No creo que César Aira pase a la historia de la literatura latinoamericana como su autor menos simpático. Posee, no obstante, todos los pergaminos: ha desdeñado a autores sagrados como Juan Rulfo, ninguneado la obra de su compatriota Ricardo Piglia, arrancado de cuajo el legado de un Cortázar o un Sabato. El escritor de los cafés del barrio de Flores cultiva, claro está, el no poco frecuente arte de la polémica. Como si fuera poco, existen aún fuentes alternativas para volverse troll de Aira, por ejemplo su infatigable producción, pues suele ser calificado como “prolífico” —se dice que superó las 80 novelas—, y eso a varios parece enfermar.

El asunto es que Aira posee el mérito también de haber creado (como si inadvertidamente se estuviera narrando en paralelo otra de sus ficciones de producción espontánea, algo así como “la novela de César Aira”), toda esta especie de folklore a su alrededor, ese ruido que compone el marco fabulesco, casi circense, a lo que primordialmente debiera interesar: el valor de su obra. Y aquí, me parece, pese a la legitimidad de cualquier discusión, no tendría que haber vacilación alguna. Aira es singular, singularísimo, y en esto poca relevancia puede tener su psicología o su opinología.

Eterna juventud (Hueders, 2017), es otra contundente muestra más de las capacidades de un escritor que, en esa proliferación que se le achaca, se ha venido refinando, ya por décadas, con virtuosismo excepcional. En estas escuetas pero trepidantes 77 páginas, Aira regresa a los paisajes del cacique Cafulcurá, quien ya aparecía en la extraordinaria La liebre (1991) y también en Entre los indios (2012), concentrándose esta vez en uno de sus sobrinos, el mapuche Eterna Juventud, protagonista de esta roman à clef donde Aira —y esto no es nuevo en él— parece otra vez sutilmente deslizar los irrenunciables principios de su estética.

Para los lectores comunes, sin embargo, esto último resulta accesorio, pues una vez arriba de la pelota, inmersos en la lisergia que Aira nos suele ofrecer, la soledad de Eterna Juventud en su pacifismo y afición por coleccionar esas indescriptibles “cabecitas parlantes”, nos pone nuevamante en la órbita desopilante de una inventiva que (y eso es la literatura de Aira) no se dedica a otra cosa que a celebrar devotamente la ficción por la ficción, sin compromisos adjuntos. Qué importa que al resto de los indios, dedicados a quehaceres masculinos y tradicionales, no les quepa el placer de esta adictiva y a sus ojos ingenua recolección a la que Eterna Juventud prefiere dedicar su tiempo. El sobrino de Cafulcurá ciertamente padecerá los “intervalos”, espacios muertos cada vez más prolongados donde participará de su comunidad y cumplirá con las monótonas misiones destinadas por su tío, aunque siempre volverá revitalizado a proseguir con su hobby ocioso y desinteresado, imposible de confinar a un “catálogo razonado”.

Aparte de las ya habituales y cómicas disquisiciones filosóficas en las que suelen entrar sus personajes, en Eterna juventud el mecanismo Aira vuelve a alcanzar un vuelo poético que, me parece, se ha vuelto un bien algo escaso en la narrativa latinoamericana reciente, ocupada como está, primordial y transversalmente, en la composición de instantáneas urbanas generacionales deslavadamente “realistas” y/o autobiográficas. La nitidez de las imágenes aquí consigue la alta definición, como si su autor estuviera procesando con bestial fluidez los 1080p de las pantallas HD, o simplemente estuviera releyendo a Tolstoi. El episodio de un jabalí devorando a una “ninfa de las aguas frías” en un claro de bosque patagónico, sobre la superficie espejeante de un lago congelado, demuestra toda la habilidad y el cuidado de su artífice, como si de un pulcro instalador se tratara, a la hora de organizar la inserción de una viñeta cruda y fabulosa.

La obra de Aira, claro está, es la intransigente devota de la literatura como espacio de la libertad creadora cuya religión monoteísta es siempre la búsqueda de lo nuevo. En este credo el argentino de paso ha creado, no a sus precursores, sino que finalmente a sus detractores, sus auténticos Enemigos de la Literatura de Aira, símil de ese otro adversario que, se lee en uno de sus ensayos recientes, el Arte Contemporáneo (AC) —no así la literatura—, habría en su emergencia automáticamente generado.

Afirmar que César Aira (CA, valga aquí la inversión) es el Duchamp de las letras latinoamericanas, como hace algunos años lo etiquetó el New York Times, me parece suena un poco vintage. Tampoco sus relatos, como quisiera el propio Aira, se corresponden con la más reciente simultaneidad escénica de un Neo Rauch. Si se insiste con “lo plástico”, tal vez su obra a ratos evoque a algún Balthus o, mejor aún, a un improbable “preneodadá”, como más jocosamente Aira se autodenominó en alguna entrevista para sembrar la desorientación de sus críticos. Tal vez. Pongamos por ahora: narrador de una simpatía sin parangón, sencillamente intratable.

Eterna juventud

César Aira

Editorial Hueders, 2017

Precio ref: $9000


Ensayista