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Sí fue femicidio: El recuerdo insistente de la joven que inspira la Ley Gabriela

Por: Carolina Rojas @carolarojasn / Publicado: 26.08.2019
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El 11 de junio del año pasado Gabriela Alcaíno y su madre, Carolina Donoso, fueron asesinadas por Fabián Cáceres, ex pareja de la joven. Desde ese día, los Alcaíno encabezaron la batalla por la llamada “Ley Gabriela” para ampliar la tipificación de femicidio, es decir, que se considere como autor de este delito a quien, con motivo de odio, menosprecio o abuso por causa de género, mate a una mujer, y no solo cuando es su cónyuge o conviviente. El miércoles, después de más de un año de tramitación, se aprobó en la Comisión de Mujeres y Equidad de Género del Senado y quedó a un paso de hacerse realidad. Esta es la historia de una familia que transformó su dolor en acción.

El 12 de junio de 2018, a las 10 de la mañana, Rodrigo Alcaíno (48), publicista, estaba en su oficina cuando le llegó una petición de mensaje a través del Messenger de Facebook.

-Hola, ¿sabes algo de Carolina? No ha ido a trabajar en dos días-, le preguntaba un contacto desconocido.

Preocupado, llamó a su hermano Fabián (46), padre de Gabriela Alcaíno y ex pareja de Carolina Donoso (53). Él le contestó que tampoco sabía nada de ellas, lo que era, al menos, inusual, porque uno de los hermanastros pequeños de Gabriela había estado de cumpleaños y ni siquiera había mandado un mensaje de WhatsApp para saludarlo. Eso era raro, pues su hija siempre era atenta, cariñosa.

Ambos quedaron en comunicarse. Rodrigo llamó al Colegio Poeta Rubén Darío para saber si Gabriela estaba en clases. Nadie la contestó. Fabián corrió con más suerte, pues le informaron que su hija no había asistido ese día. Se aterró.

Llamó a su hermano de vuelta.

-Rodrigo, esto es raro. Voy a ir a verlas a la casa, quizá les pasó algo-, le dijo antes de cortar. Y se fue desde su trabajo en Pudahuel a la casa de su ex esposa.

Cuando iba llegando a la calle Caldera de la comuna de Maipú, se repitió: “Que no esté el auto, que no esté el auto, que hayan salido, que hayan salido”, como si esa especie de mantra pudiera protegerlas del peor de los horrores. En el mejor de los casos Gabriela podría haber tenido una emergencia, una gripe devastadora y ambas estarían en la consulta de un doctor, pensó.

Al llegar, se dio cuenta que el Hyundai burdeo estaba allí en el estacionamiento de la entrada. Marcó de nuevo su celular para hablar con su hermano. Un mal presentimiento lo corroía; una de esas cosas que no se explican hasta que suceden, una especie de punzada en el estómago que le decía que algo estaba mal.

-Rodrigo, esto no se ve bien. No quiero entrar solo, pero tengo un juego de llaves-, le dijo y luego cortó. Pero también dudó. Finalmente, llamó al 133. La media hora que demoró la patrulla se le hizo eterna.

Fabián dio explicaciones aún confundido, no se acordaba si ese manojo de llaves era para la puerta principal o para la entrada de la cocina. En el primer intento los carabineros no pudieron abrir, entonces se devolvieron a la puerta principal. Lograron entrar.

Eran las 10:50.

Ahí estaba la escena que nunca olvidará. El mundo de Fabián partido en dos: Vio a tres metros de distancia que el cuerpo de Gabriela- ensangrentado- yacía sobre el de Carolina.

En ese mismo momento, Rodrigo iba en camino. Fabián, con la respiración entre cortada, le describió la escena al otro lado de la línea.

-Pensé que ojalá fuera una intoxicación por monóxido de carbono. Quizás si la ambulancia llegaba a tiempo, aún se podía hacer algo. No, no podían estar muertas- dice ahora Rodrigo, padrino de Gabriela.

