Deysi Arellano es una peruana que hoy más que nunca me recalcó que quiere ocultarse bajo ese nombre. Cuando era adolescente llegó a Santiago, hace cinco años. Su madre trabajaba de nana aquí desde que ella estaba recién nacida. Yo conocí su historia en el camino y le propuse ser un personaje del libro de crónicas sobre inmigración, que escribo para la editorial Ventana Abierta. Aceptó gustosa a mi propuesta, la he seguido durante algún tiempo y sé que hoy está a punto de graduarse y que trabaja en un exclusivo barrio de Santiago para una reconocida marca de seguros de vida. Hablo con ella de vez en cuando, me invita a reuniones donde se junta su madre y otras amigas o cuando a Perú le toca disputar algún partido importante.

Hoy, después de la derrota de nuestra selección ante Francia, me escribió un mensaje y era un meme. Una mujer sostenía entre sus manos un cartel y se leía: “Venimos a Rusia a puro webear. Posdata: ¿algún ruso que necesite una nana?”.

Después de eso había un par de  audios. En el primero, me explicaba que se lo habían mandado en un grupo que tiene en el trabajo y que felizmente pudo encarar al tipo que lo había compartido. Pero en el segundo, se quebró. “Tengo muchas ganas de llorar”, repitió sollozando, “este huevón siempre me ha jodido”.

Perú ha tenido un breve paso por el mundial de Rusia 2018, un paso que, en discrepancia con el titular de un conocido medio nacional, fue sin gloria pero con mucha pena. Poco antes de recibir el mensaje de Deysi, casi en el instante en el que los laterales peruanos recién apostaban por rifarla adelante y los franceses congelaban el partido en tres toques, algunas faltas, algún tiro de esquina, un amigo me escribió así: “seguro esos giles de Chile están felices. Cueva de mierda”.

No lo juzgo, tampoco podría juzgar los memes, la pena tarde en procesarse y el dolor, decía Vallejo, “es el dolor dos veces”. ¿Es así cómo se sentía esto?

Yo había decidido ver solo el partido. El fútbol así es mejor. Me desperté temprano, como nunca, y con el gol australiano creí que quizás la suerte podría estar de nuestro lado. Después, vendría el Perú Francia, pero habría que hacer cosas para que a la suerte no le toque tan difícil. Pasaron los quince minutos, los pasé cobijado entre cuatro mantas. Era un cálido inicio para un invierno, en todo caso, en el otoño la pasé peor. Muy temprano, había colocado en mi Facebook otra frase de Vallejo, la había recordado en la madrugada leyendo una revista fútbol. Todos estos meses los pasé igual: madrugadas enteras viendo toda la campaña peruana en eliminatorias, los mejores pases de Christian Cueva, el gol de Guerrero ante Uruguay repitiéndose una y otra vez en el Youtube.

La frase decía así:

Me moriré en París —y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Un vidente brasilero había dicho que los quince primeros minutos eran decisivos. Vallejo, Dos Santos; a esa hora todo aflora, todo vale y no pude evitar recordarlos. Ambos vaticinaban algo que debería a empezar a aceptar desde el minuto 34. Los de la franja roja intentan tocar corto en salida, Guerrero la pierde, la pelota se desliza entre Ramos y Advíncula, Giroud —recio— la persigue hasta el final, algún defensor que no alcanzo a reconocer intenta incomodarlo. “Mbappe no es Ronaldo pero hay chispazos”, había dicho el comentarista hace algunos instantes, solo tiene que tocarla. La apuñalada es una, es certera. La felicidad se agotará conforme pasen los minutos.

Deysi me comentó que no pudo ver el partido en su trabajo. La avalancha de memes solo aguarda el pitazo final y lo compartirán todos, los compartirán incluso una popular revista que hace poco nos juró su apoyo con el titular “no están cholos”. Deysi me pasa algunos, incluido el que la hace recordar a su madre y llorar enrabiada. Yo tardo en procesar la pena. Debería buscar un trabajo y dejar de escribir bajo estos efectos, pero si no lo hago quizás resultaré ahogado. Las redes aguantan todo. Coloco en Instagram: está bien, me pueden pasar sus memes. Mis amigos guardan silencio, los que no han olvidado sus derrotas saben que así es mejor. Aún mantengo contacto con la gente que conocí mientras trabajaba de empaque en un supermercado. Ellos no se callan. Lo llaman karma. Intento calmar a Deysi, me manda unos pantallazos de otros miembros de su grupo apoyándola y más de uno repite que sus madres también son nanas.

“Me he sentido diferente por primera vez”, escribe ella, “y no les creo”. Falta mucho para que lo haga. Yo ya no puedo hacer nada. Debo asumirlo como Vallejo. “No quiero ir nada más que hasta el fondo”, escribió en su habitación la argentina Alejandra Pizarnik poco antes de suicidarse.


Periodista