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Réquiem por el Cangri: Crónica del funeral más connotao

Por: Richard Sandoval / Publicado: 03.03.2019
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La ceremonia ha terminado, pero nadie se quiere ir. Ni el Dash, silente, abatido. No se quiere ir Malito Maloso, socio de tanta talla. Tampoco se va Chocolate Blanco, Rigeo, Blue Mary. Se abrazan como una familia. A todos les ha costado tanto trabajo grabar una canción, subirse a un escenario, que no quieren abandonar a quien consideran el alma de la escena de los fashion. “Es que así es la vida de los fashion”, dice una niña asediada por el sol. “Este es el flaite del pueblo”, responde con orgullo una señora de unos cincuenta años. Los globos blancos se han soltado al cielo mientras los fuegos artificiales estallan.

El ataúd de Sebastián Antonio Leiva Bravo, el Cangri, desciende lento. El calor es intenso en el corazón del Cementerio Jardín Sacramental de San Bernardo, y no se escucha nada más que sinceros sollozos. “El señor me ayuda a seguir en paz en medio de la tormenta”, canta solitario un pastor evangélico. Centenas de jóvenes con jockey miran al suelo consternados. Les han ordenado guardar sus celulares y han acatado. También hay niños, abuelas, señores de todo Chile que han venido a despedir a un chiquillo de veintiséis años que les sacó tantas sonrisas, en televisión y en la vida real. El descenso ha terminado. Falta poco para las trece horas y el cuerpo de Sebastián ya descansa bajo el suelo. El pastor también ha callado; y lejos de un lamento y nuevos llantos, los cientos de asistentes inician un aplauso ensordecedor. “Ohhh, el Cangri no se vaaaa, no se vaaaa, no se vaaa, el Cangri no se va”. “Cangriiii, Cangri querido, tus amigos jamás te olvidarán”.

Los cánticos dan la impresión de estar siendo entonados en un estadio, y por momentos los asistentes olvidan que están enterrando a una persona en un cementerio. El funeral ha devenido en fiesta, en el final de una fiesta, en el cierre de un concierto, el último concierto del Cangri, el más difícil y quizás el más glorioso, un espectáculo en el que otros cantan por él, en su honor, para evitar su ausencia, para atrapar su rostro moreno, el eco de su voz que se escapa, la proyección de una sonrisa. En un segundo la pena se detiene, y el tumulto hace caso al mensaje de la madre, Leonor, quien con un temple admirable pide que sus amigos rían, porque “su espíritu está aquí, cuando ustedes ríen él está aquí”. Y los cantos cristianos dan paso a su más recordada obra, la que hizo con sus amigos, la que esta tarde se repite una y otra vez, espontáneamente, como un mantra, una oración pagana en bocas ansiosas. Es que “andamos de pana. Todos saben el nivel que andamos no lo tiene ninguno, porque cuando salgo a la calle no los veo ni escucho a ni uno. Porque andamos de pana, muchas cosas bacanas, pregúntale a tu hermana”. Son los últimos minutos del funeral del Cangri, un funeral de pana, como le dijo el mismo Seba a su madre camino al cementerio, cuando ella lo sentía decirle que “mi funeral está terrible connotao”, como comentó la mujer entre risas en medio de una gente que no quiere dejar de cantar, como si al hacerlo le devolvieran al joven la vida.