Es un jueves de agosto frío y gris, como casi todo el invierno que ensombrece a Santiago. A Rodrigo, que está sentado en una oficina del edificio del barrio alto, donde trabaja, se le humedecen los ojos con cada recuerdo.

El último día que la familia Alcaíno compartió con Gabriela y Carolina, fue el domingo 10 de junio. Se juntaron en la casa de Carlos- el abuelo paterno de la joven-, quien cumplía 81 años. Hicieron una “mateada”, como decían ellos a esa costumbre donde todos llevan algo de comer: tortillas, queques y dulces. Así comparten una “once” con mate para celebrar cualquier evento familiar. Esa tarde llovía a cantaros.

Gabriela se veía bien, aunque quizás un poco pensativa. Ese día había dado un ensayo de la PSU. Su padre la pasó a buscar temprano en la mañana y en el camino ella le contó que quería estudiar periodismo o publicidad, como su padrino. Quedó maravillada con las casas grandes y jardines prolijos del sector de Los Domínicos.

-Estudiando puedes hacer lo que quieras, Gaby-, le aconsejó Fabián.

En la tarde, en la reunión familiar, jugó con su primo Santiago de tres años -hijo de su padrino- y en un momento se tomó una foto junto a Daniel Alcaíno -el actor de la familia- y primo de Fabián.

-¿Cómo está mi amor?-, le preguntó Rodrigo de pasada, en medio del ajetreo familiar.

-Bien, ahí sobreviviendo, tío- contestó ella, con una especie de suspiro y medía sonrisa.

-Cuando quiera podemos conversar-, le contestó él. Se escuchaba el murmullo de la conversación de los demás familiares. Rodrigo pensó que no era el momento ni el lugar para presionar a su ahijada sobre lo que le podía estar pasando. Se despidió de Gabriela. Así también lo hizo Fabián, quien le dio un beso en la frente y le dijo: “eres lo que más amo, hija”.

Fue la última vez que su familia la vio con vida.

***

Gabriela nació el 17 de mayo del 2001 en la clínica Juan Pablo Segundo. Fue la primera nieta de los Alcaíno, regalona de toda la familia, pero por sobre todo la favorita de su abuelo y de Rodrigo. Sus padres se separaron cuando tenía cinco años. Fabián se volvió a emparejar con Catalina Veas, con quien tuvo dos hijos y se alejaron después de un tiempo. Pese a tener una nueva vida, siempre mantuvo una relación de compañerismo con Carolina. El 21 de mayo del 2017, la ex esposa de Fabián fue asesinada por un peluquero dominicano, luego de una discusión entre vecinos. Fue un episodio doloroso: él se quedó solo con dos hijos y Carolina lo apoyó en todo. Gabriela adoraba a sus hermanos.

Pese a los buenos momentos, la familia ignoraba lo que “la Gaby” vivía. Desde enero  del 2018 comenzó a ser acosada por su ex novio, Fabian Cáceres (18)

Es la tarde del domingo 25 de agosto y Fabián Alcaíno está de visita en el departamento de su hermano, en la comuna de Ñuñoa. Habla temple; dice que empezó un tratamiento psicológico hace poco, que desde la muerte de Carolina y Gabriela, una suerte de bloqueo no le permite recordar la voz que tenían ambas. Explica que quizá es un mecanismo de defensa para olvidar -a ratos- tanto dolor.

Lleva una polera de Los Beatles, lo que habla de su gusto por la música, algo que heredó su hija. Se ríe con las anécdotas del perro llamado “Justin Bieber” y la emoción de una Gabriela adolescente en el concierto de One Direction.

Después recuerda el noviazgo de Gabriela con ese joven al que conoció cuando ella tenía quince años. Tuvo cierta conversación de padre a pololo y Cáceres se comprometió a cuidarla. Se veía tranquilo, o quizás simplemente impostaba esa cáscara de “normalidad”. Hoy, reconoce que hubo ciertas señales.

-Cuando rebobino la película, me voy hacia atrás, recuerdo cosas, tales como que ese tipo (Cáceres) nunca me miraba a los ojos, que hablaba poco, muy poco- recuerda Fabián.

