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Opinión

Elecciones presidenciales en Colombia: ¿Formación de una nueva izquierda?

Por: Giorgio Boccardo / Publicado: 17.06.2018
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En varios sentidos el resultado de esta elección es relevante para el derrotero de la izquierda latinoamericana. Estos son los primeros comicios en décadas sin las FARC movilizadas y, por primera vez en la historia, la izquierda colombiana parece tener opciones y garantías democráticas para llegar a la presidencia.

Este domingo 17 de julio se realizará la segunda vuelta presidencial en Colombia. Por un lado, se presenta el candidato de derecha Iván Duque del Partido Centro Democrático (del ex presidente Álvaro Uribe) y es apoyado por el Partido Conservador y el Liberal, además de movimientos evangélicos, grandes grupos empresariales y los principales medios de comunicación. Por el otro, el ex guerrillero del M19, ex senador y ex alcalde de Bogotá, Gustavo Petro que representa al Movimiento Colombia Humanas y es apoyado por partidos ciudadanos, verdes, de izquierda, movimientos indígenas y de derechos humanos y las recién legalizadas FARC. El convidado de piedra a esta votación puede ser nuevamente la abstención.

En varios sentidos el resultado de esta elección es relevante para el derrotero de la izquierda latinoamericana. Estos son los primeros comicios en décadas sin las FARC movilizadas y, por primera vez en la historia, la izquierda colombiana parece tener opciones y garantías democráticas para llegar a la presidencia. En efecto, desde el asesinato de Gaitán en 1948, las oligarquías representadas por el Partido Conservador y el Partido Liberal han impedido por medio de la violencia política la irrupción de partidos y liderazgos populares en Colombia. Este cierre autoritario del sistema político está en la base de la formación de las guerrillas, de los grupos paramilitares e incluso de los inicios del narcotráfico.

Ahora bien, el desenlace de estas elecciones no sólo afecta el equilibrio de las fuerzas locales. También influirá significativamente en la hegemonía que alcance los Estados Unidos sobre América Latina en los próximos años.

A diferencia de otras experiencias latinoamericanas en que, tras la crisis económica de 1997-1998, irrumpen fuerzas sociales que devienen en gobierno e intentan enfrentan a las alianzas neoliberales (como el PT en Brasil, el chavismo en Venezuela o el MAS en Bolivia); en Colombia se instala una doctrina de “seguridad democrática” que, con el apoyo decidido de los Estados Unidos, permiten al presidente Uribe enfrentar a las FARC e iniciar una radical transformación del modelo de desarrollo nacional.

Pese a provenir de las filas del liberalismo, los gobiernos de Uribe (2002-2010) aplican políticas económicas abiertamente ortodoxas, privatizan los servicios sociales y enfrentan a las guerrillas con el apoyo de grupos paramilitares. Tras una década de enfrentamientos, Uribe no logra doblegar políticamente a las guerrillas, sin embargo, desarticula buena parte del tejido social popular, legitima la desaparición y tortura de miles de dirigentes sociales y abre espacios para el desembarco de capitales multinacionales y la proyección del gran empresariado local.

El triunfo presidencial de su ex ministro de Defensa, Juan Manuel Santos (2010-2018), representó la continuidad de la política neoliberal. Pero el agotamiento de la doctrina de seguridad democrática obligó a la alianza dominante a ensayar otras formas para solución el conflicto con las guerrillas. Poco después de asumir, Santos inicia un acercamiento con las FARC para negociar un Acuerdo de Paz definitivo. Pese a no ser ratificados en las urnas, y contar con un rechazo abierto de las fuerzas uribistas y de organizaciones de derechos humanos, los Acuerdos de la Habana de 2016 pusieron fin a un conflicto político que se extendió por cerca de 70 años.

Es en ese momento que se inicia la actual contienda electoral. Más que un enfrentamiento clásico entre conservadores y progresistas, que en Colombia siempre estuvo hegemonizado por grupos oligárquicos, los ejes que estructuran el debate de fondo en las elecciones son: primero, el recurso de la violencia política y la desconfianza que generan en la ciudadanía fuerzas protagonistas del conflicto armado que apoyan a los candidatos; y, segundo, los cambios y continuidades que puede experimentar el neoliberalismo colombiano.

El candidato Duque propone revisar el Acuerdo de Paz alcanzado con las FARC en aspectos como la participación política de las guerrillas, el narcotráfico y la justicia transicional (conflicto que le permite a Uribe mantener su protagonismo desde el Senado). Ahora bien, en términos más sustantivos, el triunfo de Duque consolidará el modelo neoliberal ejecutado por Uribe y pacificado por Santos, en conjunto con los grupos empresariales nacionales, el capital multinacional y toda una nueva intelectualidad tecnocrática que apuestan a expandir la industria extractiva sobre el territorio “liberado” tras la desmovilización de las FARC. De lo que se trata, en definitiva, es de impulsar otro ciclo de acumulación neoliberal, pero ahora, deshaciéndose de sus formas más violentas que permitieron en décadas pasadas implementar un neoliberalismo ortodoxo. Y a nivel latinoamericano, se puede iniciar un nuevo ciclo de hegemonía estadounidense, sobre todo ahora que Brasil y Venezuela atraviesan una crisis política de proporciones.

Pero de ganar Petro, ¿qué hacer?

Su programa de gobierno propone avanzar en una estructura tributaria más progresiva para incrementar la inversión pública en educación y salud, y revertir las escandalosas desigualdades que produjo el neoliberalismo en Colombia (incluso mayores a las de Chile). Pero además, propone una ambiciosa agenda que disminuya el peso de la industria extractiva en el modelo de desarrollo nacional. Sin embargo, para avanzar en este propósito debe confrontarse con una de las alianzas neoliberales más conservadoras de toda América Latina, que no dudará en recurrir nuevamente a la violencia política y al apoyo de los Estados Unidos para desestabilizar un eventual gobierno de Petro (que además no tendría mayorías parlamentarias).

En suma, Petro deberá enfrentar escollos en los que ya naufragaron buena parte de las fuerzas progresistas, nacionalistas y populistas a inicios del siglo XXI en América Latina. De lo que se trata entonces es de superar los límites que impuso la administración progresista del neoliberalismo como horizonte posible, pero también, al nacionalismo populista y sus fórmulas autoritarias de redistribución social. Para ello, es fundamental que el heterogéneo arco de fuerzas que apoya a Petro se articule políticamente y construya una mayoría popular que anteponga a la oferta neoliberal de violencia y mercado otra que apunte a recorrer un largo camino desde la violencia a una democracia social y política plena que le permita al pueblo colombiano recuperar su soberanía. Y para esto, no bastará solo con incorporar nuevos idearios, propuestas programáticas y una plataforma ciudadana.

En buena hora para Colombia si Petro triunfa, pero de avanzar en la construcción de una fuerza política con capacidad de alterar los consensos que hoy existen en la alianza dominante constituirá, sin duda alguna, un baño de esperanza para quienes luchan por construir una nueva izquierda latinoamericana.

Giorgio Boccardo
Director Nodo XXI. Académico Departamento de Sociología, Universidad de Chile.
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