¿Dónde están? es la pregunta que encarna nuestro duelo. La figura del dolor por aquellos que no aparecen, y cuya ausencia impide definir algún hito que permita dar cierre a una relación, ya sea la de una madre con su hijo, de un hermano con sus hermanas, de una amante con su amor. Y ese siempre fue el discurso de quienes, resistiendo contra la macabra dictadura cívico-militar representada por Pinochet y sus generales, hicieron del duelo un modo de vivir, antes que aquello que el viejo Freud describía como el proceso por cual sustituimos un objeto de deseo por otro.

El duelo, en el sentido del viejo Freud, sería la instancia por la cual reemplazamos la relación que se tenía con el ser querido que ha fallecido, por otro tipo de relaciones, como puede serlo el fortalecer los lazos con otros seres queridos. Al menos esa sería la forma en que se evidenciaría que se superó el duelo, según el viejo Freud. Y eso es lo que sabían intuitivamente los secuaces del terror: que más tenebrosa que la muerte, es la espera. Por eso era factible mantener a una población aterrorizada, no en función de la muerte directa, sino del suspenso; la misma razón por la que Hitchcock jamás hizo una película de terror, sino siempre de suspenso. Esa sustitución de un objeto por otro era imposible si es que el objeto que debía haber muerto aún no ha muerto: la esperanza de su aparición es más dañina que cualquier agresión.

El punto de Freud, sin embargo, en un momento se queda corto. No por el hecho material de que un duelo sea impracticable sin la aparición del muerto, sino por la razón de que un “objeto” es irremplazable: nunca sabemos lo que hemos perdido en una pérdida. Por eso, la pregunta política más ilustre que nace en la dictadura y la supera sin remedio, es ¿dónde están? Quienes la enuncian, no saben lo que se ha perdido, no porque efectivamente no lo sepan, sino porque es algo que no puede ser medido.

La tesis según la cual un clavo saca otro clavo, es refutada por la tesis que dice uno no sabe lo que tiene, hasta que lo pierde.

La filósofa Judith Butler ha profundizado en esto, para ir más lejos aún: el duelo no es algo privado, sino algo radicalmente público, algo que constituye a toda la comunidad. No sólo porque el objeto sea insustituible, sino porque no sabemos lo que perdemos con la pérdida, y no lo sabemos porque somos parte de eso que se pierde. Una nunca vive sola en el mundo, sino que vive con otros y vive por otros. En ese sentido una nunca es “una” sino que siempre es “nosotras”: no sabemos cómo nos influyen los chistes que cuenta un amigo; no sabemos cómo nos edifican las caricias de una amante; no sabemos cómo nos conforman los juegos que inventamos con nuestros hijos. Lo que sí sabemos es que todos esos gestos, efectivamente, nos influyen, nos edifican y nos conforman.

Ese es el objeto que aborda la serie corta Una historia necesaria (Hernán Caffiero, 2018): ¿de qué modo representar un duelo que no llega, un duelo que permanece en su apertura? El título en inglés —que le valió un premio Emmy— es más elucidador a ese respecto: The Suspended Mourning, o “El duelo en suspenso”. En 16 episodios cortísimos, relata las inabordables historias de Alfredo García, Antonio Llidó, Julio Vega, Rodolfo González, Sergio D’Apollonio, Jacinto D’Apollonio, Alfonso Chanfreau, Álvaro Barrios, Reinalda Pereira, Alan Bruce, Jorge D’Orival, David Silberman, Claudio Thauby, Gonzalo Toro Garland, Diana Arón, Cecilia Bojanic y, la recientemente fallecida, Ana González. Cada capítulo cuenta la historia de las últimas horas de estos detenidos desaparecidos, desde la perspectiva obtenida por el relato íntimo de algún pariente cercano, con historias que van desde comunistas militantes hasta campesinos apolíticos, desde mujeres embarazadas hasta oficiales que renegaron de la “familia militar”. Todos comparten, en cualquier caso, una complicidad en la forma de una insumisión ante la injusticia de un régimen terrorista como el de Pinochet: cada historia, en definitiva, se propone contar la historia desde la vereda de los justos. Es por ello que cada capítulo, a su vez, cierra con las fotos en blanco y negro de los torturadores y asesino que hoy se encuentran (o deberían encontrarse) privados de libertad por crímenes de lesa humanidad.

En ese punto, sin embargo, la serie pone en conflicto dos cuestiones que aparecen a propósito de los crímenes políticos cometidos en la dictadura: por una parte, la imagen de una herida abierta, producida por la no aparición de las víctimas de los militares; y por otra parte, la sensación de justicia que dejaría el hecho de ver tras las rejas a quienes cometieron las atrocidades que rompen toda posibilidad de un lazo social. En este sentido, es disonante ver al final de cada capítulo la imagen de los responsables de esos crímenes, ya que nos remite al viejo Freud, según el cual sería posible asumir la pérdida del objeto (la muerte de los justos) por otro objeto (el encarcelamiento de los injustos). Esta cuestión abre la pregunta, a su vez, de por qué la serie Una historia necesaria fue traducida al inglés como El duelo en suspenso, y cómo se relacionan ambos nombres. ¿En qué medida es necesaria la historia de un duelo en suspenso?

Una historia visual del duelo abierto no es necesaria para que nunca más ocurra en Chile, pues eso significaría tener una confianza excedida en que las imágenes pueden frenar algún cruento golpe de estado o alguna subsecuente dictadura psicópata, además de creer en que las imágenes tienen uno y sólo un sentido interpretativo posible. La historia sobre un duelo es necesaria para mostrar que no se trata de muertes aisladas, de efectos de una guerra o de errores particulares; es necesaria para mostrar que este es un duelo público (porque no hay duelos privados), un duelo que nos muestra que por cada una de esas pérdidas, nunca sabremos lo que hemos perdido. Una historia como esta es necesaria para mostrar que, aunque creamos que el individualismo y la desconfianza triunfaron sin que podamos hacer algo al respecto, existe una comunidad que aparece en cada momento en que uno comprende que un duelo que parecía ajeno en realidad es un duelo propio, porque es un duelo común. Porque no hay duelos privados.


La mirada de los comunes