Hoy estamos empoderadas y sentí que era el momento de hablar. Quiero que mi testimonio le ayude a otras personas, a otras mujeres, a otros ex Sename que pueden estar en la misma situación, porque ninguno de nosotros hemos sido reparados. Este es un daño que dura toda la vida. La reparación que he tenido ha sido porque pude costearme un psicólogo y un psiquiatra, pero mi terapia es escribir.

No uso pastillas para dormir. Cuando hago crisis, escribo. Y así pienso sacar mi libro: quiero contar mi historia, lo que viví desde los 5 a los 17, los años de maltrato, abuso, violación, todo. Toda mi vida viví lo mismo. Quiero dar una enseñanza de cómo he logrado de a poco ir superando esto, convirtiendo el dolor en algo positivo, en esto que me mueve, que es la infancia.

Siento un compromiso con los niños que están en los hogares, a los que nadie visita, que es lo que yo viví, porque a mí nadie me visitaba en el hogar. Tenía visita dos veces al año y luego nada, salvo que te vayan a ver por adopción o algo así. Hoy muchos niños viven lo que viví. Se supone que en este gobierno los niños iban a estar primero, al Sename le cambian el nombre pero va a seguir el mismo daño.

Es fácil mirar desde un sillón por televisión que murió otro niño del Sename o que otra niña fue violada por compañeros. Pueden marchar todos un domingo por la mañana, pero la memoria es frágil, ahí queda. Falta intervención para que esto no siga ocurriendo y va a seguir así porque nadie se preocupa por los niños y los adultos mayores.

Siempre que sale un delincuente la gente piensa que debe ser Sename. Pero nadie sabe lo que te lleva a eso, lo que viviste. Y que cuando sales del hogar te quedas en la calle: tienes que comer y si no tienes la mente fuerte, estás obligado a delinquir. En el hogar todos los días pasai hambre. Siempre que llegaban niñas que se las quitaron a sus familias, aunque fueran las dos de la mañana, nos levantaban a todas, nos desnudaban y pasaba una tía con un balde de pintura lleno de lindano y con una brocha nos pasaban a todas lindano en el cuerpo. Porque si la niña venía con sarna, podía contagiar a otras. Después te dormías con el cuerpo así, mojado.

“Los abusos duraron toda mi vida, hasta que me arranqué. Porque era arrancarme o salir embarazada. Traté de matarme a los 12 años”

Yo tuve una infección en las piernas y aún tengo las secuelas por tanto lindano. Caminé dos años arrastrando una pierna. Después de mucho tiempo me llevaron a Puerto Montt y ahí lograron, entre comillas, curarme. Yo estuve en un hogar del sur de Chile todos esos años, nunca en el mismo, porque te van cambiando siempre dentro de la misma red.

Había niñas que se quedaban los días de semana y en los fines de semana las iban a buscar sus papás. Pero también estábamos nosotras, a las que no nos iba a buscar nadie. Mi salida era ver la ventana con rejas y mirar cómo llovía o ver cómo a tus compañeras las iban a ver y a ti no. Por eso los días nublados me traen pésimos recuerdos, quedo tirada. De repente es el día o la brisa que me recuerda momentos. Recuerdo el cuarto del castigo, todas las veces que pasé ahí teniendo 6 años, cuando podría haber estado apapachada por mi familia. El ser violada de los 6 años en adelante. Los abusos duraron toda mi vida, hasta que me arranqué. Porque era arrancarme o salir embarazada. Traté de matarme a los 12 años.

Yo me escapé porque no quería que me sigan violando. No quería sentir ese olor a viejo, ese olor a boca, a todo, y me tiré por la ventana. Andaba con una chaqueta con cuello de chiporro. Estuve dos días sin comer, tenía 17 años. Toqué la puerta de mi mamá y le dije ‘pídeme lo que querai, pero fírmame un papel para que yo pueda trabajar’. Era lo único que quería, no quedarme con ella o que me diera comida. Empecé a trabajar, iba todos los días con la misma ropa, a una boutique de una familia argentina. Gracias a ellos pude pagar una pieza. Pude ser drogadicta porque me dieron de probar cuestiones, hubo un rato en que consumí cocaína. Cuando llegué a Santiago se me abrió el mundo, aunque sufrí también y muchas veces tuve que dormir en la calle.

