A mediados de octubre de este año, alrededor de 300 inmigrantes hondureños se reunieron y decidieron migrar en conjunto en busca de condiciones de vida más dignas. Desde San Pedro Sula, este grupo de personas que hoy conforman lo que llamamos ‟la caravana”, comenzó su viaje hacia el norte, especialmente a Estados Unidos.

Primero, me parece importante señalar que esta caravana no es la única (ni será la última) que ha existido en la historia. Migraciones incluso más grandes que estas han ocurrido desde la existencia del Imperio Romano o más atrás. Entre los grupos migratorios más grandes tenemos: la gran migración de afroamericanos desde los campos del sur hacia la industrialización del norte, entre el 1920 y 1950; la de más de 10 millones de personas hindúes, musulmanes o sijs, obligadas/os a migrar por la partición de la India; o la migración voluntaria de los y las italianas entre 1861 y 1970. Las razones de todos estos grandes grupos migratorios varían acorde al momento histórico en que cada territorio y sociedad se encuentra, sin embargo, hay aspectos comunes que obedecen a factores económicos e imperialistas, y dentro de esta se encuentra el colonialismo junto con su predecesor, el neocolonialismo del siglo XXI.

La caravana de migrantes que partió de Honduras hoy suma alrededor de 7000 personas, mayormente de tres países de Centroamérica: Guatemala, El Salvador y Honduras mismo. Este amplio grupo migratorio que ya está intentando cruzar la frontera entre México y Estados Unidos no es del todo diferente de sus predecesores, en tanto que las condiciones económicas, político y sociales han forzado el escape. El caso de Honduras y Guatemala es especialmente crítico, pues se encuentran dentro de los países con más altos índices de pobreza y violencia dentro de Latinoamérica. En Honduras, el 69% de la población se encuentra en situación de pobreza y, dentro de esta, el 25% está en pobreza relativa y 44% en pobreza extrema, según informes del FOSDEH (Foro Social de la Deuda Externa y Desarrollo de Honduras). Asimismo, según el Informe de Desarrollo Humano (IDH) de las Naciones Unidas, tanto Guatemala como Honduras y El Salvador se encuentran dentro de los países con índices más bajos con un 0,6. De igual manera, en relación a la percepción de la corrupción del gobierno, El Salvador está en la posición 117, Guatemala en la 125, y Honduras en la 130, dentro de 180 países evaluados. Canadá se posiciona como el mejor evaluado en la posición 8 y Haití en el peor evaluado en la 157. Estas estadísticas nos sirven especialmente para dar muestra de cómo esta caravana representa una respuesta a las condiciones socioeconómicas en que el neoliberalismo nos ha puesto. Está lejos de representar un grupo de criminales, como Donald Trump ha querido caracterizarlos, sino que más bien es la búsqueda de la sobrevivencia a la explotación de los cuerpos impuesta por la economía.

La raíz del neoliberalismo yace en la teoría político-económica que propone que el bienestar del ser humano va a ser alcanzado a través de la liberación del emprendimiento individual, dentro de un marco institucional que protege fuertemente los derechos de la propiedad privada, el libremercado, y el libre intercambio de bienes. En esta lógica, el rol del Estado radica en el fortalecimiento de la institucionalidad para asegurar dichas prácticas. Por esta razón, el éxito o el fracaso son interpretados en términos de habilidades de emprendimiento o fracasos personales, como por ejemplo, no invertir lo suficiente en el capital humano propio a través de la educación. Asimismo, el neoliberalismo se forma y fortalece a través del control de la economía por parte de organismos internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio. De esta manera, los problemas humanos y sociales son relegados a escalas individuales y económicas derivadas de la supuesta falta de habilidades para el emprendimiento y la propiedad privada, en vez de reconocer el problema sistémico detrás de la propiedad privada, el control de los países a través de la economía globalizadora, y la exclusión de clases derivada del capitalismo.

Esta caravana que viaja hoy desde Centroamérica, es la respuesta a la crisis humana derivada de la economía del capital y neoliberal, que yace en el control económico y social de las grandes corporaciones, las elites gobernantes, la extracción de bienes naturales, la privatización de la tierra, y la inversión en tecnologías para el “desarrollo”. Es la muestra de la continua explotación de nuestros cuerpos como habitantes de los países del Sur, como es en este caso Abya Yala, a través del neocolonialismo que nace desde Estados Unidos y se expande gracias a la economía neoliberal. Es la ruptura de la ilusión de que la economía globalizada trae consigo justicia, igualdad y bienestar para todos y todas. Las personas de los países del sur justamente somos quienes nos dimos cuenta primero, por ser los y las más afectadas desde el comienzo. Así, la caravana es una protesta contra esta globalización, “liberalización”, y privatización impuesta por los gobiernos a través de los organismos internacionales recién nombrados y su fraude. Es por esta misma razón que en otros países con similares condiciones en Asia, el estado neoliberal también generó oposición por parte de los y las campesinas, mujeres y sindicatos.

¿Por qué la caravana de migrantes nace y viene entonces de países del sur, como Honduras, Guatemala o Honduras? En parte debido a que la resistencia a las políticas neoliberales de globalización es más fuerte en el sur que en el norte, porque los estados de bienestar del norte, a pesar de estar bajo cuestionamiento, aún proveen ciertos estándares de seguridad social a los y las desempleadas y pobres. Somos nosotres, las mujeres, niñes, trabajadores y las personas de los países colonizados del sur, quienes hemos mirado el sistema económico desde abajo y que nos hemos dado cuenta desde el comienzo lo que la economía capitalista y neoliberal ha hecho. Por eso es que cuando Donald Trump amenaza a Honduras con quitarle la ayuda económica que hoy recibe, ellos y ellas responden que no les importa, pues esté o no su situación seguirá igual, debido a la corrupción de las elites gobernantes. Por eso también es que se organizaron y decidieron migrar, pues tal como Raquel Buelto, una estudiante de Honduras, me dijo para esta nota, ‟el pueblo salva al pueblo. Si nosotros los hondureños no tomamos las riendas de nuestro bienestar, ningún organismo lo va a hacer”.

Es la búsqueda de estrategias por la sobrevivencia al modelo neoliberal de mercado, lo que produce tal organización como es la caravana que viene de Centromérica. Y aunque organismos judiciales han querido caracterizarles como terroristas para legitimar la violencia y el uso de armas contra ellos y ellas, esta caravana no es más que una demanda por lo que es nuestro derecho, el derecho humano a migrar y tener una calidad de vida que asegure el bienestar y la igualdad de todos y todas.


Editora Revista Zánganos y activista feminista