La perspectiva de Derechos de la infancia, introducida en ámbitos institucionales, ha venido a enredarse con ciertas exigencias al ejercicio de una parentalidad determinada. Desde distintos lugares, se asoman voces expertas casi al unísono, para indicarnos cómo debe criarse a un niño adecuadamente, y a sancionar, bajo el rótulo de vulneraciones de derechos, lo que antes eran métodos disciplinarios más o menos aceptados desde lo social.

Esto ha implicado que la infancia en su relación con el mundo adulto sea asociada a una condición de riesgo y vulnerabilidad. Un ejemplo de lo anterior, es la cobertura mediática dada a violencias vividas por niñas y niños en sus familias, escuelas, SENAME u otros espacios sociales, que no han hecho más que confirmar que el mundo es peligroso para los niños. Si miramos con detención, nos podemos encontrar con que muchas instituciones que trabajan en torno a la protección de la infancia, catalogan como “factores de riesgo” diagnósticos psiquiátricos de los padres o cuidadores, consumo de drogas, la parentalización de niñas y niños respecto a sus hermanos menores, o inclusive, el hacinamiento o pobreza. Es decir, se pone sobre los hombros de los cuidadores problemáticas que son de orden sociopolítico, y al mismo tiempo, se les señala una única forma correcta de criar, obviando cómo estos intentan enfrentar la crianza en condiciones de precariedad. No podemos olvidar que no hace mucho tiempo atrás- a fines de los años 90- la pobreza aún era causal explícita para la institucionalización de niñas y niños en residencias u hogares. Es decir, el costo de la desigualdad social era pagada con el desmembramiento de las familias más pobres.

Por cierto, no pretendemos plantear aquí que el problema sea la búsqueda de una defensa por los derechos de niñas y niños. Muy por el contrario. Más bien, intentamos visibilizar que en el trabajo con la infancia, la búsqueda de su “bien superior” sigue siendo determinado por otros institucionales, respecto de los cuales nos preguntamos si cuando los niños y/o sus cuidadores hablan, éstos son o no oídos con sus contextos e historias.

Y bueno, tal vez sea porque efectivamente aún como sociedad no podemos escuchar a la infancia, es que nos encontramos con noticias que conmocionan en los medios de comunicación. Así, vemos que recientemente se difundió cómo “jóvenes infractores de ley”, comieron vidrio molido en un centro del SENAME para protestar por la lentitud en que avanzarían sus causas en la justicia. Si nos arriesgamos a interpretar este acto, podemos pensar que ante la imposibilidad de ser escuchados por el mundo adulto y sus instituciones, niñas, niños y jóvenes terminan exponiéndose a sí mismos, haciendo aparecer sus cuerpos mediante un riesgo real o vital. Su acción, entonces viene a mostrarle a la sociedad y su institucionalidad la crudeza de su cotidiano, aún cuando ésta última insiste, que están “primero”, que supuestamente los “escucha”, cuando bien podríamos dudar si se les considera sujetos políticos, capaces de decir algo significativo sobre sí mismos y la realidad en que viven.

Por otro lado, desde los padres, vemos que éstos también se encuentran más o menos asustados y atónitos frente al paradigma de Derechos de la infancia, viendo su propia posición parental puesta en entredicho. Seguramente quienes trabajamos con infancia, hemos escuchado más de alguna vez decir a padres “ya, está bien lo de los derechos de los niños, pero ¿y el derecho de los padres?” o que “ahora no se le puede decir nada a los niños, a mí cuando chico, mi papá…”. Asimismo, nos podemos encontrar con su malestar frente a las múltiples exigencias de instituciones ligadas a la salud o educación de sus hijos: “si es en el colegio me dijeron que tengo que llevarlo al neurólogo, sin medicamentos no puede entrar a clases o no puede seguir ahí”, exigencia que también es para los niños, respecto a “autoregular” sus cuerpos y movimientos.

