Cartas

El despertar de Chile: el día en que el sistema de transporte en Santiago colmó el malestar social

Por: Equipo de investigación “Recorridos cotidianos en el Santiago Neoliberal”,Universidad de Chile. / Publicado: 21.10.2019
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La experiencia de movilidad cotidiana consiste en una alta concentración de pasajeros en espacios reducidos durante los horarios punta, que se vive con sensaciones de indignidad y deshumanización, y que es descrita por las mismas personas como “latas en una sardina” o “transporte de ganado”. La premura, el estrés y el agotamiento llevan los ánimos al límite, pudiendo desencadenarse una seguidilla de insultos y hasta peleas físicas, por un poco de espacio y dignidad.

Durante los últimos días en nuestro país hemos asistido a la manifestación de un descontento social sin precedentes en el periodo post-dictadura. Un profundo y agudo malestar no cesa de expresarse en las calles, primero en Santiago y luego a lo largo de todo el territorio nacional. Si bien la extensión y alcances de este complejo fenómeno resultan aún muy difíciles de determinar, el análisis del evento que lo gatilló nos ofrece algunas pistas acerca de la profundidad del malestar que hoy se deja ver.

Tras la implementación de un alza de $30 pesos en la tarifa del horario punta en el Metro de Santiago el 6 de octubre, fueron los estudiantes secundarios quienes, al igual que en otros momentos cruciales de organización social de las últimas décadas, iniciaron una serie de manifestaciones que hicieron evidente el descontento compartido. En esta ocasión, las acciones tomaron la forma de “evasiones colectivas”, las que una vez confrontadas con una desmedida fuerza policial, lograron la adhesión de la ciudadanía a través de masivos cacerolazos y diversas expresiones callejeras. La insistencia del gobierno en privilegiar medidas represivas y criminalizadoras, por sobre aquellas que pudieran dar un cauce a la indignación popular, terminó por desbocar la expresión de los sentimientos de maltrato y humillación acumulados durante décadas.

Algunas de las preguntas que es posible hacerse frente a este escenario – y cuyas respuestas demandarán una profunda elaboración colectiva que nos permita leernos como sociedad -, son ¿por qué este hecho en particular se convirtió en la chispa que incendió la pradera de Chile?, ¿cómo es que el alza en la tarifa del transporte metropolitano se convirtió en el símbolo que representa todos nuestros malestares?, ¿fue acaso azaroso que el alza de $30 en el pasaje del metro sobrepasara el límite de lo que somos capaces de soportar?

Históricamente, la empresa Metro S.A., o Metro de Santiago, se nos ha presentado como una alternativa de transporte segura, confiable, y de la cual todos debiéramos sentirnos orgullosos. Si bien es cierto que ha contribuido a disminuir los tiempos de viaje entre la periferia habitacional y los centros productivos de la ciudad, aun así la consabida segregación urbana de Santiago tiene por consecuencia que una enorme masa de trabajadoras, trabajadores y estudiantes deban gastar hasta 4 horas diarias en recorrer la ciudad. Largas travesías cotidianas que ameritarían, a lo menos, viajes cómodos y amables. En lugar de ello, la experiencia de movilidad cotidiana consiste en una alta concentración de pasajeros en espacios reducidos durante los horarios punta, que se vive con sensaciones de indignidad y deshumanización, y que es descrita por las mismas personas como “latas en una sardina” o “transporte de ganado”. La premura, el estrés y el agotamiento llevan los ánimos al límite, pudiendo desencadenarse una seguidilla de insultos y hasta peleas físicas, por un poco de espacio y dignidad.

Y sobre esto, cae la desafortunada recomendación del Ministro de Economía Juan Andrés Fontaine, acerca del premio que significará la tarifa más baja para quienes madruguen y tomen el metro antes de las 07.00am. Los mismos que sufren el alza de la luz; que viajan en transporte público diariamente, hasta que un día, extenuados, se jubilan, y ya no tienen dinero para pagar ni metro, ni comida, ni salud. Esos. Que viven en la rueda de la deuda que amenaza con aplastarnos día a día, y que gira más rápido cuando se enferman o cuando tienen que endeudarse para educar a sus hijos e hijas.

No es banal la quema de estaciones de Metro, es un símbolo. Un símbolo de la dignidad que se promete, pero que no existe. Del Chile de exportación que vivimos por dentro, aguantando las lágrimas. De una empresa del Estado que no pertenece a los chilenos y chilenas promedio.

Hoy, en momentos en que la frase “Despierta Chile” ha comenzado a circular como una de las formas de nombrar nuestra indignación colectiva, las infames palabras del ministro de Economía resuenan de otro modo.

No queda más que decir que si nos arrebatan los sueños, entonces hay que despertar.

* Texto del Equipo de investigación “Recorridos cotidianos en el Santiago Neoliberal”,Universidad de Chile.

-Danilo Sanhueza (académico depto. psicología U. de Chile)

-Soledad Ruiz (académica depto. psicología U. de Chile)

-Patricio Caviedes (psicólogo U. de Chile)

-José González (estudiante psicología U. de Chile)

-Matías San Martín (estudiante psicología U. de Chile)

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