Antonia era muy pequeña cuando le detectaron ovario poliquístico. Tenía periodos menstruales cada seis meses, luego los tenía de dos meses seguidos, y así sucesivamente. En mayo de 2018, con 21 años, estuvo 85 días sin menstruar. Pero esta vez se sentía distinta.

-¿Te ha pasado que te levantas rápido de la cama, te mareas y sientes una sensación de vaivén? Era eso, pero localizado en el vientre. No sé cómo explicarlo, pero ahí me hizo sentido cuando las mujeres dicen que la maternidad se siente- cuenta Antonia.

Decidió realizarse una prueba de embarazo. Salió positivo. Quedó en shock, y no conformándose con el resultado, decidió comprar dos más de marcas distintas. Nuevamente salió positivo. No podía realizarse un examen de sangre ya que iba a quedar registrado en el sistema. “Era un lujo que no me podía dar”, dice. Confió en las pruebas que compró en la farmacia. Tenía 35 días de gestación.

Lloró toda la noche. No podía entender cómo había quedado embarazada. Junto a su pareja siempre utilizan condón al tener relaciones sexuales: “Sabemos que la paternidad tiene que ser algo consciente, traer un hijo al mundo si no se tiene las condiciones económicas y un entorno seguro para mantenerlo es irresponsable, por eso siempre tenemos mucho cuidado”.

Antonia no toma pastillas anticonceptivas porque no está de acuerdo en los efectos que estas producen en su cuerpo, por lo que busca otros métodos de cuidado junto a su pareja. Sin embargo, estos fallaron. “Soy parte del 0,1% de la población que no le funcionó el condón”, explica.

Al otro día de haberse realizado las pruebas de embarazo, aún no sabía qué hacer.

-Me sentía muy sola. Sabía que en mi casa no contaba con nadie, y tampoco sabía cómo contárselo a mi pareja. Era un tema que habíamos conversado de forma hipotética, y siempre me dijo que me iba a apoyar en la decisión que yo tomara, pero no es lo mismo saber que tienes el apoyo, que estar ahí y tener que afrontar la situación.

Decidió no contar. Pidió ayuda a Javiera, una amiga suya, que es madre y que ya había ayudado a otras mujeres en la misma situación. Antonia estaba tan afectada que llegó a tener fiebre por la angustia que le generó su embarazo no deseado. Habló por un grupo de whatsapp feminista de su barrio y preguntó qué podía hacer.

Frente al miedo del rechazo, se hizo pasar por una amiga. Dijo que ella estaba embarazada y que necesitaba ayuda. Las mujeres del grupo fueron un gran apoyo. Una de ellas, quien trabaja en una organización que por seguridad no dio el nombre, le regaló las pastillas de misotrol necesarias para realizarse un aborto.

-Ese fue un alivio gigante porque no tenía la plata para comprarlas. ¿De dónde iba a sacar 120 mil pesos? No podía. Apenas estaba pagando la mensualidad de la universidad.

Se juntaron en el metro. Al entregarle las pastillas, le preguntó si tenía a alguien que la acompañara en el proceso. Antonia sí tenía a alguien: Javiera, la amiga que la había ayudado inicialmente. “Te estaré contactando por cualquier cosa”, le dijo cuando se despidieron.

En Chile, hasta el año 1989, el artículo 119 de la ley 18.826 del Código Sanitario decía: “se podrá interrumpir el embarazo por causas de salud de la mujer, para lo cual basta la firma de dos médicos cirujanos”. Ese artículo, por obra de la Junta Militar de Gobierno, se eliminó y fue reemplazado por “no podrá ejecutarse ninguna acción cuya finalidad sea provocar el aborto”. Esta nueva legislación no tenía excepciones, hasta el año 2017.

En septiembre del 2017 Chile dejó de estar en la lista de 6 países y estados que penalizan el aborto en todas sus formas: El Salvador, Nicaragua, República Dominicana, Malta y El Vaticano.

Así, se promulgó la ley 21.030, que despenalizaba el aborto en tres causales: riesgo de vida de la madre, inviabilidad fetal y violación, pudiendo interrumpir el embarazo en instituciones públicas y privadas que no presentaran objeción de conciencia.