De esta manera, escuchamos las quejas de padres respecto a que en el colegio y consultorio los criticaron, que los “obligaron” a ir a psicólogos, neurólogos o psiquiatras y que ya no saben qué hacer, no saben qué pasa con sus hijos, que están superados y ya no sólo por la conducta de éstos, sino que por las múltiples exigencias de orden institucional imposibles de cumplir a cabalidad o con sentido para ellos y sus hijos.

Entonces: ¿Qué ha ocurrido hoy que los padres se sienten sin derechos, o bien, que se sientan profundamente cuestionados y sin herramientas en la crianza?

Para responder lo anterior, podemos acudir ciertamente a los cambios culturales en los discursos sobre la infancia, el lugar de los padres y la violencia. No obstante, para nuestro interés, nos centraremos en dos puntos particularmente problemáticos: en un extremo, la sanción y culpabilización que recae sobre los padres ante las angustias que implica la crianza; y en el otro, la demonización de los padres que violentan a sus hijos.

Respecto a lo primero, nos referimos a la angustia cotidiana de los padres cuando sus hijas o hijos no comen, no duermen solitos o tranquilos, exteriorizan su curiosidad sexual o cuando resultan demasiado inquietos en sus escuelas, siendo denominados “hiperactivos”. Angustias que, muchas veces, son vividas en soledad por mujeres que han tenido que criar sin redes en las que apoyarse.

En relación a lo segundo, los padres que violentan a sus hijos, la sociedad, horrorizada, los sitúa como “monstruos” que no son más que una excepción. Sin embargo, el aumento de denuncias en las últimas décadas, nos demuestra lo contrario: la violencia hacia los niños parece ser una realidad ampliamente extendida en la sociedad, sin distinción de clase o sector social. Es decir, la violencia, más que en sus bordes, se encuentra en el corazón mismo de la cultura. Esto, no implica naturalizarla o simplemente aceptarla, sino más bien, decir que necesitamos de un trabajo que no sólo involucre su sanción, sino también el reconocimiento y abordaje de la violencia, para su transformación en pensamiento e historización, tanto por los padres como por la sociedad en su extensión.

En este contexto, es que la sociedad, el Estado y sus instituciones requerirán, por un lado, dar lugar a la angustia y los conflictos de la crianza como una trayectoria ineludible que posibilita tanto a los niños crecer y alcanzar su autonomía, como a los adultos volverse padres que cuidan y posibilitan una separación psíquica. O si se quiere, humanizarse, hacerse sujeto en las particularidades de los tiempos de vida. No obstante, para esto es necesario de otro (familiar, institucional, social) que acompañe y ayude a pensar, pero que además sea capaz de reconocer y escuchar a los padres en sus dificultades y aciertos, resituándolos en su dignidad. Dignidad necesaria ya que estos adultos, en últimos términos, son el sustrato de la historia de los niños y su soporte afectivo.

Por otro lado, respecto a los padres que violentan, el sustraerlos de lo humano en tanto “monstruos”, ayuda muy poco, la demonización sólo vendría a restringir el “pensar- hacer algo” con la violencia misma.

En estos días, hemos podido encontrarnos con la famosa expresión de Gabriela Mistral, colgada en un gran lienzo en el Centro Cultural GAM: “La humanidad es todavía algo que hay que humanizar”. Desde nuestra perspectiva, esa es la apuesta, esa es la tarea. Así, se hace necesario insistir en la pregunta ¿cómo nos explicamos las dificultades de los padres y cómo pensamos un trabajo con ellos y no sin ellos o contra ellos.

Caroline Eliacheff, connotada psicoanalista, con amplia experiencia de trabajo con niños institucionalizados en hogares, decía justamente que “proteger a los niños, es proteger también la dignidad de los padres”.

Queda abierto el debate…


Miembro Equipo de Acogida Casa del Encuentro La Pintana. Psicóloga, U. de Chile.