Probablemente la teleserie Pacto de Sangre será recordada en algún tiempo más por terminar con la idea de que el rating es la única medida para evaluar el éxito de un producto televisivo, pero también pasará a la historia por presentar niveles inéditos de crueldad y sadismo en la pantalla chica.

Ya habíamos visto a personajes violentos (El señor de la querencia), psicópatas (Alguien te mira) e incluso abusadores de niños (El laberinto de Alicia), pero nada comparado con el explícito goce que muestra Benjamín Vial (Álvaro Espinoza) al torturar a sus víctimas. Sin ir más lejos, esta semana el personaje, literalmente, pateó en el suelo a un adulto mayor que gemía de dolor mientras seguía conectado a un tanque de oxígeno. Poco tiempo antes había dejado desangrarse a una mujer embarazada, sin contar el descuartizamiento de la escolar que da inicio a la historia.

Pacto de Sangre construye su intriga de una forma que Alfred Hitchcock, el maestro del suspenso, aplaudiría. Aquí la audiencia siempre tiene más información que los personajes, por lo tanto, los espectadores sufren y se desesperan con el torpe y equívoco actuar del grupo de amigos. No obstante, lo que realmente atrapa e impacta es lo excesivo y shockeante del desarrollo de la trama.

En tiempos donde los femicidios son un problema de Estado, presentar la historia de cuatro hombres que matan accidentalmente a una mujer, pero que luego la descuartizan y reparten sus partes por todo Santiago, ya es bastante políticamente incorrecto. Pero, además la producción “juega” constantemente con ese elemento. Hace poco la desesperada madre, interpretada por una insuperable Tamara Acosta, encuentra en la casa de los asesinos una misteriosa caja en una heladera. Una de las cómplices del crimen, Trinidad (Ignacia Baeza), la observa atónita, mientras la mujer sostiene, sin saberlo, la cabeza de su hija, la pieza faltante del mutilado cuerpo de la joven.

A nivel internacional, el mayor referente en este juego de morbo con el espectador es Dexter, una serie sobre un psicópata que disfrutaba hacer sufrir a otros criminales. Como público estábamos con el protagonista, porque su horroroso actuar permitía cierta ambigüedad moral al tratarse de secuestradores, violadores o abusadores de niños. Otro caso, mucho menos logrado, es el de la serie 24 donde Jack Bauer (Kiefer Sutherland) en algunas temporadas realiza largas sesiones de tortura a terroristas. Este tipo de escenas hizo que la serie recibiera muchas críticas, al validar en cierta forma la tesis del gobierno norteamericano de que en algunos casos estas acciones pueden ser una técnica aceptable.

En Pacto de Sangre, no obstante, los que sufren la crueldad del despiadado cirujano son los más confundidos y débiles: menores de edad pobres que se prostituyen, adultos mayores postrados o mujeres en la situación más vulnerable posible (a punto de parir, por ejemplo). Es llamativo, en este sentido, que el único personaje poderoso que ha muerto hasta ahora, el General, interpretado por Cristian Campos, no sea asesinado por Benjamín, sino por una joven prostituta que trata de salvarlo. Ella, tras ayudarlo, desaparece, convirtiéndose muy probablemente en otra de sus víctimas.

A pocos días del final de la teleserie, y aún con el destino de Feliciano (Álvaro Gómez) pendiente, (todo parece indicar que el inepto policía logrará salvarse), en redes sociales circula la idea de que la última “gran muerte” de la historia será la de Clarita, la pequeña hija de siete años del villano de la historia. Pese a que aún no ha ocurrido, después de todo lo que se ha mostrado, no sería de extrañar que el daño hecho por Benjamín se canalizará en otro personaje inocente. Un nuevo y doloroso golpe que la serie, en su ansia de impresionar, asestaría. Sin duda, sería, la guinda de la torta en una producción dramática que logró mover para siempre el límite del sadismo y la maldad que habíamos visto en la pantalla nacional.


Periodista