Un garage de autos inventado en la década del 50 por un refugiado de la guerra civil española terminó convirtiéndose en la guarida de dos de sus hijos, Rosa y Jordi Lloret, y de toda una generación. Allí en medio de bailoteos, muestras de arte, música, pimpón, se combatió el miedo con arte, lo que le cambió la vida a varios que pisaron el galpón con uniforme escolar, abrió los ojos de otros tantos y fue un caldo de cultivo de cultura under y música punk que sigue vigente hasta ahora. Antes habían sido matucaneros el padre de Jordi Lloret, Daniel, su madre y su tío. Vivieron en el galpón cuando aún era garage. Con el tiempo se arrendó y terminó deviniendo en un bazar tipo persa, con un café con piernas y una especie de prostíbulo al interior. En el libro Lloret relata cómo su padre le encargó ubicar al arrendatario y recuperarlo para poder ganarse unos pesos. Así abrió la reja metálica y pobló el patio de cemento con mesas de pimpón. En medio del peloteo oían, tal vez por primera vez, música de Sumo o de Nina Hagen, se tomaba cerveza, y fueron apareciendo los pintores. El espacio era grande,  llegaron las bandas y los estudiantes: “Flaquito, por qué no me arriendan para hacer una fiesta”, rememora Lloret que preguntaban los estudiantes de la Universidad Técnica. Aparecieron los Compañeros de viaje, banda de Tito Escárate, buscando sala de ensayo, tuvieron que arreglar ellos mismos lo que había sido un café con piernas. Hacían canje, tocaban en las fiestas gratis a cambio de ensayar ahí.

Jordi Lloret, agitador cultural de las noches matucaneras

Lloret traía de Barcelona el gusto por los fanzines, había sido contemporáneo de la publicación Berthe Trépat de Bruno Montané y de un joven Bolaño que llegaría a ser leyenda, tal como el Garage Internacional. El espíritu parece ser similar al de los dadaístas y los situacionistas, en el espanto que se vivía en Chile. Sudacas más turbio, Comicsaurio, Él me mintió, fueron algunos de los fanzines que inventó Lloret, hasta desembocar en la revista MatucanaLos autores del libro, los matucaneros Lloret y Alfonso Godoy, más el documentalista Rodrigo Araya, hicieron también un fanzine para celebrar el nacimiento de este libro. “Es una memoria poco llorosa ni nostálgica; nadie tiene ganas de volver a esa época en que salías a la calle y te degollaban en la esquina. Es un trabajo de autoafirmación cultural que se hizo y que iba a la par con la resistencia a la dictadura”, dice Jordi. “Mucho mejor un baile que una marcha, un disfraz que un uniforme”, resume el espíritu que se puede beber sorbo a sorbo en un libro que va hilando la memoria entremezclada con cómics y recuerdos de época, fotos y flyers que se hacían a mano. Tocaban los Upa, Nadie, Viena, Pequeño Vicio, Fiskales Ad-Hok, Emociones Clandestinas y Electrodomésticos, entre muchas otras bandas que dieron sus primeros pasos en el Garage.

Antes de ser libro Lloret atesoraba estos recuerdos en una caja de zapatos. Hasta el galpón llegaban los voladitos del barrio, vecinos, estudiantes, actores (una de las fotos muestra a un jovencísimo Juan Carlos Zagal en una performance), rockeros y punks, y hasta Superman. Qué vuele, le gritaban los volados. Christopher Reeve había llegado en 1987 para solidarizar con 77 actores chilenos amenazados de muerte. El  evento sería en el Estadio Nataniel, pero a última hora no lo autorizaron, dejando a más de mil personas afuera. Entonces se formó una especie de marcha. “Vamos al Garage Matucana”, dijo alguien, y partieron. Así como a tantos otros, el viejo galpón los cobijó.

“Transfusión”, primera obra del Teatro del Silencio, hecha a puro pulso

El espacio era amplio, podían ensayar bandas, o albergar a 500 o mil personas en una fiesta o concierto. “Había una creatividad bastante interdisciplinaria –resume Jordi–, ahí nació el Teatro del Silencio, se hicieron bienales de música punk”. Mauricio Celedón hizo su primera obra Transfusión con carretones de La Vega en la calle. Además de quienes pululaban, se instala gente a vivir y a crear en el segundo piso. En el barrio los llamaban los jipis. La fiesta de fin de siglo con música, poesía y baile, o el encuentro de las 3 mil mujeres que duró tres días, son algunos de los eventos inolvidables que tuvieron lugar ahí.

Foto de Rodrigo Araya T.

Rodrigo Araya, documentalista y editor del libro, era un cabro chico cuando el Garage estaba en su apogeo. El gusto por el cómic lo llevó a la revista Matucana. Había conocido a Lloret el 2009 haciendo un libro y documental sobre la revista Trauko, su primera experiencia como editor de un libro. “De forma natural se dio la intención de hacer un libro que homenajeara tanto al galpón como a la revista Matucana. Paralela y anteriormente Jordi junto a Alfonso Godoy tenían la intención de revivir la revista. Sobre la distancia generacional con mis compañeros, debo decir que al igual que mis héroes de Trauko, yo en mi adolescencia me nutrí culturalmente de ellos. La revista Matucana fue una fuente de influencias importantes, y no está de más reconocer el honor y aprendizaje que me ha significado hacer este libro. Fueron expresiones honestas, ajenas al establishment  que imponía la dictadura y eso es valentía y arrojo. Para mí ese ejemplo vale oro, y me imagino que para mucha gente también como para las generaciones venideras”, resume Rodrigo.

Instalación “El faraón tiene cara de nuevo” de Víctor Hugo Codoceo. Fotos: Jorge Brantmayer.

El libro se presenta hoy 23 de abril en el Cine Arte Alameda. Presentan Roser Fort, Rita Ferrer, Silvio Paredes, Arturo Miranda y Enzo Blondel.