Opinión

Todos hemos tenido un jefe como Tyson o un trabajo que nos recuerda La Piccola Italia

Por: Richard Sandoval / Publicado: 31.07.2019
piccola italia / Fotografía de Agencia Uno
Cuántos serán, me pregunto, los trabajadores en diversas áreas que todavía no pueden ir al baño; las asesoras del hogar -que recién tuvieron ley en 2014- que siguen trabajando bajo las reglas del todo vale, del sí patrón, del agachar el moño ante todo por temor a la amenaza de que aparezca el Tyson de turno. Tyson, sorprendente por su nivel de grosería, no es un hecho aislado: según un estudio compartido por Icare, el 53% de las empresas en Chile ha tenido casos de acoso laboral. Imagínese lo que ocurre en el trabajo informal, sin contrato, que en este país se empina por sobre el treinta por ciento. Más de la mitad de los empleos del país ha tenido su propio Tyson o alguien que se asemeje, mientras se está cumpliendo un turno.

Todos hemos tenido un jefe como Tyson, el terrorífico supervisor de La Piccola Italia. O por lo menos alguien que se ha parecido, que ha pasado a llevar con fiereza nuestros derechos laborales, avasallando la ley, explotando nuestros cuerpos, mentes y energías. Haga el ejercicio y piense cuál ha sido el lugar de trabajo donde más lo han basureado y todo lo que hemos conocido de la Piccola Italia no se hará tan extraño ni lejanamente escandaloso. Piense, en este país que nos enseña a ser humillados, en cuántas horas extras no le han pagado, en ese jefe que se burló de su idea en una reunión, en las veces en que le han pagado con cinco días de atraso, en los vómitos que tuvo que limpiar sin herramientas higiénicas en un restaurante. Una vez una jefa me hizo recoger caca en el baño de un local de comida rápida. A mi mamá, trabajando como asesora de hogares, le revisaron tantas veces la cartera para ver si robaba, la hicieron comer afuera porque adentro no correspondía, haciéndola trabajar intensas y pesadas horas extras que jamás se pagaron. Otra vez, a mi hermano, en una bodega lo hicieron cargar pesados televisores caminando sobre andamios, sin ninguna seguridad, al borde de la muerte, llegando a casa en medio de un trauma con los brazos heridos. Había que hacerlo nomás, gritó un ogro.

Y todo se hace, se cumple, fuera de la legalidad, aguantando las fechorías, por miedo a ser despedido del trabajo. Por pura necesidad, aguantando el asco, la rabia, como han aguantado los miles de trabajadores de call centers que no podían ir al baño y que recién este año tienen una ley que les permite hacer sus necesidades básicas. Cuántos serán, me pregunto, los trabajadores en diversas áreas que todavía no pueden ir al baño; las asesoras del hogar -que recién tuvieron ley en 2014- que siguen trabajando bajo las reglas del todo vale, del sí patrón, del agachar el moño ante todo por temor a la amenaza de que aparezca el Tyson de turno. Tyson, sorprendente por su nivel de grosería, no es un hecho aislado: según un estudio compartido por Icare, el 53% de las empresas en Chile ha tenido casos de acoso laboral. Imagínese lo que ocurre en el trabajo informal, sin contrato, que en este país se empina por sobre el treinta por ciento. Más de la mitad de los empleos del país ha tenido su propio Tyson o alguien que se asemeje, mientras se está cumpliendo un turno.

Quizás sin los garabatos, sin el CTM y el “cómo pueden ser tan huevones”. O quizás sí, pero el jefe explotador ha acechado como parte de la normalidad de nuestro ingreso al trabajo, sobre todo cuando estamos partiendo, cuando aceptamos el primer empleo, agradecidos, como si nos estuvieran haciendo un favor. Recuerde las humillaciones que tuvo que aguantar en su primera práctica profesional para caer bien. Sobre todo cuando eres pobre, cuando si no aceptas las condiciones deplorables no puedes cocinar para tu familia. Es ahí cuando parte de los empleadores te hacen sentir que les debes cumplir más allá de lo acordado, acuerdo que a veces es difuso, que ni siquiera está delimitado bien. Y se hacen tareas de más, por demostrar ser un buen trabajador, luchando por ser aceptado, para luego, ante el menor descuido, recibir un trato de esclavo. Y no renunciamos a la pega porque al parecer fuimos criados, por el sistema, por la familia, para incorporar el maltrato laboral como parte del rigor. Por eso tardaron tanto en la Piccola Italia en grabar un video y decir cómo son en esa cadena. Nunca supimos nada, dice el gerente. Difícil de creer, cuando ha quedado demostrado que las formas de dominar a sus “colaboradores” es absolutamente sistemática.

Tyson, David Plaza, se sustenta en la estructura jurídica que permite la explotación de siglos pasados en empleos del siglo 21. Se ampara en nuestra legislación laboral; lo permite y lo potencia el código del trabajo de la dictadura, la baja sindicalización, el temor sistémico a rebelarse frente a una medida arbitraria e injusta del jefe, las cortapisas a una huelga efectiva, los reemplazos a los trabajadores en paro, el amedrentamiento tácito de que si te alzas, si te unes a una protesta, si firmas una carta de apoyo a un movimiento, te van a  despedir. Ahí nace el sometimiento que luego adquiere rostros como el de Tyson. Es que el sistema laboral chileno está diseñado para tenernos siempre humildes, siempre tranquilos, agradeciendo eternamente al jefe por no echarnos, por darnos la oportunidad, como si nuestro trabajo no fuera algo que tiene un valor en sí mismo, una capacidad humana que estamos transando en un mercado, en base a nuestras habilidades, estudios, competencias.

Nos quieren siempre humildes, siempre tratados como colaboradores, como si fuéramos parte de un club en que ayudamos, una “familia”, y no como trabajadores. Nos quieren tercerizados, para que otros ajenos al lugar de trabajo tengan la pega nefasta de retar, reprimir, reprender. Para no poder exigir directamente a quien toma las decisiones en el lugar que servimos. Para que así, desapegados, quienes reciben el beneficio del trabajo se laven las manos.

Las manos son las que se han lavado los gerentes de la Piccola Italia, impactados, que ahora restringen toda la responsabilidad de los maltratos en Tyson, y no en la política de trato general que la empresa da a sus trabajadores, según las transversales denuncias que suman más de 50. En Chile el año 2018 se registraron más de 58 mil denuncias por agobio laboral en la Dirección del Trabajo. Y esos sólo son los que se atrevieron, los que no podían más en su lugar de trabajo, los que ya no podían con el Tyson que los recibía al momento de marcar tarjeta. Pues entonces que todo el alboroto que ha provocado el caso de la Piccola Italia sirva para reflexionar, para legislar, para entender que los Tyson de los trabajos no son casos aislados y que la calidad de vida de los trabajadores se pone a prueba todos los días en este país, el sexto que más trabaja de los países de la OCDE, de entre 35 naciones; el segundo de Latinoamérica tras México.

Richard Sandoval
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