La objeción de conciencia se demuestra en tres formas: desde las instituciones, en donde el establecimiento debe contar con al menos un equipo de salud disponible para la interrupción del embarazo, y si no lo posee, está en la obligación de derivar al paciente a otra institución; como paciente, que significa que la mujer que decida interrumpir su embarazo bajo estas 3 causales debe ser informada de quiénes dentro del equipo han manifestado su objeción; y de las instituciones con el objetor, en donde no deben discriminar, exigir, imponer consecuencias ni generar incentivos a quienes hayan declarado su condición de objetor.

Según datos del Ministerio de Salud, dentro de su reporte mensual de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), hasta noviembre del 2018 se presentaron 670 casos desde que se promulgó la ley que despenaliza el aborto en tres causales.

FOTO: AGENCIA UNO

El 44% de estos casos (293), corresponden a la interrupción del embarazo por riesgo de vida de la madre, otros 272 casos (41%) por inviabilidad del feto en el vientre, y el 16% restante (105 casos) por violación.

Así, dentro de los casos donde corría riesgo la vida de la madre, 267 mujeres sí decidieron interrumpir el embarazo (91%), mientras que 26 no (9%). Bajo la causal de inviabilidad fetal, el 81% si interrumpió el embarazo (219 mujeres) y 19% decidió que no (53 mujeres). Por último, en caso de violación, 96 mujeres interrumpieron el embarazo (91%) y 9 decidieron que no (9%).

El embarazo de Antonia ocurrió después de 9 meses de promulgada esta ley, pero su caso no cabía dentro de estas 3 causales. En mayo de 2018, en las mismas fechas del embarazo de Antonia, la situación hubiera sido distinta en otros países.

Por ejemplo, en Cuba Antonia podría haber abortado sin problemas hasta la semana 12 de embarazo. Esto, porque el aborto es legal desde 1965, bajo cualquier circunstancia dentro del plazo establecido a través de regulación menstrual, legrado o aborto farmacológico. Las menores de 18 años deben ir acompañadas por sus padres obligatoriamente.

En Argentina, el aborto es legal cuando hay caso de violación o cuando corre riesgo la salud física o mental de la madre. Sin embargo, la discusión sobre el aborto libre sí se da. Luego de una discusión de meses, en junio del 2018 la Cámara de Diputados aceptó el proyecto de aborto libre hasta la semana 14 de embarazo. Pero dos meses después fue rechazado por el Senado, dejando la discusión fuera del Congreso durante un año, donde pasado ese tiempo puede volver a debatirse. En este caso, Antonia pasaría a ser una de las 450.000 mujeres que abortan clandestinamente en el país vecino en un año, según Amnistía Internacional.

No obstante, el aborto libre en Chile no es legal. El 21 de agosto del 2018, un grupo de parlamentarias de la oposición al gobierno presentó un proyecto de ley que despenaliza el aborto más allá de las 3 causales hasta la semana 14 de embarazo, elaborado por la Corporación Humanas y la Mesa de Acción por el Aborto. Pero aún no hay fecha de discusión en el Congreso.

La universidad en la que Antonia estudia estaba en toma feminista mientras ella vivía este proceso. A su familia y pareja les dijo que se iba a quedar a dormir en la universidad, pero fue a Calera de Tango, a la casa de Javiera. “Necesitaba tener el espacio fuera de mi casa para abortar y poder estar tranquila”, dice.

Llegó a la casa de Javiera alrededor de las 9 de la noche y estuvieron hasta pasado la medianoche mirándose las caras, con las pastillas de Misotrol encima de la cama.

-Lo dudé hasta el último momento, pero no por el conflicto con mi familia o por traerlo o no al mundo, sino porque tenía miedo del proceso y lo que me fuera a pasar. No tenía idea de cómo funcionaba.

Karla Reyes, química farmacéutica de la Universidad de Chile, explica que el Misotrol es el nombre del medicamento que tiene como compuesto activo al misoprostol. Este medicamento se creó para el tratamiento de las úlceras que producen el uso abusivo de antiinflamatorios en el estómago, sin embargo, en altas dosis puede producir un aborto.