La frase “aquí sobreviviendo”, que dejó escapar Gabriela en el cumpleaños de su abuelo, cobra total sentido ese domingo para su familia. Ahora entienden que se trataba de una relación en la que se sentía atrapada. Cáceres iba un curso más arriba que Gabriela. Una amiga cercana cuenta que la manipulaba, volvía y terminaba con ella, que la engañaba y “la hacía sufrir”. Cierta violencia quirúrgica, invisible para otros, que la dejó completamente aislada de sus pares. En octubre del 2017 fue acusado en el colegio de haber abusado sexualmente de dos compañeras en una fiesta. El problema se zanjó entre apoderados y la escuela le habría “cerrado” el año” anticipadamente. No hubo ninguna denuncia formal. Al enterarse de lo ocurrido, Gabriela comenzó a alejarse de manera gradual, pero él no le daba respiro.

La interceptaba en el paradero, saltaba la reja de la casa y discutía con ella. Gabriela le contó lo que estaba pasando a un par de amigas. En un audio de WhatsApp ella dice que no va aguantar que nadie la trate así: “si hay algo que mi mamá me enseñó es que nadie me puede poner la mano encima”, es una frase que manda entre sollozos. Gabriela tomó ciertas precauciones, como ir al trabajo de Carolina y “hacer hora” para esperarla y tratar de andar acompañada con amigos. Había logrado escapar de la relación, pero tenía miedo, ya no se sentía segura en su casa.

Un vecino aclaró después de su muerte que vio al joven amenazándola con una especie de sentencia: “si no estás conmigo, no vas a estar con nadie”.

En esos mismos flashbacks de “todo lo que se hizo mal” a Fabián  se le quedó grabado la falta de perspectiva de género de las instituciones. El colegio que no hizo nada frente a presuntos abusos sexuales del estudiante, el grito que la vecina oyó. En definitiva, una cadena de eventos que dejaron a su hija en total desprotección. Pero lo que más recuerda es la imagen del fiscal José Solís, explicando frente a las cámaras que Gabriela no se había defendido: el foco en la víctima y no en el agresor. “En el sitio del suceso, se advierte que la madre se defiende, pero Gabriela no tiene ninguna herida defensiva, ella nunca se defendió, por lo tanto, ahí tenemos que sacar las conclusiones del porqué, y el porqué puede ser que su madre estaba muerta en el piso y ella estaba mirando. Hay que verlo, hay que investigarlo”, comentó Solís ,en una de sus apariciones en la prensa.

-Mi hija estaba en shock, vio a su madre muerta ¿Quién podría haber hecho algo’-, dice Fabián, y se queda pensativo.

Confiesa que desde que perdió a su hija y a Carolina, hay días buenos y malos.

-Uno no supera ese dolor, uno aprende a vivir con él, aprendes a vivir con esa estaca, pero no se olvida, ahí están la canciones, las fotos, todo lo que me hace recordarlas-, revela.

***

 

Domingo 18 de agosto: Natalia Mella (17) caminaba por el centro de la ciudad de Valdivia cuando fue abordada por su ex pareja. Él la tomó del pelo y le dio 18 puñaladas en el rostro cuello y espalda. “No soportó que lo dejara”, dicen sus amigos en lo comentarios de Facebook. Su asesinato dio pie a la discusión para poder catalogarlo como femicidio. El fiscal Daniel Soto mencionó que Natalia había alcanzado a convivir en la casa del joven cuando tuvo problemas familiares. Dato que fue desestimado por el Juez Carlos Acosta.

El martes, después del crimen, en la Plaza de la República de la ciudad, se reunieron varias agrupaciones feministas para pedir justicia. Hubo globos blancos, fotografías, carteles y velas. Era el femicidio número 44, de acuerdo a datos de la Red chilena contra la violencia hacia las mujeres.

En Santiago, Fabián Alcaíno prendió la tele y vio la noticia. Sintió cierto escozor y rabia. Volvieron los recuerdos del asesinato de su hija, pero también las ganas de que el Proyecto de Ley Gabriela pueda ver la luz.

