A poquitos días de finalizar el maldito 2018 vi algunas fotos en Facebook en que aparece la escritora premiada por el nacional de literatura rodeada de sus amistades o de su patota. A algunas de las cabras las conozco y me caen bien, incluso la comadre premiada la encuentro una de las mujeres más potentes del panteón culturoso santiaguino, sobre todo por su relación con el poder, tanto el académico, como el político y, obviamente, el cultural.

La ceremonia de entrega del premio, al parecer, se llevó a cabo en un patio como los que hay en el Palacio de la Moneda, o ahí mismo, creo. Es decir, en un contexto palaciego. Triunfo y celebración de una cofradía, supongo, que siempre quiso aquello que los machos recios del campo escritural han disputado rabiosamente. Hay que recordar que el nacional (de literatura) es una movida culturienta e impúdica, como diría mi contador y consejero, que responde a un plan de campaña muy parecido a los modelos que usa la política en su versión más ordinaria (o de sentido común aspiracional “clasemedianístico” o pequeño burgués, como se decía antes), lo que supuso o implicó cartas, insertos, campaña por las redes, lobby, etc. Recordé los viejos relatos del barrio costero sobre la cofradía masculinoide nerudiana reunida en su casa del litoral, con harto trago y comistrajo, esperando los resultados de su postulación al Nobel, con las llamadas telefónicas incluidas (llamadas que debían hacerse en la hostería cercana).

El interés de este relato es político porque intenta indagar en la función de los profesionales del texto y en los modos de acción del campo cultural. Porque fuera del opinionismo noticioso y del activismo en las redes, ¿cuál es su inserción territorial y su lugar en la lucha contra el fascismo y la profundización de la democracia, y el diseño de políticas públicas? Se duda y se sospecha del gremio, sobre todo en un contexto de cercanía endémica con el progresismo de izquierda y con los discursos emancipatorios.

El relato más divertido en relación a lo patético y carnavalesco de estos proceso de consecución y espera de premios de este tipo, es el que alguna vez nos hizo el gran poeta Roberto Bescós de San Antonio, un sujeto muy buen contador de historias. Él nos narró en varios episodios y en distintas ocasiones, en el marco de una reuniones distendidas del Taller Buceo Táctico (un colectivo político cultural de la ciudad), un evento como ese en que el eje de la narración era una especie de espera de premio que debía ser un asado celebratorio, pero que se transformó, más que en un fracaso, en una epopeya del patetismo culturoso. Él nos contaba con ciertos detalles conductuales y de subjetividad de los involucrados, muy difíciles de reproducir en esta columna por la calidad escénica del relator original, pero que se transformarían en un clásico de nuestras reuniones.

La historia es, más o menos, ésta: Había un poeta local que debía recibir un esperado premio o galardón, el que ya habría estado asegurado por los contactos que él tenía. Esto acontecía a finales de los terribles setenta, plena dictadura (quizás 76 o 77). El susodicho debía recibir un llamado de Santiago sobre la resolución del premio Alerce de la SECH de la época, que debía recaer en su persona. Creo que nunca me he reído más, incluso siempre he querido convertirlo en un cuento que debería llamarse “Poética de la premiación o de la concursibilidad literaria” o algo así.

No daré el nombre del vate, ya desaparecido, porque me interesa más la función que el sujeto, lo concreto es que el poeta en cuestión convocó a un gran asado en la localidad en que habitaba, poquito más allá de Cartagena, para celebrar el acontecimiento. Se trataba de un sujeto que, al parecer, frente a la adversidad del momento, afirmaba la autonomía, ingenuamente o no, de la poesía como refugio del individuo. Nos podemos imaginar el contexto depresivo del litoral en ese periodo y del país entero, y de un campo cultural descompuesto. Además, en su fuero interno, como todo poeta chilensis, él consideraba que todo o casi todo logro de un artista era una movida de apitutamientos, sobaduras de lomo, fraternidades, fidelidades, bajezas varias del ámbito político cultural, y mucha impudicia institucional.

Una de las partes centrales del relato era que el asado formaba parte de un rito que ya estaba institucionalizado en el masculinismo poético, caracterizado por la espera como espectáculo cultural y político, y que se reproducía el modelo de lo que antes había hecho Neruda por ahí cerquita. En este caso la práctica estaba degradada, porque todo era bastante precario, la carne en sentido estricto nunca llegó o se diluyó en el nerviosismo de la expectación, sí había algo de copete, pero no mucho y de muy mala calidad. Por otra parte habría que agregar, como dato adicional, que la pobreza material del periodo era impensable hoy en día.

Otro eje narrativo lo constituía la delegación de poetas, comandada por el posible premiado que debía caminar un trecho no menor al centro de la localidad balneario (casi abandonada en invierno), hasta el teléfono público del único negocio abierto y hacer la llamada respectiva que confirmaría la buena noticia, el otorgamiento del premio tan esperado. Se efectuaron varios viajes, no recuerdo cuántos, al área telefónica (en ese tiempo no había celulares), pero se trató de una progresión o proceso de degradación paulatina de la expectativa, porque la vuelta de la delegación al área de celebración posible se hacía cada vez más triste y quejumbrosa.

Todo esto hasta que el poeta postulante a ser premiado tuvo la certeza de que se lo habían cagado, eso dijo. Habían pasado las horas y comenzaba a anochecer. Había surgido una evidencia, la celebración ya no era tal, sino más bien una reunión de provincianos amantes de la cultura que eran testigos del ninguneo y de la traición a que era sometido uno de los suyos.