El misoprostol, cuando es utilizado para abortar, actúa como la hormona oxitocina en el cuerpo: “Causa que los músculos abdominales, y el útero propiamente tal, se contraiga de la misma forma, o muy similar, a lo que actuaría en un parto normal, generando la contracción de la pelvis y expulsando al embrión o al feto”, dice Reyes.

También explica que un parto nunca está libre de riesgos ya que una mujer puede llegar a morir por una hemorragia: “al utilizar el misoprostol, éste produce una dilatación de los vasos sanguíneos muy alta, por lo que, si en un parto normal hay un riesgo de hemorragia, en el uso de misoprostol con la vasodilatación producida, existe un peligro mayor de pérdida de sangre”. Debido a esto, no es un medicamento de venta libre, pues considerado de alto riesgo, y sólo tiene uso intrahospitalario.

Dentro de un hospital, el misoprostol se utiliza bajo control legal, es decir, sólo ciertos especialistas tenían la autorización para manejarlo y con indicaciones definidas: cuando el feto se encuentra muerto dentro del vientre de la madre y no se puede realizar una cesárea.

A la 1 de la mañana decidieron comenzar. Buscaron en internet el procedimiento, y decidieron ocupar el Misotrol en forma intravaginal ya que, según lo que leyeron, así se tiene más probabilidad de que el aborto se produzca con éxito.

Según el Manual de Aborto con Pastillas de Línea Aborto Chile, el cual se encuentra en internet, se deben consumir 800 miligramos de misoprostol hasta máximo la semana 12 de embarazo. Así, y según también el Informe de Aborto Seguro del año 2012 de la Organización Mundial de la Salud, se alcanza una efectividad entre el 75 y el 90%.

Antonia estaba con el corazón acelerado, tiritaba, no sabía qué esperar: “Pasó una hora y yo me sentía igual”, dice. “Me empecé a angustiar, a imaginar toda mi vida con guata de embarazada. Me puse a llorar, y ahí me vino la primera contracción”.

Eran cerca de las 2 de la mañana y a Antonia se le apretó el útero y se paralizó. “Es como cuando te da un lumbago y no te puedes mover”, recuerda. La sensación de sentir el cuerpo completo contracturado le provocó más angustia.

-Sentía que en cualquier momento iba a dejar de respirar por el miedo de que no sabía si estaba bien, si estaba mal, si me iba a morir o no.

Antonia no podía moverse. Lloraba en la cama de su amiga, asustada. Luego de introducirse las pastillas no sabía lo que venía, pero nunca pensó que sería así. Los dolores eran tan fuertes que su cuerpo tiritaba. Javiera la tranquilizaba con un guatero en su vientre y con té mientras le hacía cariño. “Es una sensación que no voy a olvidar nunca”, dice.

El momento más crítico fue cuando comenzó el sangrado. Fue parecido a una menstruación normal, pero con dolores insoportables: “me asusté porque no sabía si iba de a poco y de repente me iba a desangrar, me puse a pensar que iba a tener que comprarle sábanas nuevas a mi amiga”. También pensó que quizás el Misotrol no había hecho efecto. Sólo tenían como guía testimonios anónimos que encontraron en internet, y todos decían cosas distintas. Las contracciones duraron toda la noche; el sangrado igual.

Javiera ya había ayudado a otra amiga a abortar. Antonia agradeció que estuviera, ya que “nunca sabes cómo será el proceso porque el cuerpo de cada mujer reacciona distinto. Cuando tú te enfermas sabes lo que va a pasar, sabes si vomitarás, si tendrás fiebre. En esto, no”.

Según la Organización Mundial de la Salud, el aborto con medicación (Misotrol) y otros fármacos (como la mifepristona, que impide que se desarrollen las funciones de la progesterona en el cuerpo), tiene una eficacia de hasta 98%, además de tener baja tasa de efectos secundarios. Cuando estos efectos son fiebre, náuseas, vómitos y diarrea, y ocurren durante la primera dosis de misoprostol, son considerados normales.

Vanessa Pérez, consejera de mujeres en situación de aborto de la Asociación Chilena de Protección de la Familia (Aprofa), explica que el principal riesgo al abortar con pastillas, sin presencia médica durante el proceso, es la falta de información. “Esto repercute directamente en la salud mental de la mujer, por lo que siempre es necesaria una consejería pre y post aborto para realizar un seguimiento”, dice.

