El que crea que el fútbol y la política no se deben mezclar seguramente no entendió nada de lo que pasó este fin de semana. Tanto en Francia, donde se jugó la final del Mundial de Fútbol Femenino, como en Brasil, que fue escenario de los partidos finales de la Copa América, la política estuvo presente en las declaraciones y en el imaginario de los que acompañaron los partidos.

Empecemos por lo mejor, que fue lo visto en Francia. Uno podrá decir que en realidad no hubo nada de polémico o de político en el partido entre Estados Unidos y Holanda, en el Estadio Olímpico de Lyon. Y tendrá razón, claro, porque esos elementos venían cargados de antes, y estaban más o menos instalados, aunque no visibles.

Para el que no se acuerda, la capitana del equipo estadounidense, Megan Rapinoe, aseguró que si ganaban el torneo ella no iría a la “fucking” Casa Blanca para mostrar el trofeo al presidente Donald Trump. La seleccionada es conocida por ser una crack también fuera de las canchas: por ejemplo, es una de las más firmes luchadoras por la igualdad de premios a los deportistas hombres y mujeres en los Estados Unidos, y cree que su equipo multicampeón no es valorado como corresponde, además de rechazar algunas medidas del actual gobierno que considera racistas y homofóbicas. Trump le respondió llamándole “arrogante” a la volante creativa, y diciéndole que “primero tiene que ganar el torneo para después pensar en rechazar una invitación”.

Aunque no hubo una expresión política explícita en el partido final, ganado por las estadounidenses por 2-0, los momentos decisivos estuvieron marcados de detalles que remontan a la disputa de declaraciones. De hecho, el gol que abrió la cuenta en Lyon lo hizo la mismísima Rapinoe, convirtiendo un penal y celebrándolo con un sugestivo gesto de abrir los brazos como quien dice “¿me pediste que ganara el título antes? Pues acá lo tienes”.

Claro que esa polémica seguirá en las próximas horas. La jugadora probablemente cumplirá su promesa, pero de seguro algunas compañeras de equipo sí deberán ir a la Casa Blanca, para llevar la copa del Mundial a Trump. Sin embargo, no estarán en la visita las estatuillas de mejor jugadora y de goleadora del torneo, galardones individuales que fueron dados a Rapinoe por su excelente desempeño en el torneo disputado en tierras galas.

Mientras tanto en Brasil, Bolsonaro se olvidó que su discurso era de impulsar “la nueva política” (de hecho, se le olvida eso bastante seguido), y trató de hacer lo que todo mandatario hace ante un triunfo deportivo de local, colgándose de la victoria como si fuera propia. Lo que no esperaba es que su entrada en el césped del Maracaná tras la victoria de 3-1 sobre Perú fuera seguida de una tremenda pifia por parte de los hinchas brasileños presentes en las tribunas. Una bulla que dejó al desnudo el 32% de respaldo popular que lo tiene, muy lejos de los 49% con los que arrancó en enero – una caída preocupante para un presidente que lleva solamente medio año en el poder.

Además, Bolsonaro tampoco esperaba que el entrenador del Scratch, Adenor Tite, tratara de evitar su saludo, lo que le obligó a tomarle por el cuello para no dejar que se escapara, en una escena que emula el ninguneo que le hizo Marcelo Bielsa, entonces entrenador de Chile, a Sebastián Piñera, tras el Mundial de 2010. Y aunque algunos jugadores sí saludaron con cariño al mandatario brasileño (como fue el caso del capitán Dani Alves), la verdad es que el tema más comentado en Brasil tras el partido fue la postura de Tite con Bolsonaro. Incluso porque, en otros tiempos, Tite sí fue muy amigable con su némesis político, el expresidente Lula da Silva, a quien el estratega fue a visitar en 2012 con el trofeo de la Copa Libertadores, recién conquistada con el club Corinthians.

El día anterior a la final también hubo algo de política con fútbol, cuando el crack argentino Lionel Messi se rehusó a recibir la medalla del tercer lugar de la Copa América, alegando que “nosotros no tenemos que ser parte de esa corrupción, de la falta de respeto que se nos hizo durante toda esta Copa”.

Además, volvió a decir que la Copa América estaba armada para que fuera ganada por Brasil y que la pelea entre él y Gary Medel, que terminó con una tarjeta roja para los dos jugadores, “no era para expulsión para ninguno de nosotros (…) una amarilla y ya está”. Claro, faltó un periodista que fuera más profundo en sus preguntas y le pidiera explicar cuáles fueron las  fuerzas ocultas que habrían manejado los hilos en favor del equipo local. ¿Conmebol solamente? ¿El gobierno de Jair Bolsonaro? El mandatario estuvo presente en tres de los seis partidos de Brasil en el torneo: en la inauguración, la final y la semifinal, justamente el polémico partido en que los anfitriones eliminaron a Argentina, el cual estuvo marcado por dos “penales” que ni siquiera fueron consultados al VAR.

Aunque no tuvimos las impresiones más profundas de Messi sobre esos temas, seguramente esta es la versión más maradoniana que se ha visto del crack rosarino hasta ahora, al menos en términos de declaraciones. Habrá que ver si seguirá por ese camino, dando opiniones políticas más progresistas, como lo ha hecho “el Diego de la gente”.