Tuve la mala suerte de ir a ver esta pieza coreográfica con la que se rinde homenaje al poeta Pablo de Rokha a 50 años de su muerte, justo el día en que la Alameda estaba tomada por una empresa de retail que organiza su propia versión de un Mardi Gras: un carnaval con desfile de muñecos gigantes, camiones con jingles comerciales y música, y cientos de saltimbanquis hábilmente uniformados por un departamento de mercadotecnia para atraer a los niños. Y si digo la mala suerte es porque la algarabía de la multitud y la música de los altoparlantes permearon aún hasta adentro de la sala donde presencié el espectáculo, convirtiéndose en un curioso eco de fondo sonoro. Entonces pienso en qué diría Pablo de Rokha, que fue conocido como poeta por sus rabiosas diatribas y radicales posiciones, ubicándose a la izquierda de comunistas como Neruda y Huidobro, un poeta de vanguardia, anárquico y anarquista, famoso por su característico vozarrón de campesino indignado y maldiciente.

¿Qué tiene de particular la poesía rokhiana para concitar la atención de creadores de un lenguaje tan abstracto como la danza contemporánea? Porque hay al menos dos o tres coreógrafas y coreógrafos que han ensayado ya llevar a De Rokha al lenguaje del cuerpo en movimiento. Estoy seguro de ello aunque a mi memoria ahora solo llega Isabel Croxatto el 2000 montando Animal Humano. Pero insisto: ¿por qué elegir a un poeta que se caracteriza por lo abigarrado, lo complejo, lo vanguardista de su lírica? El ritmo interno de la poesía rokhiana es un riff metalero, un crescendo ruso, una turbulencia, una explosión volcánica. Todo lo cual puede percibirse rápidamente al leer el poema “Balada”, que Georgia del Campo declara como punto de partida o referencia para la elaboración de este montaje:

©Patricio Melo

Los cantos de mi lengua tienen ojos y pies, ojos y pies, músculos, alma, sensaciones, grandiosidad de héroes y pequeñas costumbres modestas, simplisísimas, mínimas, simplisísimas de recién nacidos, aúllan y hacen congojas enormes, enormes, enormemente enormes, sonríen, lloran, sonríen, escupen al cielo infame o echan serpientes por la boca, obran, obran lo mismo que gentes o pájaros, dignifican el reino animal, el reino vegetal, el reino mineral, y son bestias de mármol, bestias, bestias cuya sangre ardiendo y triste, triste, asciende a ellos desde las entrañas del globo, y cuyo ser poliédrico, múltiple, simultáneo está en los quinientos HORIZONTES geográficos; florecen gozosos, redondos, sonoros en Octubre, dan frutos rurales a principios de Mayo y Junio o a fines de Agosto, maduran todo el año y desde nunca, desde nunca; anarquistas, estridentes, impávidos, crean un individuo y una gigante realidad nueva, algo que antes, antes, algo que antes no estaba en la tierra, prolongan mi anatomía terrible hacia lo absoluto, aún existiendo independientemente; ¡tocad su cuerpo, tocad su cuerpo y os ensangrentareis los dedos MISERABLES!

Con esto quiero decir que la poesía de De Rokha no es fácil ni atractiva de buenas a primeras. O no para todo tipo de público. Al principio nos parece la poesía de un huevón pesado, denso, malhumorado. Pero pasada esa primera impresión se nos revela festiva, ditirámbica, vital. Una poesía que celebra la vida como charro mexicano con olor a pólvora. Como un dios griego o como un pagano, con la violencia trágica de la naturaleza. Y en la danza pasa lo mismo. Así vivimos esta experiencia: al comenzar puede resultar extrañamente tediosa o farragosa. Luego no te das ni cuenta y de pronto te está llevando.

Georgia del Campo dice que se basó en las ideas del filósofo francés Henri Bergson sobre la continuidad del movimiento y el cambio como constante transformadora, lo que se traduce en una puesta en escena con fuertes dosis de improvisación, haciendo que cada función sea distinta. La voz del poeta es utilizada como base, un murmullo de fondo, susurrado. A esa composición sonora se le agrega el trabajo en vivo del músico José Miguel Candela, de excelente intuición.

