*Los nombres de los menores de edad fueron cambiados para proteger su identidad.

A la una de la tarde un viernes Gonzalo (23) está apoyado en un bloque de cemento en el bandejón en la salida del metro Los Héroes. Tiene el pelo rojizo, lleva un jockey hacia atrás por donde se asoman sus cejas perfectamente depiladas. Luego se sienta con las piernas cruzadas y a sus pies descansa su quiltro “Rebelde”. Él habla y todos callan. Es el líder del grupo, o más bien, el papá putativo de todos. Mientras desmenuza con cuidado los últimos restos de un truto de pollo, lo rodean María Jesús (16), Ignacio (14), Benjamín de (13) y Michelle (23). Son los únicos que quedan de la histórica caleta Los Héroes, un grupo que hasta hace un tiempo vivía en la esquina de la Alameda con Manuel Rodríguez donde hoy se está construyendo un gimnasio. Han sido una decena y hasta quince, una familia que crece, se fragmenta o disminuye, dependiendo de los niños que van llegando después de la fuga desde algún centro del Servicio Nacional de Menores (Sename) y los que emigran después de una pelea.

-Ahora hay dos del Cread Pudahuel, la María Jesús y el más chico que tiene 13-, dice Gonzalo apuntando con la boca a Benjamín.

/ Felipe Báez Benítez

Gonzalo ha vivido desde los 12 años en la calle y pasó por seis hogares, incluido el Cread Pudahuel, donde dice que su estadía apenas duró unas horas. Se queja y dice que se quedaron con lo puesto cuando el martes 16 de octubre mientras estaban instalados en el paseo peatonal de Huérfanos que atraviesa Manuel Rodríguez, la gente de Aseo y Ornato de la Municipalidad de Santiago les habría quitado sus pertenencias: tres carpas, las frazadas y casi toda la ropa. Solo quedaron con un par bolsas que ahora están tiradas en el pasto y que el perro resguarda celosamente. La denuncia también apareció en las redes sociales.

-¡Estos corsarios se llevaron todo, todo, hasta la comida de mi perro!- se queja Gonzalo impostando una voz dramática.

La caleta existe hace cuatro años, los han entrevistado en la televisión hasta el cansancio, pero su situación no parece alertar a nadie más que las fundaciones que trabajan con niños en situación de calle. Para el resto parecen invisibles. Invisibles a ese Santiago neurótico donde-cada tanto- un transeúnte los mira con miedo o desprecio, cuando ellos alzan la voz o de sus celulares se escucha un reggaetón de Bad Bunny. Son los que quedan porque algunos pululan entre el río Mapocho, Quinta Normal, Puente Alto y Recoleta y otros tuvieron la buena suerte de irse a un albergue en la comuna de La Reina.

/ Felipe Báez Benítez

– ¿De qué escapaste Gonzalo?

-Primero de un hogar en Rancagua donde me sacaban la chucha y un tío que me quiso hacer cosas, acá mando yo, seré gay, pero mando yo-, dice con el pecho inflado y ríe.

La vida la enfrenta con un humor crudo y provocador.

Desde hace unos días van de un lado a otro en el centro de Santiago arrancando de los Carabineros. Hace poco más de una semana vivían en el segundo piso de una casona abandonada de Gendarmería ubicada en la calle Ejército.  Allí cada uno tenía hasta su pieza, pero hoy, sin pertenencias, duermen a la intemperie, aun cuando la mayoría de ellos se encuentra rindiendo exámenes de nivelación en un colegio de Pedro Aguirre Cerda. El domingo, mientras algunos cuidaban autos cerca de un supermercado de la calle Huérfanos para ganar unas monedas, les quitaron más cosas. Para ellos ese acoso, lo ven como una humillación constante. Se nota en sus rostros. Están cansados.

-Yo ya estoy medio deprimido, es mucho lo que nos molestan y nos echan de cualquier lugar donde dormimos-, confiesa Gonzalo.

Benjamín, el menor de los niños habla por teléfono en una esquina, se comunicó con su mamá y, al parecer, las noticias no son alentadoras. Se pone a llorar porque la echa de menos, se sienta cerca de Gonzalo y abraza a fuerte a Rebelde, quien lo lengüetea como si supiera que el niño necesita consuelo. Es pequeño de estatura, el más desconfiado y siempre está apartado o triste.

/ Felipe Báez Benítez

La historia de María Jesús empieza en Calama, mientras cubre su cabeza con un capuchón negro y entrelaza las manos de uñas carcomidas, recuerda que fue dada en adopción muy pequeña, pero a los ocho años sus padres adoptivos la entregaron de vuelta al Sename. Desde ese tiempo ha vivido de manera intermitente entre hogares y la calle. Dice que sus parientes son sus amigos-la mayoría del Cread- y nadie más.

-En mi vida he pasado hambre frío, me han abusado, un ‘violeta’ del que no me quiero ni acordar… El otro día le conté mi historia a una sicóloga y se puso a llorar, no podía creer todo lo que había vivido- , confiesa.

Un día después de la entrevista, a María Jesús la detuvieron mientras visitaba a sus amigos en el albergue de la comuna de La Reina, durmió en la farmacia frente a la casa. Los vecinos llamaron a Carabineros y se la llevaron esposada de vuelta al Cread Pudahuel. A las pocas horas, María Jesús volvió a escapar. Como ella, al menos 15 niños se han fugado del mismo lugar en menos de dos meses.

