La competencia febril por ser la “izquierda verdadera” y hegemónica ya es clásica en el sistema democrático. Esta interminable e inconclusa disputa ha dividido a las izquierdas en momentos cruciales de la historia; tres ejemplos, a cual más dramáticos: la toma del poder por el nazismo en Alemania (entre la socialdemocracia y partidos a su izquierda); en la guerra civil española (entre el fragmentado Frente Popular y anarquistas de la Revolución Social Española), y el golpe de Estado en Chile (entre la dividida Unidad Popular y el Movimiento de Izquierda Revolucionario). En todos estos casos las izquierdas padecieron de fuego amigo en todos sus frentes. Incapaces de unirse para defender la democracia amenazada, la dictadura ultraderechista triunfó arrasando con todas las izquierdas.

La primera potencia mundial, Estados Unidos, y cinco países de la Unión Europea, entre ellos Italia, están gobernados por la ultraderecha que, además, tiene representación en casi todos los Parlamentos europeos; potencias locales como Brasil, India, Rusia y Filipinas se agregan a este catálogo de regresión política en toda regla. La estrategia global ultraderechista apunta contra “los enemigos del pueblo”, (Trump, refiriéndose a la prensa), y la autonomía de las instituciones de la democracia, las bases del Estado de derecho.

Mientras, las izquierdas lidian entre ellas para ser la “verdadera izquierda” hegemónica. El efecto de esta sinrazón puede llegar a ser sintomático: una praxis política que ha terminado siempre en un desastre histórico.

Este puede ser el caso Español (el chileno está aún engendrándose).

En efecto, el renacimiento del decimonónico ultranacionalismo en toda Europa encontró terreno fértil, paradojalmente, en uno de los países más descentralizados del mundo (17 regiones autónomas, cada una con su gobierno y parlamento propios). Una de ellas, Cataluña, se  aproxima al precipicio abrazando el ultranacionalismo excluyente y exige, con procederes antidemocráticos e inconstitucionales, la secesión de España. La respuesta no se hace esperar: el retorno de la ultraderecha ultranacionalista. Mientras, las izquierdas españolas se combaten por ser la “verdadera”.

Este infértil debate en España es entre Podemos, nuevo partido al extremo izquierdo del espectro político, con el centenario Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

La obsesión de Podemos por superar en votos al PSOE para convertirse en la izquierda hegemónica “verdadera” lo lleva a votar, junto a la derecha, en contra de la investidura a la presidencia del socialista Pedro Sánchez en 2016, ganándose el distintivo de “izquierda boba” (por la ex presidenta de Andalucía, la socialista Susana Díaz).

Una definición menos coloquial de “izquierda boba” ya se había hecho hace más de un siglo, en Rusia: es el infantilismo de izquierda, su enfermedad endémica; a saber, unos iluminados a la izquierda de la izquierda hacen la revolución con modos mesiánicos y a golpes de mazazos dogmáticos en las cabezas de los que no tienen el privilegio, como ellos, de tener los atributos de ser seres auténticamente izquierdistas. En este escenario, la unidad de estas fuerzas políticas es inviable.

El mapa político que arroja la última Elección General en España (28-04-2019),—despertando del ensueño a Podemos— el PSOE es el partido más votado con un 28,67% que equivale a 124 parlamentarios, muy superior a Podemos que recibe un 11,97% y 44 legislativos.

Mas, mientras la centro derecha se une con la ultraderecha “sin complejo” alguno, amenazando los derechos civiles alcanzados en una ofensiva regresiva sin disimulos, el PSOE y Podemos se ponen de acuerdo para no formar gobierno, autodividiéndose.

Podemos es hermano del Frente Amplio chileno, también con modos y ropajes políticos mesiánicos y, como en España define el péndulo político.

¿Cuál será la respuesta del Frente Amplio en una más real que hipotética fusión de la derecha con la ultraderecha? ¿Se unirá a la centro izquierda para crear el cordón sanitario que minimice el poder ultraderechista, como no se ha hecho en España?

Las miradas cortoplacistas de las izquierdas peleándose la coyuntura de una absurda autenticidad hegemónica, no dan el ancho en el inquietante panorama actual de regresión política,  global y local.

Lo absoluto en política es el estalinismo y el nazismo. En democracia la política es el arte de consensuar lo posible.

El dilema ético orgánico de las izquierdas —concordar principios con pragmatismo— requiere un ajuste quirúrgico de ambos conceptos, en apariencia duales: ¿pueden las izquierdas ser pragmáticas sin ser cínicas, y pueden mantener los principios sin ser fanáticas?

Mientras no se resuelva esta eterna crisis existencial de las izquierdas españolas y chilenas, continuarán arando en el mar.

Mientras, se profundiza la amenaza contra la democracia.


Antropólogo social y periodista científico