A sus 13 años, Evelin Bustos Bustos fue adoptada desde el Instituto de Colonias y Campamentos ubicado en la Quinta de Tilcoco -región de O’Higgins- por una pareja de italianos que luego cambió de parecer.

Lo terrible de su historia, no obstante, comenzó mucho antes: la crió su tío entre golpes y vivió hasta los 6 años pidiendo que alguien la sacara de esa cara. Más tarde fue enviada a la casa de una guardadora subvencionada por el Estado en Pirque, quien la habría violentado por otros 5 años junto a más niños. Finalmente, un día logró escapar de esa residencia junto a otro niño y pudo contar lo que había vivido.

A los 11 años, llegó a la Quinta de Tilcoco, donde relata que “ya no me pegaban las tías, pero sí las otras niñas más grandes. Me puse más dura y también me arrancaba. En ese hogar nos decían que nuestra única salvación era que nos adoptaran”.

En su entrevista con revista Paula, Bustos cuenta que, cuando venían parejas a visitarlos -casi siempre italianos- les decían que se portaran bien, tenían que abrazarlos, “decirles ‘papá y mamá”.

Hoy cuenta su testimonio desde Italia y su nuevo nombre es Evelin Camporeale Russo. En 2013 fue adoptada por un matrimonio que la llevó a ese país, pero no tuvo un final feliz. Al ver sus problemas de conducta, su madre italiana pidió revertir la adopción y enviarla de vuelta a Chile.

Sin embargo, el Sename se negó a recibirla y argumentó que ella legalmente ya no era chilena. Evelin terminó en un hogar de menores en Tricase, sin familia y sin patria legal.

“Los profesores que me cuidaban juntaron plata y me dieron dinero para ir en bus a Roma. (…) Dormí varios días en el terminal de buses y me fui a un hostal. Conseguí trabajo lavando platos. Ahí me daban la comida (…). Estuve así un tiempo, hasta que conocí a un joven. Estuvimos cinco años como pareja. Con él tuve una hija, quien hoy es la razón de mi existencia. Después nos separamos”, contó.

Hoy trabaja en un hogar de ancianos privados, donde se encuentra a cargo de una abuelita. Evelin hace un curso para ayudar a enfermos terminales y los fines de semana trabaja como mesera, para lograr financiar a la cuidadora de su hija. Por ahora vive en la casa de su novio, pero busca independizarse. Además, también practica boxeo, un deporte donde no pudo profesionalizarse por falta de papeles.

Sobre su hija, Bustos asegura que “eso nunca le va a pasar a ella, porque lo que yo viví solo les sucede a los niños que no tienen familia. Mi hija me tiene a mí. Ella quiere ser abogada cuando sea grande”.

“Asumo los errores que pude haber cometido. Pero también quiero que los adultos que estaban a mi cargo asuman su responsabilidad y que alguien me responda por el daño que me hicieron. Qué daría yo por tener una familia, alguien de quién preocuparme y que se preocupe por mí. Ahora me doy cuenta de que nada de esto fue culpa mía. La víctima fui yo”, cerró.