Los niños no están primero en la fila

Pía Salas, actriz y directora de Fundación Abrazarte, denunció la situación precaria en la que vive este grupo de adolescentes. Ella lleva más de una década trabajando con esta realidad. El 2005 partió “peinando” el río Mapocho, mientras cargaba una bolsa con veinte panes y veinte yogures. No sabía dónde, ni qué iba a encontrar hasta que en el puente Bulnes divisó a una pareja rodeada por una jauría de perros, ellos la llevaron hasta el grupo de niños que vivía en el río. Conversaron, se ganó su confianza de a poco. Comenzó a visitarlos cuando se escapaba de su trabajo, celebró cumpleaños y lavó la ropa de quienes empezaron a ser como sus hijos. Así conoció el cambio que pueden tener estos niños con un poco de contención, pero también fue testigo de la persecución de Carabineros, del apremio que experimentaban y las golpizas. Una vez uno de los adolescentes le contó que le habían puesto una pistola en la sien y ella supo que era suficiente. Tuvo la certeza que debía hacer algo más. Así nació la primera escuela refugio Abrazarte.

Hoy sabe, que sin albergues para menores de edad, queda mucho por hacer.

-A estos niños les hacen un daño tremendo, porque van creciendo con rabia al sistema, entonces después cuesta muchísimo el trabajo de reparación, cuesta más la integración, porque hay un sistema que no los ve, que es macabro, un problema que existe porque las instituciones a cargo no dialogan entre sí-, comenta.

/ Felipe Báez Benítez

Pía se refiere a que no existen albergues para menores en situación de calle, existen para personas adultas, o mujeres que son madres, pero no para este perfil específico de niños. Sename tiene Programas Especializados con Niños, Niñas y/o Adolescentes en Situación de Calle (PEC), centrados en la reparación psicosocial, que son de día, pero de noche quedan abandonados a su suerte.

Hoy algunas organizaciones recién están abordando este problema con una mesa de infancia de niños y niñas en situación de calle de la Región Metropolitana integrada por Fundación Don Bosco, Servicio Paz y Justicia (Serpaj),  Asociación Chilena Pro Naciones Unidas (ACHNU) y Fundación Abrazarte donde se está tratando de visibilizar el tema. Esta llamada “Mesa conteo” quiere realizar un nuevo catastro de niños y adolescentes en situación de calle para poder verificar el número real. Se sabe que viven en sitios eriazos, cerca de estación de trenes, bajo el puente del Río Mapocho y -desde hace un poco más de cinco años- cerca de los malls.

La llamada “Encuesta calle” realizada por el Ministerio de Desarrollo Social durante el año 2011 identificó a 742 niños y niñas en situación de calle a nivel nacional, 367 de Santiago con un tiempo de permanencia promedio de 6,4 años.

El problema es que hoy el único albergue tipo residencia que existe es de la Fundación Don Bosco.

-Mientras esperamos, mientras pasa el tiempo, los niños son acosados por Carabineros o devueltos al Cread de donde se escaparon-, comenta la actriz.

/ Felipe Báez Benítez

Un martes en la tarde, Nathalie Oyarce, presidenta de Fundación Infancia, se sienta en la esquina de la pasarela de Huérfanos, en medio del grupo de la ex caleta. Los adolescentes ríen con ella mientras se reparten sándwiches y medias lunas. Dice que conoce a estos niños desde hace dos años y la mayoría de ellos le ha confesado que pasaron por residencias privadas o del Estado donde vivieron vulneraciones como maltrato, sobre medicación y abusos. Ella también ha denunciado la violencia policial de la que son víctimas, siempre expuestos a que les quiten sus pocas pertenencias y que los agredan físicamente.

-Les pegan de la nada y les han imputado delitos que no han cometido y hemos tenido que apoyar con representación jurídica (…) su único pecado fue nacer en familias pobres- , dice Oyarce.

En un video que registraron los mismos niños, se observa la persecución que deben soportar día a día. En agosto, mientras están tomando desayuno con los voluntarios de una fundación en el bandejón de la Alameda, los carabineros llegan a caballo, golpean a uno de los mayores de edad y se lo llevan detenido mientras lo arrastran por el suelo. Quedaron grabados los empujones, el grito desesperado de su hermana y la impotencia del grupo.

-Esa es la rabia con la que crecen, así es la violencia policial-, concluye Nathalie.

En el pasto de una jardinera que bordea una fuente de soda, el grupo descansa y comparte trozos de churrascos, galletas y bebidas. Benjamín parece ajeno a todos, mientras escucha reggaetón en un celular. Sonríe por un segundo. María Jesús dice que está feliz y no sabe el porqué. Gonzalo, al centro, hace reír a sus compañeros con un monólogo y la boca manchada de mayonesa.

Recuerda que uno de los momentos más felices fue cuando vivieron en la casona de Ejército, porque allí todos se repartían los quehaceres y él mismo “maestreó” para dejar con luz cada una de las habitaciones. Cachurearon y hasta consiguieron muebles y una tele vieja. Una parrilla era la cocina improvisada. El mismo día que los echaron llovió a cantaros. Pero Gonzalo no llora sobre mojado.

-Fuimos felices ahí, quiero volver a estar en una casa para poder trabajar…Con esta familia loca lo hemos pasado mal con el frío de estas noches, pero bah, estamos juntos-, dice mientras acaricia a Rebelde.

/ Felipe Báez Benítez

*La Municipalidad de Santiago fue contactada por El Desconcierto para obtener su versión, pero hasta el cierre de esta edición no recibimos respuesta.