Por la cresta que me pone de mal humor que me llamen de una compañía telefónica para ofrecerme algún plan o servicio ¡Siempre llaman en el momento menos oportuno, más inesperado, más desagradable! hay momentos en que arruinan tu esperanza, ese momento en que justo estabas esperando que sonara el teléfono -que sueles tener en silencio- para que te avisaran si quedaste o no en una pega; hay momentos en que te estabas comenzando a quedar dormido tras extensas jornadas de trabajo; hay momentos en que tratas de leer las últimas páginas de un documento indispensable, de tu novela favorita, y paf, ahí están, ahí aparecen: hola muy buenas tardes, ¿hablo con don Pedro? ¿Hablo con doña Marcela? “Sí”, respondes sospechando la desagradable etapa que se viene. “Que bueno, le cuento que lo llamo de Movistar, de Claro, de lo que sea, para ofrecerle una cuenta doble, un plan conveniente, algo que usted no se puede perder”.

No, no puede ser, piensas. Se te sube la sangre a la cabeza y debes decidir cómo cortar. A veces, cuando aún no se te colapsa la paciencia, tienes el decoro, la amabilidad de interrumpir el discurso, y hasta esperas que termine su frasesita el operador de turno, para decir “Disculpa, no tengo tiempo, chau”, y cortar; pero hay otras ocasiones en que lisa y llanamente se cuelga, con un disgusto en el rostro, con la inspiración ya cortada de lo que estabas haciendo, con una paz fracturada por un maldito número que procedes a bloquear, a marcar como insufrible spam del siglo veintiuno.

Loco, cómo le hago entender a una empresa que su producto no me interesa, que me está molestando, invadiendo, que yo no elijo conversar con su oferta. Cómo les hacemos entender que no queremos volver a recibir llamadas; por que lo hacemos, le decimos, señora le pido que su empresa no me llame más, pero sigue pasando, a veces a las horas más insospechadas, despertando siestas que se cuidan como tesoro, momento familiares que no se volverán a repetir. Sin dudas, los llamados publicitarios, invasivos y repetitivos de las compañías telefónicas, son un abuso más de la voracidad de empresas que nos tratan como el simple objetivo de su lucro, sin cuidados ni respetos por el curso voluntario de nuestras vidas.

Y es tan normalizada que tenemos la rutina de aguantar los llamados de marcas que no nos pagan ni uno por su publicidad gratuita, que hasta aprendemos a convivir, adivinando si el número que está entrando es o no un spam. Ya en el primer trimestre del año pasado, el Sernac había recibido 23 mil denuncias por publicidades telefónicas invasivas de todo tipo. Ya en septiembre de 2018 la Corte de Apelaciones de Santiago ordenó al Banco Falabella terminar con el “acoso telefónico” que denunció un cliente, tras recibir sistemáticamente nueve contactos diarios exigiendo el pago de una deuda morosa. “Ilegal y arbitrario” dijo la Justicia que era el comportamiento del banco ¡Imaginen lo ilegal y arbitrario que es el llamado de empresas con las que jamás hemos tenido alguna relación, contrato o vínculo! pero ahí está, lo aceptamos.

Y pensar que las molestias que sufrimos son sólo la parte visible del brutal negocio que esconden los call centers, industria que esclaviza a sus trabajadores, que hasta la aprobación –este año- de una ley especial no dejaba ir al baño sin descuento de sueldo, podía negar el derecho a colación y dejar al arbitrio de los empleadores el salario que a fin de mes se iba a recibir. Una industria que mueve millones y millones, que maltrata a trabajadores; una industria que invade enfermizamente la vida de millones de personas, de manera deliberada e ilegal, como muestra suprema de una forma de vida de apariencia moderna y tecnológica, pero amarrada al poder seductor y atrapante de los que más dinero tienen, de los empresarios que no sé de dónde sacan nuestros números para hacernos pasar las más pequeñas y más grandes rabias. Ya no soporto que me llamen compañías telefónicas para ofrecerme sus productos.


Director Noesnalaferia