Durante estos días, las noticias anuncian la llegada de los “líderes” del G-20 a Buenos Aires. Muchos de ellos son o “primer ministros” o “presidentes” o bien, “príncipes herederos”. Sin embargo, el léxico usado, el vocabulario decidido por el discurso es el de “líderes”. Seguramente, desde las primeras reuniones de la APEC que tal léxico viene presentándose. Y, seguramente, ha sido escaso su cuestionamiento. En efecto, “líderes”, en vez de “primer ministros”, “presidentes” o “príncipes herederos” marca una diferencia fundamental: los tres términos anteriores exponen un léxico estatal-nacional que –aparentemente- ha quedado en el pasado.

En vez de ello, los nuevos nombradores del planeta codifican las diferencias de regímenes expuestas bajo el término “líder”. Extraído de la otrora noción de “soberanía” que dio consistencia a las figuras del Estado-nación modernos, ahora ha sido apropiada por el discurso de la economía y ha tendido a uniformizar las diferencias entre los regímenes políticos prodigando la homogeneidad de la economía global. “Líder” es hoy día el término managerial que funciona en base al paradigma de la economía global y no el de la otrora política estatal-nacional.

Mas precisamente: el uso del término “líder” no es una casualidad sino una operación que muestra la redefinicion del poder contemporáneo que coincide con el del capital financiero o, si se quiere, un capital financiero que no se opone a las formas estatal-nacionales sino que las redefine al interior de una nueva racionalidad política: el neoliberalismo.

¿Qué es “neoliberalismo”? Justamente, la razón política del capital financiero en el que economía y política se anudan en una y la misma inmanencia. “Neoliberalismo” es el término técnico para designar el momento en que el capital financiero asume como el pivote estructural de la política o, lo que es igual, el instante en que la oligarquía militar-financiera asaltó al poder del Estado (en su versión “desarrollista”) para refundarlo en su forma “subsidiaria”: “neoliberalismo” designa una racionalidad política en que, para decirlo en el otrora léxico marxista, la infraestructura y la superestructura coinciden.

Al modo de nuevos “espartaquismos” (el término es del filósofo Jonnefer Barbosa), las luchas que tienen lugar en diversos puntos del globo, impugnan  los efectos de dicho “asalto”, el cual, no deja se propagarse en diversos grados y formas a lo largo y ancho del desolado planeta. En este esquema, resulta clave atender cómo el término “líder” utilizado mediática y políticamente en la actualidad, opera como un crisol a partir del cual podemos ver la trama discursiva neoliberal que ha sido eficientemente elaborada y fácticamente profundizada.

En este plano, las formas político-estatales las que hoy experimentan su momento cómico: “primer ministro”, “presidente” o “príncipe heredero” se exhiben como simples máscaras que, más allá de sus diferencias de régimen, cultura o religión, yacen igualmente inscritas en la nueva trama neoliberal: el capital financiero redunda el momento trágico del presente, las formas estatal-nacionales en las que se territorializa, implosionan de manera cómica, como si se les hubiera quitado la máscara y permaneciera tan sólo la brutalidad de una violencia exenta de hegemonía.

Como tales, los Estados-nación no sólo responden a los intereses del capital (ello ha sido la regla histórica, según nos mostró Marx y Lenin), sino que comienzan ha ser configurados discursivamente por él.

En otros términos, la expresión “líder” muestra un asunto crucial: que el capital financiero no puede seguir siendo visto simplemente como simple economía, sino como la puesta en juego de la racionalidad política –única y totalitaria- que impregna todo nuestro devenir. Como tal, dicha racionalidad se presenta como un verdadero “poder constituyente” en un sentido muy preciso: no sólo impulsa reformas, golpes de Estado que simulan no serlo (pues se tramitan por vía institucional) sino que por sobre todo, produce sus propias formas político-jurídicas que estructuran la gramática de las diversas instituciones políticas.

“Neoliberalismo” puede designar, por fin, la conciencia política del capital financiero y el término “líderes” que desde hace algunas décadas se usa para nominar a los mandatarios de diversos países que participan de este tipo de encuentros, expresa la ferocidad de tal conciencia: el hecho de que la economía es hoy política, que la política es hoy economía.


Académico, Universidad de Chile