Mi viejo está súper orgulloso de mí, ahora que me las doy de comentarista de teleseries. “Juanita, por fin tienes el lugar que tanto merecías”, me dice, inflando el pecho, y subiéndome las cejas coqueto. Ya les dije que mi viejo es igual al pelao de Los Venegas, tiene su pinta, con su bigote coquetón, vieran como era cuando joven: ¡un churro! En lo Prado todas las mujeres le hacían ojitos. Bueno, ponte seria Juanita. Quiero decir que después de haber comentado Pacto de sangre, pensé que nada podría ser peor. Pero me equivoqué, siempre hay cosas peores.

Se vino La Reina de Franklin, ay que diosito me pille confesada. Antes de seguir adelante con este doloroso comentario, me prometo por dios y la vírgen, no decir nada en contra de mi ídola de toda la vida, la Claudia Di Girólamo, ella lo que haga, siempre, siempre le saldrá bien. Yo soy mujer y tengo que respetar a las mías, ella junto con la Amparito Noguera son mis preferidas. Todavía me acuerdo, cómo no me voy acordar, que para mi aniversario de matrimonio, mi peladito, como regalo, me invitó a ver la obra de teatro Hedda Gabler. Ay, ¡siempre las tuve a ellas dos en un altar! Pero cuando las vi actuar juntas sobre las tablas, juré protegerlas y quererlas para toda la vida. Así que todos los hocicones y misóginos, que andan por ahí, tirando malas vibras, fuchile, respeto, por favor ¡respeto!

Para ser bien franca, quedé harto mareada con el primer capítulo de La Reina de Franklin, más lo que esperé ansiosa la cuestión y me encontré con una cosa que no tenía forma, como hecha a la rápida. Llena de efectos truchos, que nada tiene que ver con los dramas antiguos, ni menos con la comedia. Pobrecita la Quena Gómez (Casado con hijos), ella no tiene la culpa. Siempre tocando la misma nota como actriz. Mejor déjenla en uno de sus comerciales, que harto bien le deben pagar por esas leseras. Además, esa cuestión de que los actores hagan comerciales siempre para mí es bien decepcionante, como si todo el cariño que ganan por sus teleseries o películas, lo rentabilizaran haciendo que la gente compre o se endeude. Zabaleta, en ti estoy pensando también, soy lindo, chiquillo, pero soy harto leso, qué querí que te diga.

Bueno, estaba diciendo que Yolanda (La reina de Franklin), o sea la Quena, no tiene la culpa. Nadie tiene la culpa en realidad. Los quiero a todos, pero pucha que se ve rasca la cabra, con esos colores colorinches salidos de una teleserie mexicana, y ese sombrero, qué me dicen de ese sombrero. Como si el barrio de Franklin fuera una versión de un canal Disney.

Toda la culpa la tiene don Elías, el papá de Yolanda, que firmó (engañado) después de perder una carrera de caballos, y endeudado hasta las patas, la venta del famoso galpón de la reina de Franklin. O sea los que la vean se van a pasar 70 capítulos en eso: este es mí galpón, no, no es tu galpón, es mío. Puros tires y afloje, que son bastante fomes. Y pucha, de nuevo el mismo problema, cero asesoría jurídica, si hasta pa’ vender un auto una tiene que ir a la notaría, y a este caballero le pasan un papel y firma, y queda la tendalá. Si hasta le da un ataque al corazón en plena fiesta, super artificial todo, parece que los que hacen estas cuestiones no tienen abogados. El Código Civil para ellos es como los Manuscritos del Mar Muerto. Chiquillos, una venta como esa se se hace bajo Escritura Pública, no sean chantas. Pero ahí estamos nosotras las señoras Juanitas, que se supone le debemos comprar todo lo que dicen, como si nos vieran la cara de lesas, o fuéramos analfabetas funcionales, viendo una lesera, que desde el principio viene trucha, mal cociná, cruda y hasta con pelos en la sopa.

Toda la parafernalia del cumpleaños de la reina de Franklin del primer capítulo, la fiestoca en la calle, no tiene mucho sentido, si hasta apareció Yerko Puchento al baile. Esta teleserie es lo mismo de siempre, los ricos contra los pobres, no hay clase media, todos se rotean o son caricaturas de sí mismos. O sea, el barrio Franklin, que tanto queremos, vienen y lo transforman en Fantasilandia, así no más, de un plumazo.

Vladimir Putin y la Quena, qué cosa más espantosa ¿Alguien le cree a esa pareja? Me refiero a Pancho Pérez Bannen, que cada vez que tiene que mostrar una emoción con el rostro, es lo más parecido al presidente ruso, no se le mueve ningún músculo. Los cabros que sí funcionan como pareja son el Lalo y la Diana, pucha el cabro talentoso ese, Nicolás Poblete, pero qué pena por él que tenga tan poco protagonismo. ¿La Cata Guerra? siempre divina, en su tono, sobria, pero fuerte. Los demás son una pila de cabros jóvenes que me cuestan los nombres, a no ser por la Moniquita Godoy. Tiene algo triste ella, no sé qué ¿será el color de sus ojos? Hace comedia con Vladimir Putin, y no les sale. Ella tampoco tiene la culpa. No tienen flato, perdón, se dice fiato, me sopla mi peladito hermoso.

Este estreno tan colorido y bullicioso, tan rasca por decirlo clarito, es una mezcla entre el Jappening con ja con una serie de Disney. Aunque hablen del choripán y se peguen una cuequita por ahí, los colores, la luz, no sé… me hacen ver que todo es artificial. Ni comparado a Sabatini, cuando hacía por ejemplo: El Circo de las Montini. Pucha, ¡realidad chiquillos! ¡realidad! que uno en la casa los vea y les crea. Y no todo parezca como un comercial de tienda.

La posible construcción de un mall, por una compraventa chanta, poco seria, para las que vemos teleserie desde mucho antes que nos llegara la menopausia, es bastante poco creíble. No por nada dicen que es el peor estreno de una teleserie vespertina. Si hasta en Casado con Hijos, bastaba un sillón y un par de sillas y unos les creía. Si no cuesta tanto. Un poco de calle señores del 13, embárrense las patitas, hagan un tour por el bajo pueblo, aunque tengan que tragar saliva y aguantar la respiración por el olor a fritanga. Si quieren hablar de nosotros, no nos devuelvan una caricatura, un chicle masticado con gusto a ná. Debo decir que, con tooooodo el dolor del mundo, tuve que cambiarme de canal, y ojo, eso significa dejar de ver a una de las mejores actrices de todos los tiempos de la televisión chilena. Eso sí que duele.


La señora Juanita