Si bien en la historia de nuestro país podemos observar que la migración siempre ha existido y que incluso forjó el imaginario, tradiciones y cosmovisiones de nuestra cultura, es más un tema que se pareciera pasar por alto y casi anecdótico. No es azaroso, por supuesto, sino que responde a una especie de “borrón y cuenta nueva” de parte de quienes se han dedicado al genocidio, explotación, opresión y colonización, que pretenden(mos) olvidar.

La migración en Chile no empezó a ser un “problema” sino hasta muchos años más adelante en la historia oficial, cuando desde países de Centro América comenzaron a migrar, por razones políticas, económicas, etc., miles de personas de República Dominicana, Colombia, Haití, entre otros. Antes existían hasta políticas estatales que buscaron atraer migrantes de países europeos con el fin de “mejorar la raza”.

Se instaura como problema cuando vemos cómo los discursos anti migración tienen claros tintes clasistas, racistas y, en especial importancia para esta columna, sexistas.

No es novedad afirmar que la sexualidad y todo lo que tiene que ver con el placer, está construido por y para los hombres; pero es necesario agregar que además, se constituye como una forma más de subordinación y opresión racista.

El estudio de las mujeres afrodescendientes en el contexto actual no puede sino estar determinada por su experiencia histórica, conocida por la violencia del proceso colonizador. Son aquellas mujeres quienes vivieron en carne propia los máximos horrores de la esclavitud.

Angela Davis, en su libro “Mujer, raza y clase” hace mención especial de esto: “Las mujeres sufrían de modos distintos, puesto que eran víctimas del abuso sexual y de otras formas brutales de maltrato que sólo podían infligírseles a ellas. La actitud de los propietarios de esclavos hacia las esclavas estaba regida por un criterio de conveniencia: cuando interesaba explotarlas como si fueran hombres, eran contempladas, a todos los efectos, como si no tuvieran género; pero, cuando podían ser explotadas, castigadas y reprimidas de maneras únicamente aptas para las mujeres, eran reducidas a su papel exclusivamente femenino” (Davis, 2005: 15).

Esto, con diferentes aristas, se mantiene hasta el día de hoy. Hagamos un ejercicio rápido: entre a cualquier sitio de pornografía conocido en la web; apriete en el apartado de categorías; busque las más populares. Es probable que dentro de ellas salga en los primero lugares palabras como “ebony”, “negras”, “black”, “morenas”, “interracial” y así un montón de sinónimos de calibre parecido.

Otro ejercicio: en algún buscador como Google, busque “mujer negra”; es más que seguro que dentro de la primera página saldrá algún resultado que incluya “sexy”.

Sabemos bien que dentro de la dominación, la sexualización es una técnica común. Abuso sexual, violaciones y la fetichización de los cuerpos femeninos negros es sin duda, una forma más de opresión que viven las mujeres, además del racismo explícito que experimentan en nuestro país. La hipersexualización es una forma más de reproducción de la violencia racial que viven en el día a día, fruto de una opresión histórica. Entender que nuestros supuestos fetiches no son más que otra forma de dominación, es un primer paso para avanzar.

Tenemos que abrir bien los ojos cuando interiorizamos el discurso de que las negras vienen a tener guaguas, a quitar maridos. Tenemos que abrir los ojos cuando en los medios de comunicación retratan a las mujeres negras como promiscuas. Construirnos desde la diversidad es también entender cuándo las opresiones históricas juegan el papel relevante a la hora de mirar al otro, en este caso, a la otra.