*Puedes leer acá Descifrando el fascismo chileno (I) y El fascismo criollo original (II)

Si bien la estética de Acción Identitaria (AI) y del Movimiento Social Patriota (MSP) es distinta a la de los grupos estudiados anteriormente, sus posiciones políticas se basan en los mismos elementos. Un rechazo radical al liberalismo y al marxismo, con un fuerte énfasis en la moralidad tradicional, y en la defensa de la identidad nacional como valor central de sus propuestas.

En el caso de AI, su rasgo discursivo principal reside en la crítica a la inmigración -proponen que el control de las fronteras pase a manos del Ejército- como principal amenaza a la identidad chilena, definiéndose como una fuerza opuesta al “progresivo y deliberado olvido y deterioro de nuestra identidad nacional ante el avance de la globalización y los antivalores del mundo moderno”. Ante ello afirman buscar el “resurgimiento de la identidad” del país, combatiendo por hacer de Chile “una nación soberana donde los intereses de nuestro pueblo pesen más que los intereses de las organizaciones y potencias extranjeras”.

En ese contexto reivindican lo que denominan “valores ancestrales”, acusando que han sido reemplazados “por el afán desmesurado, inmoral y anti-ecológico de adquirir y renovar bienes de forma compulsiva e innecesaria. Se debe reemplazar el materialismo e individualismo extremo en el que vive nuestro pueblo por un sentido de comunidad nacional, donde el altruismo sea un objetivo de cada compatriota”. Por “espiritualidad ancestral” entienden “el amor a la familia, a la tierra, a las tradiciones, además de revalorar la producción local, artesanal e industrial”, buscan promover “los valores éticos y morales tradicionales como lo es el respeto y el reconocimiento de nuestros adultos mayores, la buena voluntad en el quehacer diario, la laboriosidad y la ayuda al semejante”.

Nuevamente  el “enemigo” de la chilenidad es establecido en el extranjero, apuntando a una “tiranía mundialista” que mediante los medios de comunicación busca “disolver y debilitar las mentes y diluir las identidades nacionales. Así, denuncian un supuesto esfuerzo concertado para realizar un “reemplazo demográfico y cultural” en Chile, similar al que “han experimentado muchos países occidentales con resultados adversos y perjudiciales para sus sistemas sociales, su estilo de vida y sus identidades nacionales”. Entre sus propuestas resaltan la necesidad de más cárceles, más policías, disminución de la edad penal juvenil a 13 años, aumentar penalidad a delitos contra la integridad física, mientras denuncian que “la legislación penal garantista protege más a los delincuentes que a los chilenos de trabajo”.

Denuncian además que los distintos gobiernos “han privilegiado sus simpatías ideológicas basadas en un concepto de multiculturalidad y diversidad mal entendido, por sobre la misma ley de extranjería” a la hora de enfrentar la migración. Habría una alianza entre “el alto empresariado que busca minimizar costos con mano de obra barata y políticos que buscan nuevos electores”. Socialmente son conservadores y anti-aborto excepto en inviabilidad fetal y peligro para la madre, y en caso de violación solo cuando se “demuestre” y antes de las 8 semanas de gestación, planteando incentivos a las familias numerosas para combatir la baja de la natalidad.

En una línea similar aunque con matices se inscribe el MSP, grupo que el 2016 se escinde de Acción Identitaria, y que reivindica un mundo dominado por “las dinámicas de lucha y movimiento”, con una épica de lucha donde “las leyes de la naturaleza enseñan que nada se regala en la vida si no es con lucha y esfuerzo”. En sus documentos públicos, disponibles en su sitio web, aseguran que “la identidad nacional y la justicia social deben servir como norma y orden formativo interior. Son el gran mito colectivo que sustenta una forma cultural e institucional sana y orgánica”, oponiendo la “cohesión, fuerza, progreso y voluntad nacional” a la “disolución, debilitamiento, decadencia e igualitarismo”, asociados a un contexto mundial “donde la globalización cultural, el mundialismo financiero, los descontrolados procesos migratorios y la tendencia a diluir las identidades amenazan con desarticular las sociedades nacionales”.

