Desde nacer como mujeres nuestro cuerpo es sujeto de control. Primero y naturalmente a cargo de nuestros padres y a medida que crecemos, como parte de la socialización. Nuestras elecciones desde la vestimenta en adelante, están definidas por los márgenes sociales dados. Esto en tanto nos desarrollamos en un tipo de sociedad, pero inherente a eso tenemos incorporado lo que se espera de nosotras y las metas a las que debemos aspirar.

En tanto el cuerpo, nos alejan del concepto de salud como completo bienestar y nos acerca al modelo de compra de un conjunto de accesorios y quehaceres relacionados a lo estético, donde nuestras “elecciones” están mediadas por las expectativas que la sociedad tiene respecto a lo que debiera ser nuestra sexualidad, y la elección de la maternidad. Cualquier muestra de disidencia respecto a los mandatos sociales establecidos respecto a nuestras trayectorias como mujeres son cuestionadas y condenadas. Aún más grave, inclusive norma cómo debemos movernos para cumplir con lo esperado de una mujer.

Cuando bailamos, nuestro cuerpo se activa, libera endorfinas, el corazón se acelera y con ello el pulso, podemos sudar, sonreír, disfrutar… o todo lo contrario… podemos sentirnos incómodas y ajenas, sin capacidad de encajar ni estar cerca de un momento alegre o de goce. Los cuerpos alejados de las aspiraciones estéticas dadas por el modelo (que por cierto son muy escasos y de cierta forma imposibles) tienen menos posibilidades de ejercer esa libertad. Estamos preocupadas del cómo se ve y de no cruzar ciertos límites, nos movemos entre la vergüenza y la culpa.

El cuerpo tiene segmentos y lugares de connotación erótica cuyo movimiento y decoración han sido históricamente significados en función de los deseos del patriarcado. Tal como lo dijo hace poco nuestro presidente, la minifalda debe cubrir lo justo, pero generar tensión… en los hombres, para ellos y por ellos, así es la decisión de nuestra vestimenta diaria desde la mirada de este hombre. Una pena por él y sus asesores comunicacionales, pero sobre todo lástima, porque refleja justamente contra lo que el feminismo lucha, las imposiciones machistas sobre cuerpos que no les pertenecen.

Si mi pelvis, mis brazos y mis piernas me permiten correr, moverme y disfrutar, ¿podemos acaso terminar con la construcción de la toma de decisiones desde la mirada de otros? Necesitamos el reconocimiento de esa libertad como un hecho explícito o basta con esperarlo como una aspiración futura. Creo que ninguna de las anteriores logra dar respuesta a una decisión personal de elegir en base a nuestros propios deseos y pulsiones, es tiempo de la emancipación de cuerpos que debemos conquistar primero, para nosotras. Nuestra sexualidad ejercida desde los límites que nos coloquemos y el goce del movimiento, libre de la carga que se le quiera dar.

Tiempo de escucharnos y liberarnos de las siempre presentes culpas, para poder disfrutar más, porque el cuerpo también es un instrumento de goce, no sólo desde lo sexual, sino también desde la capacidad de movernos, de reconocerlo y tal como lo hicieran hace muchos años otras mujeres, de liberar nuestros pulsos y ritmos internos en post solamente del propio bienestar. Con la ropa que queramos y en el ritmo escojamos, porque es nuestro hábitat diario y cuidarlo tiene que ver con luchar y romper con el sedentarismo de clase que nos entrega la sociedad neoliberal, es superar las 8, 10, 12, 24 horas diarias de trabajo a punta de espacios donde movernos no esté prohibido. Expropiar al sistema de su poder censurador y crítico de la lejanía a los modelos y querer estos cuerpos para reconocernos y permitirnos encontrar en nuestro propios ímpetus los tiempos de oasis.


Médica feminista. Frente Poderosas Poder Ciudadano