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El monstruo de Viña: Dispuestos a seguir riéndose de la suegra obesa

Por: Pal Tinto, cítrico literario / Publicado: 27.02.2019
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¿Qué se puede esperar de Viña en los días que quedan? Más de lo mismo. Ya vimos una gala de alfombra roja rasca, la descarada manifestación generalizada a favor de la intervención en Venezuela contra Maduro, y hasta la gratuita autoinmolación espeluznante de una humorista fuera de tiesto. Ya sabemos que es un espectáculo provinciano, conservador, arribista, machista.

No había que ser ni el pulpo Paul ni Pedro Engel para adivinar o preveer que sería así. Y me refiero a lo que fue consignado por la inmensa mayoría de la prensa local: que el Festival de Viña es una tribuna más para apoyar el discurso político norteamericano que busca validar la intervención si es necesario militar en Venezuela. Faltaba que se inaugurara nomás para comprobarlo.

“El festival latino más grande del mundo” es un evento internacional que nos muestra cuan tercermundistas somos (folclóricamente provincianos, con un humor burdo y aún machista, una “gala” rasca, una dupla de animadores y hasta un monstruo por público con el que no vas a hablar de feminismo o de sororidad po ubicaté) en un plano derechamente político. Viña nos muestra como nuestro actual presidente: un perrito faldero del macho alfa, un lamebotas de Trump, una estrellita más de la bandera gringa, casi Puerto Rico. Un Espinita del Jápening con Ja.

Cualquier alcalde que pueda, que tenga el presupuesto para hacerlo, puede despilfarrarlo todo organizando un festival como el de Viña, Iquique, La Serena, Olmué, etc. y se asegurará si logra traer a buenos artistas, la reelección. La alcaldesa Reginato demuestra que es un costo pagable el de ser acusada de robo o malversación. Lo dice franca: quiere quedarse en el cargo hasta que se muera. Eso es provincianismo. Alcaldes como el de Puerto Varas que creen que estamos en la época feudal y que pueden abusar impunemente. Presidentes que no les importa hacer el ridículo. Eso es un país subdesarrollado y tercermundista. Y el Festival de Viña nos recuerda eso. Nos refleja.

También es y siempre ha sido una arena política. Un épico como olvidado round protagonizado por los asistentes del certamen del 73 (divididos entre partidarios de Quilapayún y partidarios de Los Huasos Quincheros), nos trae a la memoria algunas de las salidas más vistas y emblemáticas de artistas tan disímiles como Bigote Arrocet cantándole Libre a Pinochet, el Puma Rodríguez diciéndole a la entonces alcaldesa que “hay que escuchar la voz del pueblo”, o hasta al desconocido vocalista gringo de Mister Mr. que leyó en el Festival de 1988 un papelito “solidarizando con los artistas perseguidos o amenazados”, y tuvo que desdecirse inmediatamente después tiritando y pálido de miedo. Bien valdría en esa línea evocar también a una de las reinas del festival más polémicas y políticas, la cantante Marcela Sánchez, representante peruana ese mismo año 88. Su canción No vas a hacerme el amor repetía en el coro varias veces la palabra “no”, y fue coreada por toda la Quinta. La descalificaron por un supuesto plagio, en realidad una ominosa e injustificada censura fruto del temor que tenía el régimen de Pinochet al resultado del plebiscito. El recuento de estos hitos finaliza siempre, cómo no, con Los Prisioneros provocando el escándalo general del Chile de la reconciliación y la democracia, cantándoles las verdades al establishment político que nos prometía la llegada de la alegría mientras el dictador acomodaba sus posaderas en un trono de senador vitalicio.

El anecdotario de la política y el Festival está lleno. Pero siempre han sido los artistas los que han sacado la voz, valiéndose de esa legítima prerrogativa de que gozan. En cambio esta vez el discurso vino directo desde los propios animadores o conductores. Los anfitriones dispararon antes que los invitados. La línea editorial está clara. Hay un contexto que así lo exige. El festival de Viña se transmite internacionalmente, hay contratos con cadenas que no son precisamente ingenuas, imparciales, o a-políticas. Por lo demás, es muy sabido que cada vez que alguien se dice “a-político” es porque en el fondo no quiere reconocer que es de derecha. No hay canal de televisión que hoy no esté alineado contra el régimen de Maduro. Sólo Telesur. Y han logrado, en ese todos contra uno, que algunos terminemos por cansancio simpatizando con el torpe mandatario venezolano.

