¿Cuántas vidas puede haber en una historia de vida? ¿Están bien los 33? Los mineros llegan a la superficie como si nunca hubiesen estado en ella. No vuelven porque pareciera que nunca hubiesen estado arriba, como si siempre hubiesen estado sepultados, ocultos, subterráneos. ¿Existían en la superficie antes del accidente que los rescató del anonimato? Por supuesto, pero eran invisibles. Es la elocuente invisibilidad que ve Emma Sepúlveda al ahondar en la tragedia que vivieron los 33 mineros que estuvieron sepultados accidentalmente en la mina San José de Copiapó, en el norte de Chile. En la trastienda de la tragedia, en medio de la incertidumbre, Emma entrevistó a las mujeres de los mineros luego de su libro Setenta días de noche, 33 mineros atrapados: Historia oculta de un rescate (2010).
En la doble emergencia –el accidente y la salida–, la representación del conjunto o vocería principal la asume Mario Sepúlveda. Su personalidad arrolladora y liderazgo concitan la atención mediática y de quienes quisieron aprovechar algo del aurea de fama transitoria que emitía. El halo de la popularidad. Mario Sepúlveda se convierte en la personificación del resto de sus compañeros de desgracia. Este libro nos revela que él se preparó, intuitivamente, para la ocasión; para ocupar el escenario y las eventuales conferencias.
Personifica la tragedia, el vencimiento de la adversidad, la actitud heroica. Es Súper Mario: persona y personaje. Más allá del ícono y de la superficialidad de la superficie, Emma Sepúlveda observa a la persona, su entorno inmediato y singularidad. Mario Sepúlveda es, al mismo tiempo, representativo y especial. Ampliando el estudio etnográfico de las historias de vida de los 33 podría resultar que otros tuvieran también esas cualidades como estereotipos del minero y arquetipos del héroe. Pero Súper Mario llamó la atención.
Concentrándose en él y su entorno familiar Emma Sepúlveda extrae un retrato caleidoscópico de un Chile popular. Su infancia increíble es la infancia increíble de muchos y muchas. La pareja compuesta por Mario y Katty ilustra el extenso guacherío presente en la pobreza chilena y latinoamericana. Niños y niñas que padecen el abandono, con padres conocidos o desconocidos; que sufren abusos; que soportan la sordidez y promiscuidad de la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, la manipulación, las burlas, el miedo; víctimas de la explotación del trabajo infantil. Niños repartidos “como animalitos, entre los familiares que nos aceptaban”. Guachos. Vulnerados y vulnerables especialmente por la carencia de familia, de cariño. La soledad. El abandono. Las humillaciones. Parece extraordinario, pero no lo es. Las salidas de escape son reconocibles: el internado, la conscripción militar, el vagabundeo (con su tacita choquera y una cuchara), la delincuencia, la religión. Y, en el mejor de los casos, la resiliencia con empatía social que rompa el círculo de la desesperanza: el estudio vespertino, el trabajo. “Los pobres sabían que yo era uno de ellos y, aunque no sabían los detalles de mi vida, adivinaban que mi pasado era igual al de ellos”.
La infancia de Mario y Katty está marcada por el guacherío. Son resilientes, protegen a sus hijos para que no vivan la niñez de sus padres, hacen realidad el sueño de la casa propia; sin embargo, el fantasma del abandono y el aislamiento ronda ese hogar como un fatalismo: otra adversidad que enfrentar.
La tragedia en la mina San José, entonces, no es el primer quiebre biográfico de la víctima de un país indolente. Mario Sepúlveda es un sobreviviente desde antes. No de la sepultación en la mina, sino de una vida de abusos. Siente felicidad allá abajo. El accidente, paradójicamente, es la oportunidad para su protagonismo; para salir, eufórico, de la invisibilidad personal y de sus compañeros: “Sentí que en mis hombros estaba el peso de la vida de todos los treinta y tres”. Y el humor, uno de los principales pilares de la resiliencia comunitaria, fue su recurso característico que lo ayudó a cohesionar al grupo.
La indolencia se expresaba de otra manera: la extensión de un patrón explotador que había tenido en su niñez. “La seguridad de los trabajadores no era importante para los dueños de la mina; solo querían ganar más lucas y punto”. Los empresarios no atendieron las advertencias sobre el peligro, no instalaron la escalera de escape en caso de accidentes, la comida para esos casos estaba vencida. Después, las promesas, el presidente de gira con el papelito “estamos bien los 33” y un ministro corrupto se empinó desde ahí como presidenciable. La invisibilidad de los pobres continúa. En tanto, los Mario Sepúlveda toman la vida como un desquite, reconocen sus vergüenzas, superan los miedos, mantienen el humor, defienden su memoria. Los invisibles buscan la grieta por la cual salir de la oscuridad.