El cuadro o escena inaugural anticipa muy bien, pone en sintonía al ojo. Para que te acostumbres. Es como entrar en un agua mansa, en un caldo espeso. Cuatro gotas de agua que caen por una pared o por un vidrio, lentamente, con una lentitud que adormece y exaspera, como se exaspera un niño que riega durante una semana una semilla esperando del primer brote. Los y las intérpretes, de excelencia reconocida y trayectoria indudable, son esas cuatro gotas que traspuesto ese primer momento, cruzado el umbral, comienzan a danzar llevadas por la voz del poeta que de murmullo se ha convertido de pronto en viento, y como viento va creciendo hasta darnos la sensación de estar dentro de una centrífuga. Se mueven raudas como las gotas del temporal en una ventana, se unen, se mezclan y forman una sola gota grande más rápida y pesada, con más fuerza, y luego se separan y podemos ver que son gotas de agua vivas, individuales, células bajo un microscopio, cada una son sus propias cargas eléctricas, sus propias derivas fuera de órbita. Un movimiento orgánico, que acepta e incorpora el caos, la entropía. Bienvenidos, les presentamos a Pablo de Rokha, el vitalista.

©Patricio Melo

La segunda parte del montaje incluye frutas y verduras como elementos escénicos. Las cuatro gotas de agua se entregan a la vida que son en sí mismas, y brotan, sus cuerpos nacen de sí mismos, como plantas. Se tornan así en animales. Y muerden las frutas con pasión, con locura, con desborde, las recolectan también, las juntan, las amontonan, se las arrojan de unos a otros, se las escupen, se drogan con ellas, se aman con ellas, se bañan y besan y juegan con ellas, como en una orgía de sentidos. Imposible no pensar en uno de los poemas famosos de De Rokha, la “Epopeya de las comidas y bebidas de Chile”. La celebración del milagro de la vida, la tierra como boca lúbrica, el hambre y la lujuria, los instintos libidinales, el cuerpo entero, el agua que somos, hebras del tejido de la vida en el telar de la tierra. Muchas gracias, ese ha sido Pablo de Rokha, el vitalista.

Estas palabras pueden dar la impresión de que Pablo de Rokha es reducido a dos escenas. Como si dos escenas bastasen, como si se pudiera resumir o condensar toda su poesía en dos ideas. No, pero sí. Creo que esas dos ideas-fuerza desarrolladas en los dos nítidos momentos de la obra, permiten un acercamiento acertado a dos aspectos centrales de la lírica rokhiana. Sin duda hay mucho más y por eso la palabra escrita y el lenguaje del cuerpo en movimiento son códigos distintos. Pero nos hablan y entendemos lo que dicen. LO MOVIENTE o los cantos de mi lengua, de Georgia del Campo, nos hace vivir la poesía de Pablo de Rokha, nos hace partícipes de una experiencia que aún prescindiendo de su lectura, transmite su fuerza intempestiva, su apasionado transitar, su anárquico vitalismo. Es una obra que nos llena de energía, como la poesía de De Rokha.

Finalmente, para ti que estás leyendo estas líneas, la recomendación es válida. Si has leído a De Rokha y algo sabes de su poesía, creo que te gustará la obra y podrás hallar más seguramente, harás tu propia lectura. Y si no tienes idea, creo que igualmente te gustará, aunque quizás sólo percibas una energía, una carga pulsional, como un latido, como un orgasmo, la vida. Y si tienes hijos o eres profesor, pues tanto mejor. A mi pregunta de ¿por qué elegir a Pablo de Rokha? me respondo simplemente que da lo mismo, porque si pocos lo conocen y más lo pueden conocer, eso basta. Aprovechen entonces que queda un último fin de semana y que ya no habrá desfiles de tiendas comerciales interrumpiendo. Creo que es ideal para cerrar el año con la batería cargada y la pilas arriba.

 

 


Rodrigo Hidalgo