La payaya y los calzones marcados del gobierno

Soy mamá y trabajo desde mi casa para no abandonarnos ni dejarlos con otra persona. Cuando veo a un niño llorando me imagino que lo acusaron o le hicieron algo. Nunca en la vida he sido violenta, pero antes sí tenía una personalidad muy difícil, siempre estaba a la defensiva. De hecho no tengo mucho amigos, solo uno de años. Siempre he tenido miedo de que me dañen: después de me que separé no rehice mi vida porque no podía meter alguien en mi casa con mis niños chicos.

Ahora me ayuda verlos felices, sanos, que a lo mucho se puedan resfriar. Ellos van a las onces que hacemos nosotros, participan. La Francisca tiene 6 años y viene a todas las marchas conmigo. A la Daniela, mi hija mayor, recién el año pasado le conté todo. Ella vio mis cuadernos, los empezó a leer, yo no sabía cómo explicarle mi historia. Hoy estudia Trabajo Social.

Cuando vamos al hogar llevamos desayuno y juegos. Ahora estoy en mi campaña del libro y una amiga me va a regalar los muebles para armar la biblioteca. Cuando entré por primera vez a ese hogar reviví mi vida, jugaban a los mismos juegos que jugaba yo: a la payaya, a la pinta, a la pelota. Y lloré mucho, todo el camino, pero después terminé sin zapatillas jugando, fue como revivir mi infancia, pero ahora sabía que yo estaba ayudando a otras niñas. Esa niña que estaba dentro de mí, dañada, estaba siendo un aporte para la sociedad.

Mi sueño es estudiar, terminar mi cuarto medio, ojalá pudiera estudiar derecho o trabajo social. Si alguna vez llego a tener a un político en frente me gustaría preguntarle por qué a los mamás que son pobres les quitan a los hijos por ser pobres. El Estado debería proveer a esa mamá para que ella trabaje de la casa o mil cosas: ¿cómo es posible que a un tipo violador lo dejen en la casa y saquen al niño y lo metan al Sename? Al que tienen que sacar de la casa es al tipo. Si el niño ya fue violado, ¿entonces ahora cuántas veces más? Qué ganas de ser alguien con estudios para decir que esto está mal, que hay que cambiar las cosas.

“Si alguna vez llego a tener a un político en frente me gustaría preguntarle por qué a las mamás que son pobres les quitan a los hijos por ser pobres”

Yo le pregunté a las chiquillas más grandes del hogar qué necesitaban. Pensé que me iban a decir maquillaje, pero me pidieron ropa interior porque hasta los calzones se los entregan marcados por el gobierno. Qué denigrante para una niña de 17 años usar algo así.  También me pidieron cepillos de diente, protectores diarios y toallas higiénicas porque a todas les dan nocturnas. Y qué lata lavarte con un cepillo que diga ‘Ministerio de Justicia’.

A las niñas les pido que no me digan tía. Un día querían comer pizza y por la reja les fui a dejar los ingredientes. Supe que cocinaron, lo pasaron bien, pusieron música y se olvidaron de su realidad un rato. Ellas saben que soy Sename: cuando llegué la primera vez conocí a la Denisse. Ella es la líder del hogar, la que pone las reglas. El otro día me preguntó por qué sabía sus juegos. Ahí la Francisca le explicó: es que la Cata es ex Sename. Denisse me dijo ‘pero tía, usted es bacán’. Yo le dije que ella sería igual cuando salga.