La ceremonia ha terminado, pero nadie se quiere ir. Ni el Dash, silente, abatido. No se quiere ir Malito Maloso, socio de tanta talla. Tampoco se va Chocolate Blanco, Rigeo, Blue Mary. Se abrazan como una familia. A todos les ha costado tanto trabajo grabar una canción, subirse a un escenario, que no quieren abandonar a quien consideran el alma de la escena de los fashion. “Es que así es la vida de los fashion”, dice una niña asediada por el sol. “Este es el flaite del pueblo”, responde con orgullo una señora de unos cincuenta años. Los globos blancos se han soltado al cielo mientras los fuegos artificiales estallan. “Andamos de pana” da paso a “Nena, ya tú sabes, el destino mi vida cambió”, la canción con que Dash y Cangri se hicieron conocidos en Canal 13, cuando le cantaron a un Chile sorprendido de ver a dos flaites con pantalones clorinda como protagonistas de una historia prime. Cantaron que su orgullo era venir de abajo, de la calle. Y claro que el destino la vida de Cangri cambió. “Soy dueño de la noche, mi vida es al choque. Me caigo, me paro, yo sigo de frente, yo quiero gozar junto a ti”, cantaba el Cangri en ese tema hoy interpretado por sus fans que han viajado desde Viña del Mar y La Serena. Bárbara, del fans club oficial, dice que “al Sebita jamás lo vamos a olvidar, por su sonrisa. El ayudaba a medio mundo, era amigo de todos. El jamás pensó en hacerle daño a nadie, era un amor de persona y desde el 2011 que lo abrazamos, hasta hoy”.

“Me encantaba el Cangri, lo seguí desde que comenzó la serie Perla, y me encantaba su alegría y su amor por su familia y sus amigos, su sonrisa que estaba siempre, a pesar de todo; no podía dejar de venir a despedirlo. Cuesta creer que él ya no está en este mundo. El era del pueblo y por eso es tan querido”, dice Elena Cifuentes, vecina de San Bernardo.“Nosotros tenemos un negocio en La Cisterna y el siempre iba para allá a pasar la caña con un cevichito. Era sencillo, del pueblo, por eso la gente lo quiere”, agrega Pamela Garrido. Pueblo, sonrisa, sencillez, humildad, las palabras que más se repiten en la oración de su recuerdo. Pero para su madre y su familia era mucho más que eso. “De los nueve años que él se creía papá, un marido chico”, insiste Leonor para graficar cómo cuidaba a sus hermanos menores. “Eres mi superhéroe, hermano”, comenta al micrófono Max: “Aunque yo sea un niño, entiendo lo que es el amor, y yo te amo con todo mi corazón”, dice. Nicolás, el hermano que lo encontró en el desierto, cree que “fuiste mucho más que un hermano para mí, fuiste un padre, siempre preocupado, siempre dándome un consejo. Fuiste una persona única. Siempre me dijiste que la familia lo era todo. Desde muy pequeño fuiste un guerrero que le dio la vuelta al destino. Es imposible no recordarte con una sonrisa en tu cara. Dejaste una gran huella. Siempre quisiste que viviéramos todos juntos en una parcela, por eso jamás dejaré solos a tus hijos ni a tu hija que viene. Yo sé que tú sabías que yo iría por ti (a buscarte al desierto). Jamás olvidaré que te pude tener entre mis brazos. Te sobraba el flow hermano. Hasta siempre mi Sebita hermoso”.

Han pasado casi dos horas desde que la carroza con casi doscientos autos de escolta apareció en el cementerio, homenajeada por los pétalos de rosa lanzados al aire por un integrante de la Pérgola Santa María, y comienza la estampida. En el camino Padre Hurtado, los autos en el taco dan la impresión de ser parte de una procesión. Pero aquí no hay culto a ninguna virgen. Aquí todo es mundano, pecaminoso, errático, humano. Lo único que se dedica al cielo son mensajes para que “Cangri, vuela alto”. La única melodía que sale de los parlantes sigue siendo “Andamos de pana”, y lo único sagrado es el flow que Nicolás dijo que a su hermano le sobraba. Aquí nadie comenta sobre una frontera, autos robados y teorías sobre un crimen, drogas y delitos. Aquí nadie hace juicios que corresponden a la Justicia y que no devolverán padre, esposo, hermano e hijo. Aquí todos recuerdan a un hombre que murió de frío y que los hizo felices con chistes inocentes y frases bacanas. Bacanas como este, su funeral, que como su vida, hoy se siente como el más connotao.

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