En 2002, cuando se estrenó Irreversible en el Festival de Cannes, muchos de los espectadores salieron de la sala absolutamente indignados con el cineasta argentino-francés, Gaspar Noé. Tal como los espectadores que había tenido unos 30 años antes Saló de Pier Paolo Pasolini, o 20 años antes Querelle de Rainer Werner Fassbinder, los espectadores de Irreversible escapaban de la sala gritando “¡Repulsivo!” o “¡Esto es escandaloso!”. Sabemos de esto porque a Noé se le ocurrió filmar las impresiones de la gente que saliera de la sala en el refinado festival francés. Porque, claro, Noé sabía de antemano que el filme era provocativo, en especial por una larga escena filmada sin cortes en que Monica Bellucci era violada sin ningún tipo de rodeo durante más de 8 minutos.

Por eso, no impresiona que unos 20 años después de ese acontecimiento, Gaspar Noé fuera uno de los muy pocos que dijera públicamente que el filme de Lars von Trier, La casa que Jack construyó (2018), estrenada en el mismo Festival de Cannes, le pareciera una obra completamente graciosa. Leer, sin embargo, la obra de Gaspar Noé como un simple y constante esfuerzo por provocar al público se aparece como una lectura superficial cuando miramos el proyecto cinematográfico de Noé, que alcanza un mayor grado de densidad con Clímax (2018).

Clímax es una película estructuralmente sencilla: ambientada en 1996, comienza con un casting grabado en VHS que se proyecta en un televisor de la época, donde se nos presenta a quienes protagonizarán la historia, un conjunto variopinto de bailarines que deben ensayar una coreografía con estilo callejero; la segunda parte es, precisamente, esta coreografía; y, finalmente, una vez terminado el baile formal, empieza una pequeña fiesta a fin de celebrar el fin del ensayo. Una historia sencilla, pero que está dirigida por Gaspar Noé: la celebración tiene por objeto común un recipiente lleno de sangría, al cual alguien le echó una alta dosis de LSD, provocando que la fiesta pase de ser normal a ser una fiesta estilo Noé. Desde ese momento, aparecen los fetiches de Gaspar Noé: las luces de neón, los plano-secuencia que siguen a los personajes desde atrás, las cámaras en ángulo cenital, las frases con letras de colores chillones, la sangre en los cuerpos cansados, los tabúes gritados a viva voz y el sexo. Si bien definitivamente esta es la obra de Noé que contiene menos escenas sexuales, es la que más instala un discurso que permite leer su obra de manera retrospectiva, bajo el lema «VIVIR ES UNA IMPOSIBILIDAD COLECTIVA».

Cada filme de Noé es polémico a su manera. En Solo contra todos (1998), tenemos al carnicero que se reencuentra con su hija muchos años después de haber asesinado a cuchillo limpio a quien falsamente creyó que la violó cuando era pequeña. Ese acto viene advertido por un contador de tiempo que sugiere al espectador salir de la sala dentro de los siguientes 30 segundos a fin de evitar ver la macabra escena que sigue: el padre, en un ambiente de tensión sexual con su propia hija, la asesina para que ella no siga sufriendo en este mundo cruel e injusto. En Irreversible (2002) tenemos al filósofo que, erróneamente, le revienta la cabeza con un extintor a un tipo, bajo la creencia que él había violado a su querida ex-cónyuge, Alex. Esa escena va antecedida de un diálogo protagonizado por el mismo carnicero del filme anterior, donde se expresa que «en la vida no hay crímenes, sólo hay acciones». En Enter the Void (2009) tenemos a Óscar, un joven drogadicto en Tokio que reflexiona sobre la muerte y cómo es que la vida puede seguir más allá de ese momento. Óscar es asesinado por la policía a mitad de la película y continúa como observador de la vida de los demás, al más puro estilo de un fantasma. En Love (2015), Noé muestra la historia de un estudiante de cine que se ve obligado a terminar una relación amorosa porque, producto de una infidelidad, embarazó a otra joven. Love, si bien es el trabajo más íntimo de Noé, causó polémica por el hecho de ser una película abiertamente pornográfica, con escenas de sexo explícito. Misma polémica que causó Enter the Void por el tratamiento explícito del consumo de drogas y el incesto. Algo que ya se había repetido con Irreversible por la escena de la violación ya mencionada, y que venía anticipada por la polémica escena donde el carnicero cometía parricidio.

Todas estas polémicas ponen en diálogo dos dimensiones del trabajo de Noé: una, la de provocar y quebrantar ese ambiente de no interferencia en la vida colectiva; otra, la de mostrar que el cine es una mentira, que lo que hay allí no es una violación, ni drogas, ni sexo, sólo hay cine. En esta línea, Clímax es la condensación de una diatriba en contra del discurso de lo políticamente correcto, que finalmente promueve un estilo de vida individualista donde nadie le hace daño ni interfiere con la vida del resto. Esta fantasía del individualismo liberal que abarca la vida por completo, es destruida por Noé desde estas dos perspectivas. Clímax nos presenta una pequeña comunidad, diversa, tan diversa que la componen gays homofóbicos, negros, racistas, mujeres, misóginos, drogadictos y hasta un niño pequeño. Los diálogos están atravesados por un lenguaje fuerte y sin tapujos, precisamente porque, como sostiene Noé en sus entrevistas, eran otros tiempos. Los años 90 eran una época donde los discursos de lo políticamente correcto eran marginales y, de hecho, era popular el humor contra las llamadas minorías, la violencia sexual vendía y las drogas eran un tabú ante la opinión pública. Lo que nos muestra Noé es, precisamente, que la vida es una imposibilidad colectiva, que realizamos de todas maneras porque aún así vale la pena ser practicada, o al menos que no hay otra manera de vivirla.

Ante la perspectiva individualista, aquellos elementos nocivos o que simplemente no nos gustan de la vida, deberían ser eliminados, tal como quien cree que si no fuera por el obstáculo que son nuestros ojos podríamos ver nítidamente la realidad. Noé, desde la perspectiva contraria, comprende que eso es imposible, que la vida está constituida por ese nocivo elemento que se llama vida en común. Porque Noé coincide con Thomas Hobbes, en cuanto a que la vida es pobre, desagradable, brutal y breve, solo que difieren en cuanto a que el filósofo inglés piensa que esa vida es solitaria, mientras el cineasta sabe que es colectiva.


La mirada de los comunes