¿Qué se puede esperar de Viña en los días que quedan? Más de lo mismo. Ya vimos una gala de alfombra roja rasca, la descarada manifestación generalizada a favor de la intervención en Venezuela contra Maduro, y hasta la gratuita autoinmolación espeluznante de una humorista fuera de tiesto. Ya sabemos que es un espectáculo provinciano, conservador, arribista, machista. Viña nos muestra sin desparpajo como rubia que luce sus crenchas teñidas con las raíces negras a la vista. Esa estética. Esa ética. Esa política. Cantantes con poleras y banderas y pancartas que dirán fuera Maduro y democracia para Venezuela. Un Festival que prolonga al Miguel Bosé de hace menos de una semana. No hay entre los artistas invitados un Illapu que pueda decir algo a favor del pueblo mapuche. Imposible esperar que Marco Antonio Solís diga algo en contra de las empresas que están contaminando el litoral.

A los optimistas nos queda esperar que la rubia viñamarina Cami use su condición de local para revertir el lamentable retrato machista del monstruo de Viña. Alzará a las mujeres una vez más, y lo celebraremos. Ojalá vaya más lejos y solidarice con Jani Dueñas. Oye si hasta tuvieron la frescura de raja de invitar a la Ana Tijoux gratis po. A los optimistas nos queda confiar en los humoristas. Difícil. Que se salgan del esquema, que rompan el contrato tácito. Que vayan más lejos que un Felipe Avello que apenas se atrevió a insinuar tímidamente una crítica. Tienen espacio porque en ese terreno, el del humor, Dino Gordillo dejó la vara en el suelo con una rutina que pecó de machista y homofóbica. Y luego el sacrificio de Jani Dueñas exhibió al pueblo viñamarino y al público asistente: ese es Chile. Una gran cantidad de cavernícolas dispuestos a seguir riéndose de la suegra obesa o del gay que sueña que lo violen, con quienes no vas a discutir sobre sororidad o aborto. Ese también es aún hoy, el humor de Viña y de Chile.

Pocos latinoamericanos entienden el humor chileno, estoy seguro. El chileno halla que es para la risa que te suban al escenario para tomarte el pelo e insultarte, como hizo en su rutina Avello con cinco desconocidos del público. Ningún venezolano le ve la gracia a eso. Un venezolano, de haber estado entre esos cinco de Avello, podría perfectamente haberse crispado y con un coñoetumadre! en la boca, haber descendido ofendido y maldiciente del escenario. 

Les comparto una escena de la vida real. Vivo en un edificio al que yo llamo Chilezuela. Creo que soy el único chileno; del conserje a mis vecinos, todos son venezolanos. Es incómoda toda esta situación. Jamás seré un racista o un xenófobo, y tampoco estoy ni cerca de ser comunista. Pero es difícil. Hace un par de días, saliendo del edificio, me crucé con un venezolano que iba entrando con el celular en la mano, hablaba supongo con un paisano suyo, y esto es lo que le oí decir: “no chamo, con las chilenas muero virgen, todo es acoso, pana”. Seguí caminando y al llegar a la esquina, escuché este otro diálogo, y no pude evitar la sospecha de que quizás ambas conversaciones estaban conectadas de alguna manera. Esto es lo que le decía un chileno a su pareja: “no, si estos qliaos venezolanos son todos terrible de machistas po, ¿no hai escuchao cómo le pegan a la mujer y a los cabros chicos?” Seguí caminando y antes de ponerme los audífonos lo único que pensé fue: ah, verdad que los chilenos no po.

Lo cierto es que Chilezuela iba a ser un país, el país en que nos convertiríamos si no ganaba Piñera. Seríamos una versión de la Venezuela chavista. Hoy ese fantasma ya pasó, esa posibilidad se desbarató, sin embargo esto se llenó de venezolanos. Chilezuela se hizo realidad pero con el signo opuesto al que nos habían advertido. Y lo que sucede más allá del Festival, es que afuera de la embajada venezolana se enfrentan partidarios y detractores de Maduro, y la escena de quienes piden paz y democracia para su país, cantándole al resto “comunistas maricones, les mataron la familia por huevones”, habla por sí sola. La derecha se muestra tal como es más allá de fronteras y las banderas. Aunque la mona se vista de seda y aunque Viña se llene de estrellas.

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