Opinión

Estación Catrillanca

Por: Cristián Zuñiga / Publicado: 14.11.2019
Ilustracion_camilo_catrillanca / Ilustración por Marisol Abarca
El 14 de noviembre del 2018, el actual gobierno vio venir al primer joven que saltaba el torniquete de la desigualdad en un campo de Temucuicui y le respondió con una bala de plomo disparada en la espalda.

El actual estallido social, en términos simbólicos, comienza con el salto de un grupo de jóvenes estudiantes por sobre los torniquetes del metro de Santiago. Estamos cumpliendo un mes de aquel hito histórico, que de seguro será recordado en los libros como el momento en que la juventud chilena evadiera los pórticos de la modernización capitalista. Una evasión que, dicho sea, no se concretó para que esa muchachada abordara los vagones del metro y se trasladara a sus hogares u otro punto de la ciudad. La juventud evadió la barra de pago y quedó ahí mismo, al otro lado del torniquete, saltando, gritando y arengando al resto del país para que hiciera lo mismo.

Luego esa juventud emergió a las calles y logró activar una especie de huracán que aún no amaina. Por el contrario, tiene a la institucionalidad en llamas, como si esto se tratara de un acto ritual que solo el fuego pudiera calmar. Es tal la intensidad de las ráfagas huracanadas, que hasta el poder político y empresarial parecieran, luego de haber pasado por torpes anuncios de agenda político- social, rogar por una salida vía asamblea constituyente.

Han sido semanas de muertes, marchas, represión, toque de queda, saqueos, incendios, promesas, votación  de leyes express y perturbación institucional. Han sido días donde lo político rebalsó a la política y hasta las categorías ideológicas conocidas hasta ahora, comenzaron a arder en las barricadas centenialls.

Se trata de movilizaciones masivas, quizás las más masivas de nuestra historia, autoconvocadas desde las redes sociales, sin las firmas de Barbara Figueroa, Mario Aguilar, Luis Mesina o Rodrigo Mundaca. Movilizaciones donde no se aprecian poleras del Che Guevara, Lenin, Bakunin, ni banderas de la Fech o la Aces.

Las mayoritarias banderas del estallido corresponden a la chilena y la mapuche. En las últimas semanas hemos apreciado a Pikachu, Joker y hasta el Hombre Araña, anónimos íconos de estas últimas concentraciones, sosteniendo la bandera del pueblo mapuche. Y es que el malestar del Chile actual parece venir de una acumulación histórica que reclama no por 30, sino que por 500 años de hastío cultural. Una especie de rebalse emocional que logra encauzar el vómito posmoderno, en el torrentoso cauce ancestral. 

Por lo anterior, en el día 28 del Chile post estallido (asumiendo el 18 de octubre como hito refundacional), no pasará como una fecha más. El gobierno que hoy parece tambalear, hace justo un año encabezó la operación policial que terminara con la vida de Camilo Catrillanca: joven, mapuche, dirigente estudiantil, rebelde.

A Catrillanca lo mató un balazo por la espalda, disparado por Carabineros, institución encargada de custodiar a forestales de la Araucanía desde una operación denominada “huracán”, cuyos ideólogos fueron los mandatarios de la “era Caburga” (Bachelet- Piñera) y cuyo objetivo era encarcelar a dirigentes mapuche.

En ese entonces el gobierno intentó bajar el perfil  de aquel crimen de Estado, con fundamentos payasescos, como el extravío intencional de la tarjeta que contenía las imágenes de la cámara gopro utilizada por efectivos policiales a cargo de ese operativo, sumado a  las declaraciones del entonces intendente de la región de la Araucanía, Luis Mayol, quien calificaba el crimen como “acto de delito común”, argumentando que el joven comunero era un simple ratero de autos que había caído en su propia ley.

También es bueno recordar que tres días después del asesinato de Catrillanca, la selección chilena de fútbol jugó un partido amistoso en el estadio de Temuco y en este, se prohibió el ingreso de banderas mapuches al recinto. Esas son las mismas banderas que hoy abundan en las manifestaciones del Chile post 18 de octubre y que justo un año atrás, fueron prohibidas. En aquel partido de la selección, el único gesto lo realizó el jugador Jean Beausejour, quién puso su apellido mapuche “Coliqueo” en el dorso de su camiseta roja de lateral.

Hace un año atrás no cayó Chadwick, solo renunció un intendente y los funcionarios de carabineros imputados aún esperan sanción por parte de la justicia.

Para el gobierno, esto no había prendido. El año pasado en la Araucanía había una mecha que, según Chadwick, no lograba encender más allá de Temuco.

Pero el crimen de Catrillanca era observado desde todo Chile vía pantallas de TV y celulares; inspiraba las líricas de hiphoperos, cantantes de trap y hasta aparecía en cánticos de barras futboleras. La imagen de Catrillanca era proyectada en torres de Santiago centro y dibujada en cientos de murales de Arica a Magallanes.

El 14 de noviembre del 2018, el actual gobierno vio venir al primer joven que saltaba el torniquete de la desigualdad en un campo de Temucuicui y le respondió con una bala de plomo disparada en la espalda.

Quizás por esto es que hoy, cuando miles de chilenos están siendo reprimidos y baleados por carabineros, la imagen de Camilo Catrillanca aparece en el heroico cuadro de la generación sin miedo, junto a la bandera mapuche, el rostro tuerto de casi 200 jóvenes y la camiseta de la selección chilena con el apellido Coliqueo.

Al igual que Catrillanca, la generación sin miedo pareciera estar pidiendo un país distinto al que ofrecen  los patrones de la gran forestal. Una generación que no quiere sobrevivir desde el chorreo del árbol fácil a costa de sus milenarias araucarias. La generación sin miedo quiere sacar de su ideal a los leones de Sanhattan y para ello recurre a la raíz, al sueño perdido.

Próxima estación: Catrillanca.  

Cristián Zuñiga
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