Nadie ve lo que los niños pasan adentro, ni por qué el Cisarro se convirtió en eso. Siempre he pensado que debe ser un niño muy frágil, que muestra ese escudo para defenderse. El error del Sename es devolver a los niños a la misma violencia, en lugar de ayudar a familias que no pueden tener hijos en Chile. Sale mejor mandar a los niños a Italia porque reciben lucas acá. Es una negligencia enorme y al final todo esto es dinero, negocio. Es como ir al shopping y comprar un niño.

A la ministra Blanco me gustaría poder increparla como ex Sename y enrostrarle todo lo que los niños viven adentro. A los niños le dan mochilas que dicen Sename, los identifican en la calle. No sé en qué piensan, es como que un preso ande con una tobillera al aire, así que empezamos una campaña de recolección de mochilas para ellos. Mi problema es que siempre compro cosas para niñas, creo que todo el rato me veo a mí misma, siempre me gusta ayudar a niñas. Puede que me vea identificada. Los niños que salen de ahí a veces se van a la caleta. Las ONG’s los visitan en fechas especificas: Día del niño o navidad, pero tienes que estar siempre. El resto del año ellos necesitan cosas.

“No sé si soy feliz, pero me siento libre”

Volví al hogar el año pasado para cerrar ciclos pero está cerrado, abandonado. Ahí llueve todo el día y estuve una hora sentada en la escalera donde siempre me sentaba, recordando lo que viví. Fue como un suicidio, pero me saqué una tremenda mochila que cargaba porque le entregué a ese lugar todos mis malos recuerdos, se los devolví. No quería cargar más con eso. No me permite en lo emocional tener una relación estable, soy muy débil, tengo miedo a muchas cosas, así que prefiero estar sola.

En las noches no puedo dormir con las luces apagadas. La oscuridad me trae recuerdos horribles. Yo fui abusada y violada por gente que trabajaba ahí, por quienes llegaban esporádicamente, también cuando me llevaban las familias para las visitas y por mi propia familia. Cuando tenía 12 años me intenté matar porque no quería más con la vida, me preguntaba qué culpa estoy pagando, por qué estoy acá. Yo podría haber salido embarazada. Le pasó a una de las niñas y nunca se supo el desenlace. La retiraron, la sacaron de ahí.

Los 10 años que viví con el papá de mis hijos sufrí abusos, golpes. Fui vulnerada de niña, abusada, y después aguanté eso porque quise que mis hijos tuvieran la vida que no tuve. Y me di cuenta que la jodí, que a mí nadie puede tocarme un pelo. Me separé y dije basta. Ahora yo puedo decir: no sé si soy feliz, pero me siento libre. Ya sufrí tanto que a mis 41 años me queda disfrutar lo que me queda.

Antes no podía hablar de esto. Hubo una etapa cuando llegué a Santiago en que traté de suicidarme, estuve hospitalizada, tenía 30 años. Mi psiquiatra me dijo ‘mira, si tú te pierdes en la depresión, tus hijos van a vivir lo mismo que tú viviste’ y fue como una terapia de shock. Hoy siento que le gané a la vida, que gané la batalla más grande que me pusieron, que para mí ahora no hay nada difícil de superar. Duele recordar pero las mujeres tenemos un poder, fuerza. Hoy quiero justicia: estoy preparando una demanda al Estado.

Yo veo esto sin cambios. Todos los gobiernos se camisetean, visitan a los niños en campaña, pero no hacen nada. Admiro a René Saffirio, que ha sido el único que se ha comprometido con los niños. Él sacó todo a la luz pública y ahora sigue en su lucha por los niños en Sename. Porque muchos dicen niños del Sename pero es “niños en”, porque ellos solo están ahí, no pidieron llegar. Muchos llegaron por nacer pobres. Lisette no ha tenido justicia, una niña que fue vulnerada en todo sentido, en su familia, en el hogar. Todos se echaron la culpa cuando murió y me gustaría que con la justicia de ella se hiciera justicia por muchos niños que han muerto sin investigación.

*Catalina pidió resguardar su verdadera identidad para este artículo.