Esta iniciativa –impulsada principalmente por las diputadas Carol Kariola y Camila Vallejo- busca modificar el Código Penal respecto del delito de femicidio y “ampliarlo”, es decir, que se considere como autor de este delito al que con motivo de odio o menosprecio o abuso por causa de género, mate a una mujer, con penas que van desde los 15 a los 20 años. También se contemplan agravantes, como el ensañamiento o discapacidad de la víctima, tal como lo recomendó la Organización de Naciones Unidas (ONU) en 2017.

Foto: Agencia Uno

Actualmente, la legislación chilena solo considera el delito de femicidio cuando el asesino es el “cónyuge o conviviente” de la mujer, lo que deja fuera casos como los de Gabriela y Natalia. Y no son los únicos. No en este contexto.

Lo que más le preocupa a Rodrigo y a María Julia Araneda (37) -su pareja-, es la falta de educación afectiva de los jóvenes y adolescentes. Hoy se dedican a dar charlas en colegios de distintas comunas y al término de la exposición se acercan a niñas más pequeñas que Gabriela para contarles cómo son agredidas o abusadas.

-La violencia entre parejas jóvenes es una pandemia. Le pasó a Gabriela, pero puede ser Juanita, María y Alejandra. Pueden ser todas-, dice Rodrigo.

El miércoles 21 de agosto, la Comisión de Mujer y Equidad de Género del Senado aprobó el proyecto de ley de las diputadas comunistas y solo queda pendiente la revisión de algunas indicaciones, lo que podría tener fecha luego, para ser despachada a la sala del Senado la primera semana de septiembre.

***

Los detalles de los asesinatos del 11 de junio tienen imágenes indecibles. Esa madrugada, cerca de las 04:00, Fabián Cáceres caminó desde sus casa en la calle Longovilo en busca de Gabriela. Una vez allí, saltó la entrada y se escondió  cerca de una “reja ornamental”. Cuando Carolina abrió la puerta para ver qué es lo que estaba pasando en el patio, la atacó con más de treinta puñaladas en el cuello, cabeza, tórax y extremidades. Gabriela llamó al 133. Se registró una llamada de cuatro minutos, pero no sirvió de mucho. Los vecinos escucharon gritos desgarradores, a las 04:02.

Cuando la joven bajó y se encontró con la escena, la abordó, le quitó el teléfono y cortó la llamada. La agredió sexualmente y la atacó con seis puñaladas en el tórax.

Cáceres subió al baño del segundo piso y se duchó para limpiarse la sangre. Al día siguiente publicó una fotografía en Instagram donde aparecía tocando guitarra, como si nada hubiera pasado.

Según la investigación, en los días posteriores, en la casa de la ex pareja de Gabriela, se encontraron un par de zapatillas marca DC que estaban lavadas y húmedas aún. El peritaje posterior arrojó que estaban ensangrentadas. También se encontró ropa en la lavadora y un cuchillo con la punta rota que eran compatibles con las heridas de Gabriela y Carolina. Cáceres confesó los asesinatos y fue formalizado el día 15 de junio de 2018 por los delitos de homicidio calificado y homicidio con violación.

Foto: Agencia Uno

Desde entonces, la vida ya no es la misma para Rodrigo, Fabián, padre de Gabriela, ni para ningún integrante de la familia Alcaíno.

Ajeno de todo, el pequeño Santiago corretea en el living del departamento. Rodrigo confiesa que siempre piensa en la posibilidad de “qué hubiese pasado sí”. Esa pregunta rumiante, que le duele. ¿Debería haber insistido en conversar con ella el día del cumpleaños? Ese pensamiento es un mosquito que no deja de zumbar. Y los últimos minutos de vida de Gabriela, una imagen que lo desgarra.

-Qué hubiese pasado si Gabriela me hubiera contado que la estaban acosando. Quizá podría haber hecho algo…Devolver el tiempo. Qué daría por ese súper poder de devolver el tiempo…-, confiesa y se emociona.

María Julia lo mira atenta y se quiebra.

-Perdónanos, es que estos días andamos muy llorones-, dice antes de terminar la entrevista.

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