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Opinión

Reinalda, Catalina y Nabila: La violencia de género que nos dejó la Dictadura

Por: Alberto Rodríguez Gallardo / Publicado: 21.05.2016
nabila machismo /
Cuando dicen que la Dictadura acabó, casos como el de Nabila Rifo, nos recuerdan que su herencia sigue presente en nuestra institucionalidad. La violencia ejercida contra Nabila, me hace recordar inevitablemente la violencia ejercida hacia mi madre, Catalina Gallardo, asesinada en noviembre de 1975 en Villa Grimaldi.

Hace unos años, Lorena Giachino, destacada documentalista chilena, presentaba Reinalda del Carmen, mi mamá y yo, ante un público cinéfilo expectante. En su largometraje, reconstruye la relación de su madre Jaqueline, quien producto de una descompensación diabética ha perdido la memoria; y Reinalda del Carmen Pereira, su mejor amiga en la Universidad. En un ejercicio minucioso y necesario de recuperación de la memoria, la realizadora dibuja, gracias al testimonio de su madre, la amistad y sueños de una generación completa; y nos presenta el rostro y vida de Reinalda del Carmen.

El 15 de diciembre de 1975, en una esquina de Exequiel Fernández con Rodrigo de Araya en la comuna de Ñuñoa, Reinalda fue detenida por agentes de la DINA. Tenía 29 años, era tecnóloga médica y estaba embarazada de 5 meses. Fue vista por última vez en Villa Grimaldi, donde fue torturada y violada brutalmente y hecha desaparecer como a muchos compatriotas y amigos/as, que hasta hoy hemos buscamos incansablemente.

En la Dictadura cívico-militar, la gran mayoría de las mujeres secuestradas y prisioneras fueron objeto de violencia política sexual o tortura sexual de manera sistemática y eso no fue explicitado por la Comisión contra la Tortura y Prisión Política, un factor invisibilizado que sólo ha servido de agravante en algunas causas judiciales.

Cuando dicen que la Dictadura acabó, casos como el de Nabila Rifo, nos recuerdan que su herencia sigue presente en nuestra institucionalidad. La violencia ejercida contra Nabila, me hace recordar inevitablemente la violencia ejercida hacia mi madre, Catalina Gallardo, asesinada en noviembre de 1975 en Villa Grimaldi. Los parecidos en el modo de actuar son sencillamente impactantes. Nabila Rifo tiene 28 de edad, encontrada con múltiples fracturas y sin sus globos oculares. La prensa le ha dado amplia cobertura al caso. Mi madre tenía 30 años, su cuerpo fue mutilado, quemado, y también se encontraba sin globos oculares. La prensa de la época también  le dio amplia cobertura al caso, con la salvedad de que TVN y Canal 13, fueron cómplices activos de este crimen, al desarrollar un montaje comunicacional para ocultar su asesinato.

En los casos de Reinalda, Nabila, mi madre y tantas otras mujeres las características de los perpetradores son las mismas: hombres de mentalidad patriarcal, violentos y poseedores de un desprecio por la vida de las mujeres.

No existe fallo condenatorio alguno sobre este delito y/o crimen en nuestro país, a pesar de la jurisprudencia internacional en derechos humanos, que considere el flagelo a la integridad corporal como un crimen de lesa humanidad y, por tanto, nuevamente el Estado chileno demuestra su sistemática discriminación contra las mujeres y perpetúa, desde lo jurídico y hasta lo discursivo y cultural, el castigo sufrido por miles  de chilenas en “esos” y “estos” años.

La nueva Ley de Femicidio, que remite el delito y condena sólo al cónyuge o pareja es otro ejemplo de lo mismo. Hay que considerar, además, que en la mayoría de los casos de femicidio y femicidio frustrado, se  solicitaron medidas cautelares que no fueron cumplidas como corresponde por quienes deben velar por la seguridad de las víctimas.

Con ello, nuevamente y en otro formato, pero con la misma óptica, los cuerpos de las mujeres, son vistos por el Estado chileno y su jurisprudencia, como un objeto de propiedad privada, al que su flagelo solo es condenable cuando existen vínculos cercanos y/o íntimos. Esa es la prueba férrea del vacío e incapacidad de los poderes del Estado de velar por los derechos de las mujeres en Chile, aún cuando, es justamente su obligación: “garantizar y proteger la vida, la integridad y la salud todas las ciudadanas de este país, en virtud de los compromisos internacionales asumidos y de una legislación interna que dicen cumplir”.

Por eso es que desde la Corporación Parque Por la Paz Villa Grimaldi, desde donde comparto por primera vez públicamente mi doloroso testimonio familiar, rechazamos la impunidad con la que el Estado chileno ha enfrentado constantemente la violencia hacia las mujeres. Creemos que mientras no exista voluntad política, un discurso categórico de condena hacia la violencia de género y acciones concretas de educación para prevenirla, mientras no se haga justicia con nuestros ejecutados y desaparecidos, con nuestras compañeras y  compañeros torturados y con todas aquellas mujeres que fueron objeto de violencia política y sexual, las historias  de Reinalda,  Catalina y  Nabila  se seguirán repitiendo.

Por lo pronto, cada vez que vuelva a mirar una fotografía de mi madre, vendrá a mi memoria la imagen de Nabila.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alberto Rodríguez Gallardo
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