Cultura

Crónica urbana: El Versalles chileno y el sida

Por: Patricia Vásquez, doctora y escritora / Publicado: 06.10.2019
Mac quinta normal /
Como parcas o verdugos, cada centro de atención decidía la distribución de los pocos tratamientos disponibles. Entonces se sorteaban las terapias como en una ruleta rusa. Y así, en la más absoluta soledad marcábamos una sentencia que nos carcomía el alma. Y era la enfermedad del amor, de la intimidad, de la pasión, de la lujuria.

La sensación de entrar a un museo desaparecía rápidamente al ver los pasillos saturados de pacientes y el ajetreo matutino del consultorio. 

El edifico Palacio Versalles de la Quinta Normal, obra del arquitecto Alberto Cruz Montt, fue creado para albergar el Instituto de la Sociedad de Agricultura. En 1934 funcionó allí la Facultad de Agronomía de la Universidad de Chile y en los años 70 se entregó en comodato al Servicio de Salud Metropolitano Occidente.  Ahí funcionó el consultorio externo del Hospital San Juan de Dios hasta el año 2005.

Llegué el año 94 para hacerme cargo del policlínico de VIH. El médico encargado había renunciado de un día para otro sin dar explicaciones. Mi experiencia era escasa y aún se sabía poco de esa enfermedad. Contaba con una enfermera de otra unidad que voluntariamente me ayudaba, y la resistencia de la mayoría de los colegas para atender a los enfermos.

Delia tenía 54 años, era menuda y callada. El diagnóstico fue como un portazo en la nariz. Había fallecido su esposo, le informaron que había muerto de sida, se hizo los exámenes y ahí estaba ella sin saber qué hacer ni cómo entender este diagnóstico.

Se lo ocultó a su hija, hasta que ya casi no podía levantarse. Venía a controles, flaca, silenciosa, sin hacer muchas preguntas. Rechazó una y otra vez las pocas dosis de tratamiento que podíamos ofrecer en esos tiempos. Nada tenía sentido para ella y decidió apagarse lentamente hasta su muerte. Conseguimos un auto del hospital, íbamos a su casa a instalarle sueros, a aliviar lo que no se podía, y por favor, pidió su hija, pongan otro diagnóstico en el certificado de defunción.

La mayoría de las mujeres en América Latina son contagiadas por su pareja estable. La culpa, la vergüenza, la traición se mezclan con el miedo a contagiar a los hijos, al rechazo. Como mujeres nunca se sintieron en riesgo. ¿No era esta la enfermedad de homosexuales, drogadictos y prostitutas? 

Ellos llegaron juntos a control, estaban unidos en salud y enfermedad, como reza la misa nupcial. Alfredo ya estaba bastante enfermo y Renato lo cuidó con devoción, lo acompañó con ternura, lo amó hasta el final. La familia de Alfredo solo apareció para llevarse lo que quedaba en enseres y platas. No había acuerdo de unión civil en esos tiempos.

A ese hermoso edificio le hicieron estructuras para optimizar los espacios. Desde mi pequeña consulta, un enorme ventanal ojival, que quedaba dividida por un feo tinglado de madera, permitía ver la Quinta Normal. En tardes otoñales, miraba desde ahí los magníficos árboles y sus colores, mientras me invadía la tristeza, la impotencia y la frustración. Éramos ángeles de la muerte de una enfermedad sin cura.

Como parcas o verdugos, cada centro de atención decidía la distribución de los pocos tratamientos disponibles. Entonces se sorteaban las terapias como en una ruleta rusa. Y así, en la más absoluta soledad marcábamos una sentencia que nos carcomía el alma. Y era la enfermedad del amor, de la intimidad, de la pasión, de la lujuria.

Así lo fue también la sífilis. Sin embargo, grandes de la historia como Tolstoi, Nietzsche, Schubert, Goya y otros que la padecieron, no fueron rechazados ni estigmatizados

Freddy Mercury lo reveló solo días antes de morir. Vi a Andrés Pérez ya muy enfermo, en el hospital San José. Su diagnóstico de sida, se filtró cuando falleció. Él, que revolucionó el teatro con su Negra Ester, lo mantuvo en secreto. Como dijo Rosa Ramírez, su esposa: Si queremos hablar de sida, tenemos que decir lo incomprendido que es ser en este país, maricón y comunista.

El 2005 el Versalles chileno fue traspasado al MAC (museo de arte contemporáneo). Desde las ventanas del hospital que dan a la calle Matucana, se puede observar su belleza neoclásica y distinguir los letreros que anuncian las próximas exposiciones. Lo miro mientras bajo las escaleras. Voy a la unidad de cuidados intensivos a ver a un joven con VIH que ha abandonado por tercera vez su terapia antiretroviral, ahora accesible para todos. Es adicto a la pasta base, pero bueno… esa es otra historia.

*Texto escrito en el Taller de Crónica Urbana dictado por la poeta Carmen Berenguer.

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