El día que la escritora francesa Laurence Debray le hacía publicidad a su primer libro, una biografía del Rey Juan Carlos de España, un periodista le preguntó si era cierto que su padre, en plena guerrilla en la selva boliviana, había sido el traidor que entregó al Che Guevara y lo llevó a la muerte. Si bien de niña alguna vez había escuchado de la penosa e injusta permanencia en una cárcel sudamericana que sufrió su padre, y del interminable derrotero que con tal de sacarlo vivió su madre, poco sabía de los detalles eventualmente deshonrosos que enmarcaban la historia. La ambigüedad en el relato que escuchó le confirmaba que algo escondían. Pero lo que ella presumía un rumor o una mentira maliciosa, según Wikipedia era cierto. Esto la motivó a escribir Hija de revolucionarios (Ed. Anagrama, 2018), novela autobiográfica en la que realiza una investigación sobre quiénes eran y cómo se conocieron sus padres, y sobre cómo la criaron y la hicieron llegar a ser quién es.

A primera vista el texto parece dialogar con lo que a esta altura podría considerarse un subgénero literario: el de los conversos. Aquel testimonio en primera persona, que confiesa un error imperdonable, pero que luego se redime y se transforma. Pues la autora, consciente de su propia genealogía, parece obstinada en querer convencernos de lo terrible que es dejarse dominar por los arrebatos propios a esa locura de juventud que llaman compromiso político, y por ende, proclama absoluto convencimiento de los estragos que provoca cualquier tipo de ideología, especialmente las de izquierda, esas mismas por las que sus padres lucharon durante tanto tiempo, y que ahora narra ya no con nostalgia sino con cierto desdén y compasiva lástima. Porque ella es una mujer diferente. Se sabe orgullosa, desapasionada, resuelta, liberal, periodista de ética irreprochable y perfectamente adaptada al nuevo orden mundial. Y aunque dice no tener una gran vida que contar, y ser todo menos testigo, especialista, o juez de esta historia, termina siendo eso y mucho más. La niña que soñaba con una triste y convencional vida de clase media, tan vulgar como despolitizada, pero que terminó viviendo algo parecido a un infierno. Tal era su fastidio que incluso a los diez años decidió bautizarse, con el chileno Roberto Matta como padrino, en un claro gesto de rebelión contra la voluntad de su padre.

Elizabeth Burgos, antropóloga venezolana, ya de joven se había entregado a la aventura de conocer Europa, aprender idiomas y saber más de las militancias de izquierda que tanto le atraían. En eso conoció a Règis Debray, un joven francés que habría de convertirse en uno de los intelectuales más importantes del siglo XX. La autora entiende a su madre, redime su paciencia, su sometimiento, e incluso la justifica debido a su doble labor en el hogar. Con su padre, en cambio, es estricta y severa. Lo denosta con sutileza pero sin titubeos. Règis, cuya principal droga de juventud había sido la estricta ética miliciana marxista, también había leído manuales que hablaban de las miserias del tercer mundo, en las que aprendió de memoria que Francia, uno de los principales responsables de todo, solo debía apoyar en su reparación o borrarse del mapa. Transformó así su cargo de conciencia en rígida militancia revolucionaria, cuya destreza con el fusil lo hizo ponerse al servicio de las guerrillas de liberación en América Latina, pero según Laurence, sin jamás poner en peligro sus privilegios, ya que cuando estaba en problemas, recurría a sus padres, cuyos amigos diplomáticos lo ayudaban a salir del paso. De esta forma, fue la mano derecha de Fidel, amigo personal del Che, comió en la casa de Neruda, entrevistó a Allende (quien de un burgués fanático de la social-democracia, pasó a considerar como un dignísimo líder del socialismo internacional), y ya en el otoño de la vida, cuando se exigió a sí mismo algo de moderación, llegó a trabajar para Mitterrand.

Hija de revolucionarios es una novela atractiva, contradictoria, indudablemente bien escrita mal que le pese, la autora es también hija de escritores—, y llena de anécdotas para subrayar. Sobre todo destaca su memoria de niña, perspectiva que desarma el heroico relato, siempre adulto y masculino, sobre el que se funda toda una época de utopías. En este contexto, ciertamente, nadie quiere ser la hija de un traidor. Sin embargo ese, el que se presenta como el principal enigma del libro se descarta rápidamentela autora lo resuelve sin mucho problema antes de la mitad de su relato y en su lugar pone en escena una historia familiar, que a ratos más parece una venganza o un ajuste de cuentas. Y no solo por su tono de constante juicio moral, sino por cierta mezcla entre desencanto y ensañamiento con la que narra la vida de sus padres. Sí, podría decirse que los odia. O quizás los ama demasiado. Lo cierto es que la autora incluso termina confesando haberse casado con un hombre, en algún punto, parecido a su propio padre. Brutal y hermosa paradoja: cuando obcecadamente intentamos escapar de algo, por omisión y en su reverso, no llegamos sino que al mismo lugar, y por eso a pesar de que la autora tome distancia de su origen, a pesar de que busque ser totalmente distinta, a pesar de maldecir su propio linaje, termina resultándole imposible matar al padre.

Hija de revolucionarios

Laurence Debray

Ed. Anagrama, 2018

286 Páginas

Precio Referencial: $19.000

 


Tomás Henríquez, escritor

Periodista