Los 200 años de Marx han ofrecido una nueva oportunidad para volver a mirar su obra a la luz de los problemas del presente. Una vez más, su capacidad para descifrar las lógicas del capitalismo, sus mecanismos de reproducción y tendencias a la crisis, así como el lugar de los conflictos sociales para explicar las dinámicas históricas, muestran su extraordinaria vigencia.

Hay un Marx, sin embargo, cuyo retorno ha sido mucho más lento y problemático: Marx en tanto pensador de la libertad.

Tras la caída de los “socialismos reales”, con sus huellas de autoritarismo y vulneración de libertades individuales, este Marx fue desterrado casi por completo. Así, mencionar en el debate público a “Marx” o el “socialismo”, sigue despertando aún con frecuencia la sospecha de promover una idea de igualdad social que poco o nada tiene que decir acerca de la libertad individual (o, en el peor de los casos, incluso menosprecia sistemáticamente su valor). De modo llamativo, la fuerza de esta imagen parece incluso haber alcanzado a ciertos segmentos de la izquierda, los cuales tienden a ver en la libertad individual un asunto lejano, más bien propio de otras tradiciones políticas (particularmente, del liberalismo).

En retrospectiva, sin embargo, esta situación es bastante llamativa. Desde sus primeros escritos, Marx se distancia con fuerza de lo que llama un “comunismo vulgar” (una forma de realizar la igualdad que niega “por completo la personalidad del individuo”). Y más tarde, en El Capital, caracteriza el socialismo con la conocida expresión de una “asociación de individuos libres”. Esta expresión pone de manifiesto no solo la importancia del problema de la libertad para el socialismo, sino además una particular forma de pensar acerca de la libertad personal.

Para Marx no se trataba aquí simplemente de una asociación en que cada individuo encuentra los medios para proteger su libertad ante el resto (la libertad del otro como límite de mi libertad), sino de una forma de organizar la vida en sociedad bajo condiciones tales de  reciprocidad o complementariedad que permitan el florecimiento de la libertad de cada uno. El socialismo es así un tipo de asociación en que “el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos”.

Es cierto que no hay un lugar donde Marx describa en detalle semejante ideal socialista de libertad. No obstante, su crítica del capitalismo difícilmente resulta comprensible en plenitud pasando por alto este ideal de libertad. Para Marx el capitalismo debe ser criticado no solo por el hecho de la desigualdad y su legitimación, sino ante todo por negar de modo sistemático aquello que promete realizar: la libertad. Todavía más, la profundidad de su crítica radica en sugerir que incluso aquellos que bajo estas condiciones pueden disfrutar de la libertad, lo hacen (en último término) de una forma fallida o empobrecida, no plenamente libre. La libertad como privilegio, en suma, no es plena libertad.

En el mismo sentido, Marx fue ciertamente un agudo crítico de los límites presentes en las revoluciones políticas liberales de su tiempo que pretendieron realizar la libertad. Jamás puso en duda, sin embargo, el enorme progreso que éstas significaron en la historia de las luchas por la emancipación. Por lo mismo, su lectura de la herencia del liberalismo (sus necesarias continuidades y rupturas) para la tradición socialista es abiertamente compleja y, en ningún caso, llegó a pensar que solo al liberalismo incumbía la inquietud por la libertad individual.

¿Qué significado puede tener este Marx, pensador de la libertad, para el presente?

No es difícil apreciar que la insistencia en que las políticas de izquierdas solo pueden hablar en nombre de la igualdad, mientras que la libertad corresponde a otras posiciones, restringe de antemano buena parte de su sentido emancipador. No solo se trata aquí del hecho que otras tradiciones han avanzado hacia articulaciones complejas de la defensa de la libertad con la inquietud por la igualdad (por ejemplo, el “liberalismo igualitario”), sino además que apenas se puede negar el valor que posee la libertad personal en nuestra cultura contemporánea. Toda una serie de prácticas cotidianas, así como diversas exigencias de justicia, conflictos y luchas, no se dejan hoy comprender a cabalidad sino en relación con la pretensión de hacer valer (en variadas dimensiones y significados) la libertad individual.

Por su parte, en el plano local durante años la defensa de la libertad (restringida a libertad de mercado) ha aparecido ante todo como un monopolio de los sectores de derecha. De modo interesante, además, al interior mismo de la derecha chilena se vislumbra hoy un proceso de renovación intelectual que busca remover este lenguaje economicista e incorporar referencias a ideas claves como “comunidad”, “solidaridad” o “pueblo”. Todo ello en diálogo con la defensa de la libertad individual.

Visto así, una idea del socialismo que no es capaz de tomarse en serio la libertad individual y defenderla de modo complejo en su horizonte emancipador, parece hoy quedar tanto excluida de coordenadas centrales en que trascurre la disputa por las ideas, como desconectada de sentidas aspiraciones cotidianas y los conflictos sociales que de ellas emanan. En definitiva, parece ser que si el socialismo ha de tener algún futuro como política emancipatoria para el siglo XXI, será (probablemente como Marx habría previsto) también en nombre de la libertad.


Doctor en Filosofía y Sociólogo. Académico UAHC