Cultura

Mario Levrero: Pudo ser una estrella, prefirió ser un perdedor

Por: Tomás Henríquez, escritor / Publicado: 07.09.2019
© Eduardo Abel Gimenez
En cualquiera de sus versiones, Mario Levrero es un escritor fascinante. Posee una plasticidad de gimnasta y un exquisito sentido del humor, a veces poco entendido, pero que deja ver entre sus múltiples manías, quejas y vacilaciones, verdades difícilmente discutibles. Y aunque se lo acuse de raro, el uruguayo es más sensato de lo que parece. Su prosa es llana, sus temas aparentan poca complejidad y casi toda su obra bien podría leerse como un gran diario de vida en el que describe, con variantes y retazos de ficción, el drama doméstico que implica soportar el vacío.

El tiempo le dio la razón a Mario Levrero (1940-2004). Pudo ser una estrella, prefirió ser un perdedor. Cultivó siempre el mito de un escritor que decía no tomarse muy en serio su oficio, que presumía de displicente, de irresponsable, incluso de vago. Pero lo decía con tal sentido y manejo de la palabra, con tanta honestidad, agudeza y flexibilidad retórica que costaba creerle. Nunca quiso organizar su obra, menos aún difundirla. Su principal ambición fue siempre resistirse al trabajo. Y lo hizo bien, tanto que nadie sabía exactamente de qué vivía. Pero escribía. Por años el secreto mejor guardado de Montevideo fueron sus libros. La mayoría, pequeñas ediciones incluso hoy muy difíciles de hallar en las viejas librerías de Tristán Narvaja. Tuvo que morirse para ser valorado y reeditado. La reciente publicación de sus Cuentos completos (Penguin Random House, 2019) lo confirma: estamos frente a uno de los narradores latinoamericanos más sorprendentes del último medio siglo. Cautivante, avezado, tremendamente lúcido y, según el crítico Ángel Rama, heredero de una larguísima tradición uruguaya de escritores raros.

Pero, ¿qué hay de raro en Levrero? A primera vista, su personaje. Huraño, enfermizo, reacio a socializar, Levrero es un apóstol de las verdades a medias, de la exageración meditada, de la contradicción llana pero siempre sensata. Posee un talento notable para irse por las ramas. Muchas veces incluso aparenta no decir nada. Lo que poco importa, pues su notoria vocación experimental, transforma cada cuento en un verdadero ejercicio de estilo. Se nota por cierto, su oficio de crucigramista e inventor de juegos de ingenio. Porque los mútiples dispositivos que utiliza ilustran una incesante búsqueda formal a veces lograda, a veces no tanto que permite reconocer zonas grises de irregularidad e imperfección. Relatos que a ratos parecen apuntes, anotaciones sin visible vocación de totalidad pero que lejos de ser residuales, conforman una obra gruesa atravesada por la insistencia de los detalles menores, acaso vulgares, pero a fin de cuenta imprescindibles para leer precisamente la diferencia entre lo esencial y lo irrelevante. En Levrero, lo adyacente se hace medular. Siempre cambia el punto de vista, pone en jaque el sentido común, alternando elementos de suyo realistas mucha novela negra, mucho diario de vida, frente a elementos mágicos, kafkianos, a ratos de alto tono existencial, incluso tendientes al absurdo, por no decir, derechamente irreales. 

Los narradores de los cuentos del uruguayo casi siempre son una distinta versión de sí mismo. Del presente volumen, y entre muchos otros, destacan “El crucificado”, una insólita y blasfema reversión del más popular de todos los mártires; “El sótano”, relato que pone en la mirada de un niño el desafío de descubrir el misterio que esconde su propia casa; “La novela geométrica”, una pesadilla inclasificable de alta pureza racionalista, que quizás deba leerse como una simple alegoría de aventuras; “Los cuentos cansados”, un disparate de ternura, que como gran parte de su obra parece calco y copia de su propia biografía; la “Entrevista imaginaria con Mario Levrero, por Mario Levrero”, enorme ejercicio autoreflexivo pero sobre todo feroz parodia contra el periodismo cultural; y “El diario de un canalla, cuento largo en el que ensaya la primera persona y que en términos cronológicos precede a la publicación póstuma de La novela luminosa (2010), para muchos su obra maestra, esa colosal máquina de reflexiones inútiles, un juguete literario imprescindible que narra la vez en la que el autor obtuvo la Beca Guggenheim y escribió un verdadero canto al derroche y la procastinación.

En cualquiera de sus versiones, Mario Levrero es un escritor fascinante. Posee una plasticidad de gimnasta y un exquisito sentido del humor, a veces poco entendido, pero que deja ver entre sus múltiples manías, quejas y vacilaciones, verdades difícilmente discutibles. Y aunque se lo acuse de raro, el uruguayo es más sensato de lo que parece. Su prosa es llana, sus temas aparentan poca complejidad y casi toda su obra bien podría leerse como un gran diario de vida en el que describe, con variantes y retazos de ficción, el drama doméstico que implica soportar el vacío. En el fondo, sus reflexiones son las de un voyeur melancólico que se ríe de sí mismo, que gusta de sonar ridículo, que juega a parecer distraído, y en específico raro, quizás únicamente porque desea silencio y soledad, las dos principales variantes que permiten escribir. Escribir bien. Por eso vale la pena leer estos Cuentos Completos. Leerlos ojalá pausadamente y en desorden. Porque finalmente la de Mario Levrero fue una apuesta razonable. Y la literatura implica siempre apostarlo todo, sabiendo de antemano que lo más probable es perder. 

Cuentos Completos

Marío Levrero

Ed. Pinguin Random House, 2019

656 Páginas.

Precio Referencial: $20.000

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