Siempre, agrega, es necesario tener contacto con algún experto o experta que pueda identificar signos de alarma durante el proceso y acudir en caso de emergencia. Esto signos se presentan como reacciones alérgicas, fiebre por más de 24 horas y sangrado abundante, el cual se traduce en más de 2 toallitas higiénicas en una hora.

Otro de los riesgos que menciona corresponde a, debido a la ilegalidad del aborto libre en Chile, un profesional no puede entregar información acerca de la compra de pastillas. Lo peligroso de esto, menciona Pérez, es que en el mercado negro se ofrecen dosis inexactas de la pastilla, porciones que consisten 12 misotroles, 6 mifepristonas, 2 antibióticos y 2 tramadoles. Esta dosis pone en riesgo la integridad de la mujer, ya que excede en 6 pastillas la dosis entregada por la OMS (12 pastillas de misoprostol o 6 de misoprostol y mifepristona).

Pérez enfatiza en la consejería que debe recibir una mujer al realizarse un aborto: “la consejería post aborto ayuda a que la mujer elija el método anticonceptivo que le acomode, educándola acerca de los métodos que existen y los pros y contras de cada uno”. También agrega que “el apoyo de la pareja, familia y sus redes de contención ayudan a la recuperación y a la pesquisa de situaciones sociales complicadas, económicas y familiares”.

Al otro día, Antonia volvió a su casa a las 3 de la tarde. Estuvo bajo la ducha más de una hora, y durmió todo el resto del día: “me sentía pésimo, tenía el vientre aún apretado y pesado. Tenía miedo de que no hubiera funcionado, de haberme intoxicado por las puras”. Estuvo así una semana.

Luego de esos días, Antonia despertó a las 4 de la mañana por un dolor insoportable. Su cama estaba manchada con sangre. No sabía lo que pasaba, si es que era parte del proceso o algo había salido mal. Llamó a Javiera y estuvieron horas hablando por teléfono. Al día siguiente, visitó al ginecólogo de Javiera por miedo a que pasara algo peor.

En un centro de salud de la zona norte de Santiago, a Antonia le dijeron que había tenido una pérdida. Se hizo la desentendida. El ginecólogo le dijo que dada su condición de ovario poliquístico era muy probable que sus embarazos fueran de alto riesgo. Sin embargo, le preguntó si había abortado. Antonia, llorando, le dijo que no. El médico no hizo más preguntas, y le agendó una hora para un raspado uterino, un procedimiento quirúrgico que consiste en extraer los restos del endometrio, en este caso, luego de un aborto.

A los dos días de esa consulta, Antonia volvió para el procedimiento. El trato de los médicos y enfermeros fue extraño: “Es como cuando alguien te trata bien, pero sabes que te está juzgando. Eso sentí todo el tiempo”.

No recuerda cuántas técnicos en enfermería había, pero sí lo que hablaban.

-Así son. No cierran las piernas y después vienen como si nada pasara — le dijo una técnico a otra.

-Sí, pero piensa que, si estas tipas no abrieran las piernas, no tendríamos pega — le respondió.

Antonia no estaba en condiciones de discutir, porque el procedimiento fue sin anestesia.

A pesar de eso, destacó que el trato del ginecólogo fue comprensivo: “Cuando le dije que no sabía que estaba embarazada, sabía que no me había creído, pero empatizó conmigo”.

Los días que pasaron después Antonia intentó convencerse de que ya había pasado todo, pero fue imposible. “Todos los días me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida, si estaba bien o no. Pensaba que me iba a ir al infierno en cualquier momento”, cuenta. Dejó que pasaran los días, se desligó de sus responsabilidades; se quedaba días enteros en la cama.

Tres semanas después, Antonia le contó a su pareja lo ocurrido. Hablaron muchas horas, y decidieron que debían tomar aún más precauciones.

-¿Y ahora? ¿Cómo se enfrentan a este tema?

-Dijimos que ya había pasado, que yo estaba bien y que eso era lo importante.

* El nombre real de Antonia fue modificado para proteger su identidad.