Por andar de la mano le pegaron a matar. Por tener el coraje de andar, sin miedo, de la mano con su polola, creyeron que podían, que tenían el derecho, la potestad de agarrar un palo y darle tres golpes mortales en la cabeza. Por andar de la mano la dejaron inconsciente y le siguieron pegando en el suelo, combos, patadas, hasta verla agonizar, ojalá, hasta asegurarse de su pronta extinción, con su pareja mirando cómo buscaban asesinar a su amor, por haber sido su amor, en las horas previas a un catorce de febrero que ya cubría el aire con globos rojos y flores vendidas en las esquinas.

Pasó hace algunas horas en Chile, en Pudahuel, como ha pasado todos los años. Hoy el rostro de lo dañado por la barbarie desatada es Carolina, Carolina y su expresión contenta de cejas arqueadas, Carolina y su sonrisa amplia bajo un jockey, Carolina y su polera de la U intentando ser feliz, porque ella tiene derecho a ser feliz, como dijo su mamá, porque fue criada con amor, afirma con lágrimas en los ojos y fuerza en la garganta la mujer que pide justicia, vida y justicia. Porque Carolina no merece terminar así, porque nadie merecer terminar así. Cuál es la sociedad en qué vivimos, cuál es la forma de relacionarnos que rige nuestra convivencia, cómo es que unos tipos deciden atacar a una chica porque no les gusta que vaya de la mano con otra chica. Qué mecanismo mental opera en la cabeza de un ser humano para agarrar un palo y masacrar a una inocente por cometer la osadía de amar en público, de mostrar lo que es. Qué tipo de país somos, que permite que un crimen de odio sea además reforzado por la imbecilidad de la animadversión a un equipo de fútbol. Porque la habían amenazado, dice la hermana, porque le tenían mala porque ellos -los hermanos presuntos golpeadores- son del Colo y ella es de la U. Por respeto a los simios y a los animales no vale una comparación. Pero entonces qué, dónde están las palabras, donde la analogía para ubicar a unos sujetos, hijos de la forma social que esta democracia ha validado, que consideran en la limitación de su humanidad golpear hasta matar a alguien porque camina libre con una pareja del mismo sexo, porque comete el pecado de gustar de los colores de un club que juega a la pelota. Es la pudrición de todo. Es la decepción total de Chile.

Por andar de la mano le pegaron a matar y hoy Carolina es trending topic. Todos hablan de ella. El Presidente Piñera condena la violencia hacia la joven. Comentarios atacan a la policía por no considerar en primera instancia la denuncia. La familia sigue consternada por la no detención de los que saben son los responsables. Y Carolina, en el shock, por momentos despierta, y se defiende. Cree en sus escasos momentos de conciencia que aún se tiene que defender, que los palos siguen acumulándose en su cráneo fracturado de “maricona conchetumadre”, como le gritaron. Quizás piensa en su ensoñación que luego irán por su pareja, y lanza brazos y piernas para tratar de defenderla. Pero no hay nada que hacer. Carolina ya no está en una calle. Está en la Posta Central. Afuera hay lienzos con su nombre. Están los del Movilh, los de Iguales, la Agrupación Lésbica Rompiendo el Silencio, el Ché de los Gays, la televisión. Hay decenas de rostros que ella no conoce, pero que ahora la quieren. La quieren ver vivir. Quizás porque en su sobrevida tantas y tantos ven su propia batalla, su propia lucha por salir a la calle y no sentir miedo, como el miedo que siente el más del 50% de homosexuales que declara que no se da muestras de afecto con su pareja en el exterior.

Este catorce de febrero, el día del amor, para Carolina no tuvo besos, comidas ni cartas. Es un catorce que se transformó en maldad, en catorce de lesbofobia. Es un catorce que tuvo palos, puños y zapatillas golpeando costillas y rostro. Es un catorce en que lo peor de Chile, comprimido en dos miserables sin alma, se dirigió a su cuerpo para separarla de su polola, porque no soportó verla feliz, en público. Es un catorce, un quince y dieciséis, en que a Carolina la siguen rondando los fantasmas de una nación en que el odio a la homosexualidad mata, con palos y patadas, con cigarros marcados en la piel, en Pudahuel o en el San Borja; y en la retórica y la Ley.

Que no muera Carolina para cambiar la Ley Zamudio, para perseguir con justicia efectiva, para educar en los colegios, para prevenir y evitar el odio antes de la matanza. Que no muera Carolina para que el cinismo haga que los más violentos políticos hacia la comunidad LGBTI+ pasen a dar su falso pésame. Que no muera Carolina para que su nombre acompañe al de Daniel Zamudio en las marchas y pesares. Que Carolina viva, porque simplemente quiso y quiere vivir. Porque simplemente quiere volver a ver a la U en un bar o en un estadio. Porque simplemente quiere volver a besar a su chica, tomarla de la mano, y caminar por la ciudad, con el amor que la crió su madre que la espera, con la normalidad de su identidad que impera en su razón, con la normalidad que este país enfermo no se cansa de dañar. Porque es un ser humano, porque su corazón tiene apenas veinticuatro años, porque es Carolina: que Carolina viva, que viva Carolina.


Director Noesnalaferia