El parlamento británico acaba de votar definitivamente en contra del acuerdo entre el gobierno de Theresa May y la Unión Europa. Ningún gobierno en toda la historia británica ha sufrido una derrota tan aplastante: solo 202 diputados votaron a favor de ella y 432 votaron en contra. Entonces hay una diferencia de 116 diputados que tendrían que cambiarse de opinión para que la estrategia de May para salirse de la Unión Europea (UE) pueda avanzar. No hay por dónde.

Sin embargo, hace casi dos años el gobierno activó el famoso ‘Artículo 50’ que inició la cuenta regresiva para salir de la UE. Entonces si no logra el apoyo mayoritario del parlamento, el Reino Unido (RU) sale de la unión el 29 de marzo de este año sin un acuerdo – ¡faltan sólo 2 meses! La consecuencia de salir sin un acuerdo, según la inmensa mayoría de expertos, sería una crisis de proporciones. El país que se jacta de su tranquilidad social y los buenos modales de la población se está acercando al escenario del apocalipsis zombi.  

La economía británica está altamente integrada con la de la UE. Los bienes que consume el RU se fabrican a través de cadenas de valor donde cruzan las fronteras múltiples veces porque distintos pasos del proceso productivo están ubicados en distintos países. Si el RU sale de la UE sin acuerdo, los camiones que cruzan la frontera trasladando los componentes y subproductos a los distintos puntos del proceso productivo tendrían que pasar por inspección aduanera, generando atrasos  tremendos. Frente al riesgo de una salida sin acuerdo de la UE, el gobierno británico está acumulando reservas de comida y medicamentos, anticipando el colapso de los canales de producción y distribución. Sería el fin del mundo tal y como lo conocemos.

Theresa May quiere evitar una salida sin acuerdo (no-deal Brexit) pero el pacto que logró negociar fue rechazado porque no convence ni a sus propios diputados. De los 317 conservadores en la Cámara de los Comunes sólo 196 votaron con May, 118 votaron en contra. El 62% del partido, leal a May, no puede avanzar por el veto de la minoría grande (38%), en general del ala más dura del partido.

May representa el sentir mayoritario de los parlamentarios conservadores que son de la centroderecha relativamente ‘progresista’ en temas sociales, pero profundamente neoliberal en temas económicos. Para este grupo la UE representa el mejor andamiaje jurídico para proteger el libre comercio y la integración económica continental. Por ende, apoyaron la opción Remain (quedarse en la UE) durante el plebiscito, tal como lo hizo el multigremio empresarial el CBI (la versión británica de la CPC).

Cuando perdieron el plebiscito (ganando la opción pro-Brexit de Leave) estos centristas se volcaron a negociar un acuerdo de salida de la UE que mantiene la liberalización comercial continental, pero aumentando la soberanía nacional en términos de control migratorio. De forma muy pragmática interpretaron el voto Brexit únicamente como un rechazo a la inmigración europea y el acuerdo es efectivamente un intento de ceder algo a la derecha dura, pero manteniéndose cercano a la UE.

La derrota de May viene a manos del ERG (European Research Group – Grupo de Investigación sobre Europa), una agrupación de 62 diputados del ala dura del partido que apoyaba la idea de salir de la UE desde antes del plebiscito. El ERG no es tan pragmático como May. Está dispuesto a pagar los costos de salir sin un acuerdo con la UE o con un acuerdo de libre-comercio mínimo (como el que tiene la UE con Canadá). En el mejor de los casos (el acuerdo tipo Canadá) las exportaciones británicas a Europa serían sin aranceles. Pero, de todas formas, sí habrá inspección aduanera (para asegurar que las exportaciones son de origen británica y no de países que tienen acceso al mercado británico, pero no al europeo). Entonces la disrupción económica sería considerable.

Pero el ERG es aún más radical: si no consiguen un TLC tipo Canadá quieren salir sin acuerdo, con el argumento que el RU podría bajar sus aranceles de forma unilateral haciendo más barato las importaciones. El problema es que la bajada de aranceles a las importaciones no implica una bajada a las exportaciones. Entonces los camiones podrían entrar al RU con productos europeos, pero quedarían atrapados esperando pagar aranceles y recibir las inspecciones aduaneras para poder salir. La disrupción de las cadenas globales de valor sería tal que la visión apocalíptica podría cobrar vida.

Para el ERG vale la pena pagar estos costos de corto plazo, porque en el largo plazo se podrá crear una nueva relación entre el RU y el mundo. Cualquier acuerdo con la UE implica mantener los altos estándares regulatorios europeos (la armonización regulatoria es lo que permite prescindir de las inspecciones aduaneras en la frontera). Abandonar la armonización (con un acuerdo mínimo tipo Canadá o simplemente sin acuerdo) permitiría firmar TLC con los demás países del mundo, bajando aranceles y aceptando regulaciones más laxas. Por ejemplo, con un acuerdo arancelario con la UE, no se podría importar carne con hormonas de los EEUU o de Australia por los riesgos que implica para la salud. Sin un acuerdo de armonización regulatoria con la EU, sí se podría hacer importaciones de este tipo y los precios bajarían una vez pasada la disrupción de corto plazo. La idea sería recrear el RU como un país con regulaciones más laxas, donde el libre mercado regularía de salud de las personas.

Los pragmáticos de la centroderecha no quieren pagar los costos de transición hacia este sueño utópico de hacer aún más neoliberal un país que ya está bastante dominado por la visión de libre mercado y libre comercio. Pero en estos momentos no tienen una alternativa. No han logrado concitar suficiente apoyo dentro de sus propias filas para pasar el acuerdo que tienen, y no hay forma de cambiarlo (la UE no va a aceptar modificaciones). Tampoco quieren llamar a elecciones para dejar que los votantes decidan porque temen que pudiera ganar la izquierda.

 La tradición constitucional británica sugeriría que, si un gobierno no tiene una mayoría parlamentaria para su legislación más importante, entonces debería llamar a elecciones.  Pero esto no va a pasar. Tanto la centroderecha como la derecha dura comparte la ideología de la austeridad fiscal que ha destruido el Estado de bienestar británico en los años posteriores a la crisis financiera. Entonces se oponen a rajatabla a la visión de izquierda antineoliberal de Corbyn (el líder del laborismo, el principal partido de oposición). Temen que Corbyn ganara la elección y entonces no quieren arriesgarse.

La moción de censura (la forma de llamar una elección) que propuso Corbyn el día después de la derrota del acuerdo de May, fue derrotado porque la centroderecha logró la ayuda de la derecha dura para bloquearlo. Con esta maniobra la centroderecha tiene secuestrado al país: no puede pasar su legislación, pero sí puede bloquear la elección que podría darle los escaños a alguien para pasar un acuerdo de salida. Quizá el mejor reportaje de la situación salió de The Daily Mash (la versión británica de La Legal): en su relación con la UE, el RU rechaza todas las opciones posibles.