Se enmarcan explícitamente en “la tradición política del nacionalismo chileno” y constituyen lo que se ha llamado “la tercera vía”. Al igual que el grupo del que se desgajan, denuncian la existencia de un pequeño pero influyente grupo de poder “enquistado en los ámbitos claves de la comunidad nacional, los cuales persiguiendo fines ideológicos mundialistas, globalitarios e igualitaristas, han subvertido la cultura nacional desarrollada a través de siglos de esfuerzo espiritual y lucha social”. El sentimiento que estaría detrás de su acción sería un “odio a los chilenos” provocado por la seducción que les produce la ideología globalizante y cosmopolita, y que se traduciría en esfuerzos para disolver la identidad nacional como primer paso para la destrucción de la sociedad, siendo un botón de muestra de estos esfuerzos “las políticas y lobbies orientados al reemplazo de la población autóctona por medio de una inmigración masiva, poco selectiva y de efectos económicos regresivos”.

Para revertir esta situación impulsan lo que denominan una revolución del “hombre libre, social y nacional” que se sostiene doctrinariamente en los ideales de la identidad nacional -entendida de manera ortodoxa y rígida- y la “justicia social”, componente del que están excluidos aquellos actores que para ellos, no se vean integrados en la mencionada identidad nacional.

En ambos casos existe un despliegue comunicacional agresivo, que busca integrarse y radicalizar el “sentido común” aprovechando temáticas “populares” entre la población, por ejemplo la lucha contra la delincuencia o contra los casos de pedofilia eclesiástica, causas “justas” de las que se apropian para instalar a continuación elementos programáticos propios como la necesidad de reinstaurar la pena de muerte, o asociar delincuencia con inmigración ilegal.

Como podemos ver, más allá de diferencias que obedecen más que nada a los contextos en los que cada grupo se desarrolló, hay elementos doctrinarios y políticos comunes entre los grupos revisados. Todos se basan en un rechazo al liberalismo y al marxismo, estableciendo la defensa de una “identidad nacional” estática en oposición a fuerzas externas que buscarían supuestamente reemplazarla, cambiando el sujeto detrás de este conflicto: si para el MNS y el PNF fue el judaísmo, para Patria y Libertad fue el comunismo, y para el MSP y AI reside en las fuerzas “globalistas”. La estrecha definición de lo nacional que defienden los lleva a rechazar la inmigración y todo grupo social que discrepe de su definición de lo “chileno” achacándoles la categoría de “traidores”, y aunque retóricamente plantean críticas al empresariado por aprovechar la mano de obra barata ofrecida por los migrantes, terminan apuntando al actor más precario como el culpable de los males del país, poniéndose objetivamente en una posición de defensa de la misma oligarquía que en algún momento critican.

Partiendo de la base de que los grupos nacistas originales de los años 30 no levantaron un ideal racista como los nazis alemanes -su crítica al judaísmo era más bien política y cultural antes que biológica y racial-, su ideario era claramente fascista, y no meramente conservador o nacionalista, en la medida en que la defensa de esta identidad nacional va unido también a una propuesta por reestructurar el Estado y realizar cambios –limitados- a la estructura social, sin cuestionar la estructura de clases –al contrario, restableciendo la hegemonía de las capas dominantes en un contexto de crisis- pero si cambiando la dinámica al interior de las mismas.

A la luz de la revisión de la documentación elaborada por los distintos grupos es inevitable identificar una línea común entre todos, estableciendo de manera clara la existencia de una tradición de derecha extremista y fascista en nuestro país a lo largo de las décadas, en la que se inscriben claramente el MSP y Acción Identitaria. Queda pendiente el desafío de articular una respuesta ofensiva que permita cortar el paso a estas fuerzas políticas, que ganan terreno ante la falta de claridad y contundencia desde la izquierda para responder a una crisis económica, política y social que a nivel local se expresa en la precarización de la vida, pero a nivel global lo hace en el marco de una crisis “civilizatoria”: sobrepoblación, cambio climático, guerras locales y disputas entre superpotencias.