Opinión

Alita: Fin al misterio japonés

Por: Nicolás Ried / Publicado: 26.02.2019
Alita: ángel de batalla (2019) evidencia la necesidad latente de Hollywood por, no sólo traducir culturalmente, sino que modificar y reestructurar una obra ajena a su modo de producción. Tal como ya ha ocurrido de manera catastrófica con Ghost in the Shell (Rupert Sanders, 2017) o Death Note (Adam Wingard, 2017), no se trata exclusivamente de eliminar los rastros de cultura japonesa, o de insertar actores blancos y actrices rubias. El trasvasijamiento cultural se produce en la forma en que se cuenta la historia que sustenta cada animé.

En 1993, el manga GUNNM cyberpunk de Yukito Kishiro fue adaptado a una versión animé dirigida por Hiroshi Fukutomi. Titulado Alita, el animé se convertiría en uno de los VHS más misteriosos que transitaban por los incipientes circuitos de distribución de cultura animada japonesa, en parte porque las reseñas estaban en japonés y también porque poco se sabía del manga original. Alita se presentaba como la breve historia, de unos 50 minutos, de una robot guerrera ancestral que tras ser restaurada por el doctor Ido aprendía a llevar una vida humana, sin dejar de lado sus destrezas de batalla. Sin embargo, Alita terminaba de repente, como si sólo hubiésemos visto dos capítulos de una serie: nunca supimos quiénes eran los villanos que detentaban el poder, qué había sido de la robot Alita durante los siglos en que estuvo inconsciente, ni cuál había sido el motivo que llevó al mundo a convertirse en la distopía adornada con las chatarras propias de un mundo mecanizado por la tecnología. Alita se presentaba como un conjunto de misterios que la hacían aún más atractiva para quienes estaban lejos de leer el manga que le daba soporte.

La nueva versión de Alita, dirigida por Robert Rodríguez, se presenta como una herramienta que viene a acabar con los misterios. Alita: ángel de batalla (2019) evidencia la necesidad latente de Hollywood por, no sólo traducir culturalmente, sino que modificar y reestructurar una obra ajena a su modo de producción. Tal como ya ha ocurrido de manera catastrófica con Ghost in the Shell (Rupert Sanders, 2017) o Death Note (Adam Wingard, 2017), no se trata exclusivamente de eliminar los rastros de cultura japonesa, o de insertar actores blancos y actrices rubias. El trasvasijamiento cultural se produce en la forma en que se cuenta la historia que sustenta cada animé. Con Ghost in the Shell fue burdo el modo en que se cuenta la historia de manera ordenada para hacerla comprensible a un público acostumbrado al modelo aristotélico de narración: presentación de personajes, desarrollo de mundo, conflicto central, clímax y epílogo. Precisamente el punto de Ghost in the Shell (el animé) era narrar el asunto desde el punto de vista de un ser cuya inteligencia es artificial. Y algo similar realiza Rodríguez en esta oportunidad.

Sin dejar de lado su afán por las películas de acción, nos presenta literalmente, escena por escena, lo que ocurre en el animé Alita. Con la precisión de un fanático y un presupuesto casi infinito, Rodríguez consigue producir un mundo cuya estética recorre desde Metrópolis (Fritz Lang, 1927) hasta Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), a fin de incorporar en él a nuestra heroína. Alita (semi-interpretada por la actriz de ascendencia peruana Rosa Salazar) es una súper guerrera que batalló hace unos 300 años en una guerra que terminaría dividiendo al mundo entre quienes habitan la Tierra y quienes habitan Zalem. Mientras la Tierra es ese típico lugar devastado por el abuso tecnológico, lleno de robots y donde la ley se cumple de manera escasa, Zalem es una especie de paraíso para súper ricos que no hacen más que vivir vidas placenteras. Ese punto era el que hacía del animé de los años 90 un exquisito misterio: no se sabía lo que había en Zalem, este mundo que está arriba de la Tierra. De hecho, tanto era el misterio, que no se sabía si siquiera había algo. Daba para fantasear: ¿Y si Zalem era un territorio vacío y deshabitado? Pues bien, todo ese misterio es resuelto de manera fría por Robert Rodríguez.

Rodríguez sigue escena a escena la Alita animada, sólo con el fin de quebrarla a la mitad por el Motorball, un deporte realizado por cyborgs que mezcla el roller, el handball y las batallas a muerte de robots. Lo interesante de estos campeonatos de Motorball es que quien gane tiene un pasaje directo a Zalem, tal como esos toros que derrotan al torero y pueden vivir el resto de su vida como sementales. Esto le permite a Rodríguez profundizar en los villanos y sus interesas, en el mundo de Zalem y en el principal malvado de la saga, dejándonos claro que sí hay vida en Zalem y que Alita no es muy distinto de filmes futuristas como El precio del mañana (Andrew Niccol, 2011) o Elysium (Neill Blomkamp, 2013), en los que un ciudadano del mundo pobre demuestra que puede acabar con el mundo de los ricos, pero que no lo hace por un extraño sentido de humanidad. En definitiva, una nueva película con lucha de clases escondida, pero que termina creyendo en la bondad de todos, de explotadores y de explotados.

De esta manera, Alita de Robert Rodríguez produce un filme limpio, no solo de cultura japonesa, sino que de las ideas más subversivas que puede llegar a contener un animé como es Alita. Ideas tan subversivas como que los cyborgs y los humanos son iguales en derechos; como que las mujeres no dependen de la autoridad de un hombre en el año 3000; como que los pobres pueden iniciar una revolución en contra de quienes los explotan; que la desnudez es algo que merece estar en pantalla; o, incluso, que una obra puede no estar del todo terminada. Todos esos elementos desaparecen en la traducción que Hollywood exige de la cultura japonesa.

Nicolás Ried
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