La figura del “curita” y la del carabinero tienen bastante en común. Ambos representan, de distintas formas, la autoridad, el orden, al patrón. Cumplen un sinfín de funciones resumidas en un amplio “ayudar a la gente”, lo que en general tiene que ver con solucionar desavenencias o casos de violencia por alcohol en las familias.

En toda familia patronal hay un cura, y en toda familia de inquilinos “bien constituida” hay un carabinero. Ambos, el orgullo de su madre. La vocación de ayudar a la gente resulta atractiva para algunos jóvenes. Da identidad y seguridad, un uniforme, “ser alguien”, destacarse por algo, la oportunidad de no pasar por la vida como uno más.
El carabinero y el “curita” no son personas comunes y corrientes. El sentido de identidad y pertenencia se internaliza por severos y carismáticos instructores en la formación, hombres con una mística especial. Es una suerte de iniciación en algo que podría ser una secta, y en que el valor fundamental es la lealtad, la fidelidad absoluta al compañero y a los superiores, el sentido de la jerarquía y el valor. Por sobre todas las cosas y a todo evento “resguardar la institución”, pues hay muchas cosas que los de afuera no deben saber porque no entenderían. Amor por la sotana o por el uniforme. Ningún postulante que carezca de esta discreción y lealtad a toda prueba podrá seguir adelante o ascender.

Antes cuando se perdía un animal del patrón –uno de los miles de animales que el gringo criaba en las tierras que el abuelo decía que eran de su abuelo–, aparecía el “curita” por la reducción a confesarlos a todos, y al final de la jornada el culpable había sido identificado. Había respeto. Un solo carabinero entraba al día siguiente de a caballo. Los hombres se escondían. El malhechor era amarrado de las manos y tirado al trote por el carabinero, iba a la rastra por los potreros, hasta el fundo, donde lo esperaba una buena paleadura, el cepo por unos días y quién sabe qué más. Algunos volvían callados, les cambiaba la mirada. El patrón tiene curas y carabineros en el fundo desde antes de los bisabuelos. Antes de la reforma agraria, para cuidar los animales, y desde la dictadura, para cuidar los pinos. Había respeto porque el patrón además siempre fue gobernador o diputado.

El carabinero y el “curita” son como delegados del patrón, en su nombre actúan y con su poder. En fin, se trata de instituciones cuya función en la historia del fundo –y esta columna no es sobre este fundo u otro particular, sino sobre el fundo que llaman La República–, además de “ayudar a la gente”, ha sido mantener a raya a los inquilinos de los bienes de los patrones, de sus animales, de las bodegas, de la casa patronal, y de sus plantaciones de pino desde el general Pinochet en adelante. Mantener el orden, que haya respeto. El control de los cuerpos es función del carabinero y el control de las mentes función del “curita”, ambos bajo el mandamiento principal: “No robarás”. Es consigna básica para el progreso y la civilización.

El sistema de justicia antiguo funcionaba bien. Ahora no hay respeto, por culpa de “los derechos humanos, inventos de comunistas”. Antes cuando había un robo, siempre se sabía quiénes eran, “todo mundo sabe”, “por algo no ha llegado a trabajar al fundo, porque tiene de lo que ha robado”. Y el carabinero simplemente lo tomaba y su función era hacerle firmar una confesión a base de lumazos en la cabeza. Eso era todo el procedimiento. El castigo, más que la sanción que imponía el juez, era la paleadura, que según si el sospechoso se ponía rebelde, podía dejarlo medio inválido o medio tonto. Este sistema judicial era aceptado por la sociedad hasta la reforma procesal penal del presidente Lagos, que inventó todo este enredo de fiscales, defensores, “gente que no tiene idea, que no se ensucia las manos”, opina el carabinero en la confianza de cofradía, “por eso ya no hay respeto, se nos cuestiona por todo”, y después con la Bachelet “los derechos humanos”.

Ahora está todo al revés, son el “curita” y el carabinero los que tienen que defenderse, “se nos echa a todos en el mismo saco”, “hay algunas manzanas podridas en la institución”, pero se les acusa a todos con esa palabra tan fea que hoy le dicen “encubrimiento”. “Todos sabían”, “era algo que antes era normal”, o “ahora me doy cuenta que no era bueno”. Y es que la mayoría entró a la institución siendo poco más que un adolescente, y lo que hoy se llama abuso siempre fue la norma. Todos víctimas y todos victimarios. En el cuerpo y en la mente, en la comisaría y en la Iglesia. Esa fidelidad que les enseñaron los mayores, la lealtad, el amor al uniforme y a la sotana, hoy contradice el “dentro de la institución hay buenos y malos”, porque todos vieron algo, todos supieron algo, y todos supieron desde siempre que lo que correspondía era el silencio, todos hicieron vista gorda. “Son cosas que entienden los de adentro”, “los de afuera no pueden saber”.

Los niños ya no quieren ser “curita” ni carabinero. Muchos quisieran abandonar la institución, pero es difícil no sólo por lo simbólico de la identidad y el sentido, que hoy más que nada es una identidad de vergüenza. No es sólo amor al uniforme y la sotana, es lo económico, “tener que trabajar como todo cristiano”. Hay que defender las pensiones “con uñas y dientes” no porque sean un beneficio personal, sino por su rol en el orden del fundo.

Para el patrón es como volver a la UP, pero ahora no tiene nada que ver con el socialismo, ni con agitadores del MIR ni comunistas. Sin “curita” ni carabinero está en peligro hasta la casa patronal. De noche se escuchan sus rogativas con sus trutrucas y sus oraciones como lamentos o como amenazas en su dialecto, da terror. Eso es lo que está pasando. Como dijo el papá del sargento del GOPE que mató a Catrillanca, “el problema (de todo) es que los indios están muy ensoberbiados”.


Luis García-Huidobro