Y ya entrada la noche no había otra posibilidad que marcharse en la última locomoción que recorría el triste litoral de aquella época. Imaginen Cartagena, El Tabo, El Quisco o Las Cruces y San Antonio, en pleno invierno del 77 o 78. Y la soledad de un lugar en que el paisaje ya ni siquiera era hermoso, en el contexto de una crisis económica brutal. Quizás ahí está la clave de este relato, en el que adquieren sentido los pequeños delirios con que se enfrentaba la adversidad.

The writer out

Lo que más me llamó la atención de la operadora cultural ganadora del Premio Nacional, volviendo al modelo “exitoso” de premiación, es su frialdad operativa; también, el carácter de la campaña por las redes; sin duda había una cofradía al estilo heteronormada, como de tribu masónica promoviendo a sus héroes. ¿Cómo habrá sido la espera y la celebración del cabrerío? Algo se percibía en la conducta de las discípulas ansiosas.

Y a propósito de premios quiero comentar sobre algunos fracasos al respecto que hacen sistema con el relato de la espera patética del premio posible. Cuando yo llegué a mi querido San Antonio, el 98, había un cotizado premio municipal de cultura que se daba a cualquier artista connotado, ya fuera escritor, pintor, músico, poeta, etc., bastaba con que hubiera residido cinco años en la zona. Era un gran acontecimiento y muy disputado, había mucha prensa local que cubría la noticia, campaña incluida, es decir, se reproducía el modelo ordaca, siguiendo el viejo estilo que remeda al modo de la política mafiosa (disculpar tautología). Incluso recuerdo a un poetiso que se vanagloriaba de que el premio siempre se daba según los parámetros que establecía su cofradía, que era la Corporación Cultural Poeta Vicente Huidobro, que no era otra cosa que un colectivo etílico recitador muy ligado a poderes fácticos locales.

Yo viví por allá mucho más de diez años, pero el premio se dejó de dar porque existió el peligro para el municipio y los grupos que de él dependían de que yo postulara. Cuestión que jamás hubiera hecho, mi madre no lo hubiera permitido, a pesar de que mis amigos, por voluntad de hueveo querían promoverme. El premio había dado una extenuante vuelta, había partido con un poeta, luego un pintor, vino un músico, creo que un escultor, también un dramaturgo y correspondía un narrador, el único que había en la comunidad que tenía algún nivel de visibilidad era yo. El premio nunca más se otorgó. Mis amigos me molestaban porque me echaban la culpa de eso. Por culpa tuya el espíritu provinciano se vio postergado, me decían. Pudimos impugnar esa interrupción, porque al ser decreto edilicio había obligatoriedad. Hubiera sido entretenido, pero faltaban las ganas.

Hago este relato anecdótico, intentado demostrar la bajeza de estas pretensiones de ascender al Parnaso chuchumeco de nuestro orden literalitoso.

Además, para qué estamos con cosas, uno no merece premios, no sólo porque es irremediablemente rasca la manera en que estos se obtienen (me refiero a lo que hay que hacer a nivel de campaña y de gastos de representación, es decir, solicitar cartas, armar una trama, un comando, prensa, etc.), aunque existen premiaciones vía comisión de expertos que tienen otra impronta, pero que igual le tributan a una axiología siempre sospechosa.

Lo que no podemos evitar es la tradición de que esa cosa que se llama objetivo logrado, en el contexto de considerar la vida misma como una competición, tenga un galardón, con cotillón incluido, porque el espíritu del kitsch está en el centro de nuestra cultura. Hay que preocuparse de las metodologías y los criterios, eso sí, y ahí sí que es necesaria una institución no corrupta o con un moral a toda prueba, para decirlo afirmativamente, que se haga cargo de estas picanterías.

Porque se supone que nuestro grupo, nuestro modo cultural al que tributamos, se mueve según otros parámetros. Ahí hay una discusión estético política que debe producirse en algún momento.  El dato duro es que la pega artística sigue siendo sierva de la política, más aún, un decorado menor. ¿Qué hacemos con esto? Porque los procesos culturales, eso hemos creído algunos, debieran pasar por otro lado. ¿Por dónde? Por aquellos lugares que están fuera de las élites y de la visibilidad mediática, concretamente, trabajar en las zonas rudas del largor territorial.

En fin, escuchar los argumentos de campaña que validan o legitiman el premio, es muy duro para los que no habitamos en Santiago. Porque a estas alturas el supuesto rupturismo de las visiones de género o la lucha contra la dictadura, el manipulado margen y otras categorías que pierden fuerza porque se emiten desde lugares hediondos a canon relamido y a instituciones pagadoras, incluidas complicidades académico editoriales.

Lo que más me preocupa, ahora que voy a entrar a militar a un partido nuevo, que además debiera ser tributario del discurso marxista, y que me imagino formará parte del Frente Amplio, es que cuando se formulen las políticas de alianzas, cuestión clave para un partido revolucionario, esta gente -que se supone que le tributa a cierto progresismo blando (incluso de izquierda)–, se pueda considerar como aliada en algún proceso, cuando su lógica conductual apela permanentemente a alfombra roja y a los pasillos de los edificios neoclásicos de la oligarquía. Parece un viejo tema upeliento, pero por algo vuelve a la palestra en momentos de reposicionamiento del fascismo. No sólo me preocupa, me aterra.

Todo esto que estamos planteando es en buena, es con cariño y con espíritu crítico constructivo, porque vienen luchas a muerte muy significativas y necesitamos soldadesca comprometida y no buscadores de pegas, y de lugares de confort. Las palabras “ordinario” y “rasca”, utilizadas en este texto, debo reconocerlo, no tienen espesor analítico, tampoco se puede apelar a las exigencias de pudor que uno heredó de una madre católica, aunque hay una necesidad de diseño que se acerca mucho a eso que nuestras viejas llamaban decencia, expresión que también se la he escuchado al poeta Uribe.


Escritor