finalmente alimenta la simplificación de la realidad, en cuyo marco emergen con fuerza creencias, temores y prejuicios muchas veces contrarios a la convivencia y la dignidad humana.

Efectivamente, la política curricular en Chile –y también en otros países de América Latina, por la vía de la agenda regional de la calidad que han impuesto los organismos financieros internacionales- ha estimulado sistemáticamente en las últimas décadas el desequilibrio entre áreas de formación. Se ha puesto todo el peso en áreas funcionales, orientadas al entrenamiento de habilidades, desde un enfoque socio-laboral, sin conexión con las complejidades del  mundo. En primer ciclo básico, por ejemplo, que es donde se adquieren distinciones valorativas basales sobre la realidad,  el diseño curricular vigente produce una verdadera aberración: dispone 8 horas destinadas a Lenguaje (con un interminable listado de objetivos e indicadores procedimentales) y otorga 0,5 horas a la asignatura de orientación, espacio en el que se podrían abordar formativamente los temas de la violencia, la cultura democrática y los valores para un mejor desarrollo humano. Situaciones similares ocurren con las  artes o la filosofía, a lo que se agrega una Jornada Escolar Completa que, en la mayoría de los casos, es más de lo mismo.

Este enfoque funcionalista-académico y neutral del currículum, que fragmenta, satura y reitera rutinariamente conductas acotadas, además de ser desmotivador y poco pertinente en términos culturales, inviabiliza la posibilidad de abordar los grandes desafíos formativos que nuestra sociedad requiere con urgencia. Desde ese punto de vista, para que se consoliden visiones de mundo restringidas como el neofascismo individualista y mercantil, basta con una escuela neutra. Es suficiente con un currículum que divida el todo en asignaturas desconectadas entre sí, que separe el conocimiento de su contexto y lo desagregue en un interminable listado de contenidos y habilidades, invisibilizando los problemas que nos aquejan. Una escuela de ese tipo, solo puede producir naturalización de la realidad y la creencia de que la sociedad se compone de individuos sin vínculos, que carecen de derechos y que deben competir en el mercado por ganarle al que está al lado.

La emergencia del neofascismo en Chile  y en otros lugares, es reflejo también de la mala educación. Aquella que permanece indiferente frente a la desigualdad, que promueve la competencia exitista por resultados o que posibilita la formación sujetos que centran el sentido de su vida en el consumo y la “movilidad social” para parecerse a los que lo tienen todo. Una política educativa que ha abandonado (y privatizado) el rol formativo, en función de los mal llamados “aprendizajes de calidad”, dejado que se consolide una sociedad de individuos que, para concretar sus fines personales, necesitan de una autoridad fuerte que imponga el orden por sobre la justicia y que les limpie el camino de antisociales,  inconformistas y sujetos contrarios a su progreso individual.


Profesor de Historia y Geografía. Magister en Educación. Académico UMCE y Asesor Colegio de Profesores de Chile