Opinión

Precarización laboral a domicilio

Por: Pedro Hepp Castillo / Publicado: 18.04.2019
Es verdad que estas aplicaciones han sido una fuente importante de ingresos para muchas personas. Sin embargo la precarización laboral ligada al trabajo con estas aplicaciones es algo que se ha ido escuchando cada vez más en los medios. Es que al no existir una línea clara de dependencia laboral, queda prácticamente todo en manos del trabajador: El lugar de espera de los pedidos, la previsión social o la existencia de seguros en casos de accidentes.

El uso de las aplicaciones móviles para hacer todo tipo de pedidos ha ido en aumento en todo el mundo, así como también en Chile. Existen aplicaciones para hacer las compras del supermercado, arrendar casas, pedir comida a domicilio ¡o incluso lavar y planchar nuestra ropa! Estas apps en pocas palabras buscan (a través de plataformas digitales) conectar a una persona con un requerimiento, con otra persona que esté dispuesta a cumplirlo. Esto ha provocado que, a medida que aumentan los usuarios de las aplicaciones, se genere mucho trabajo para los que están dispuestos a satisfacer los requerimientos de éstos.

Todo bien hasta ahí ¿no? Por ejemplo, en Chile se han generado 108.500 puestos de trabajo ligados a estas aplicaciones de reparto a domicilio y hoy resulta prácticamente imposible ver una calle de Santiago sin un repartidor de las grandes aplicaciones, donde cerca del 27% declara que es su trabajo principal.

Es verdad que estas aplicaciones han sido una fuente importante de ingresos para muchas personas. Sin embargo la precarización laboral ligada al trabajo con estas aplicaciones es algo que se ha ido escuchando cada vez más en los medios. Es que al no existir una línea clara de dependencia laboral, queda prácticamente todo en manos del trabajador: El lugar de espera de los pedidos, la previsión social o la existencia de seguros en casos de accidentes.

Esto ha llamado la atención de algunas autoridades y por ejemplo en Buenos Aires se prohibió el funcionamiento de las aplicaciones de reparto (hasta que prueben el cumplimiento de algunas normas de tránsito). En Chile, la regulación está a la vuelta de la esquina (por ejemplo con el proyecto “Mi jefe es una app”). Esto podría cambiar mucho el panorama para las aplicaciones, que podrían disminuir la cantidad de trabajadores por existir menos incentivos monetarios, o bien aumentar si mejoran las condiciones laborales, manteniendo incentivos (en el fondo, depende de quién asume finalmente el costo de las condiciones laborales; el dueño o el trabajador)

Pero la regulación no es la única vía. En mi opinión, esta falla tiene el mismo origen que el problema que acarrea la 4ª revolución industrial (en la que muchos puestos de trabajo serán reemplazados por robots), y es que la tecnología está al servicio de quien posea el capital de trabajo (en este caso la plataforma que posibilita el encuentro cliente-servicio-trabajador) y no del trabajador. ¿Pero qué pasaría si el capital lo poseen los trabajadores? ¿Y por lo tanto, la tecnología funciona en beneficio de ellos?

¡Y ya está comenzando a suceder! La cultura asociativa de otros países, sumada a que las barreras para crear una app son cada vez menores, generó que los repartidores/trabajadores se cansaran de esta figura y vieran la estructura cooperativa como una oportunidad para prestar un servicio que mantenga la calidad y precio de las aplicaciones tradicionales pero con un modelo de negocios, que busca ser una fuente de trabajo formal con condiciones laborales básicas, donde además la parte monetaria que le pertenecía al dueño de la app es ahora para los trabajadores. Es así como han comenzado a nacer experiencias como Tuenco en Argentina o Mensakas en España,  donde en este último caso han logrado reunir cerca de 80.000 Euros (60 millones de pesos aproximadamente) en poco tiempo para ponerse en marcha.

Sin bien Chile no tiene una gran tradición asociativa, ha propiciado un ambiente interesante para que emprendedores desarrollen negocios disruptivos, lo que genera dudas si estarán las condiciones para que se desarrolle una de estas iniciativas en Chile. El mayor desafío a mi parecer, es que un negocio asociativo no se puede forzar, sino que debe nacer de la propia iniciativa de quienes la conformen, teniendo como base el compartir valores cooperativos. Pero ¿cómo dar el primer paso? partiría por hablar de este tema tanto como usuario a la hora de hacer un pedido, como también como repartidor, cuestionarse qué y cómo y a quién compramos, y así quizás más pronto que tarde tengamos la primera aplicación cooperativa de Chile.

Pedro Hepp Castillo
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