Opinión

Oclocracia

Por: Cristián Zuñiga / Publicado: 30.11.2019
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Cuando la turba manda, desde sus diversas máscaras y banderas piratas; cuando la política con colores ideológicos da paso a banderas incoloras y los individuos asoman atrincherados, en contacto permanente consigo mismo, pero ahogados en su propia intimidad, en un narcisismo sin límites, es entonces que la democracia se vuelve inservible, en todas sus esferas. Una vez que la democracia se corrompe y deslegitima, aparece aquel sistema que los griegos antiguos acuñaron como oclocracia: el gobierno de la turba.

Día 44 post estallido. La violencia inunda las calles de las principales ciudades del país: muertes, torturas,  saqueos, incendios y actos vandálicos aparecen con una fuerza nunca antes presenciada por el Chile post dictadura. Desde el 11 de septiembre de 1973 que no se veía tanto fuego urbano desatado, vale decir, desde el forzado parto del actual modelo que las ciudades no ardían como ahora. Puede que la violencia sea la única manera de erradicar a un engendro que nació desde la violencia -cierto, punto concedido-, pero aun así, hoy estamos perplejos y preguntándonos, ¿qué diablos pasa aquí?

Las marchas, caceroleos y diversos formatos de la movilización social más multitudinaria y legitimada en la historia patria, mutó y ha dado paso al caos total, a una entropía generalizada.

El caos parte por la cabeza. El rey ha dado señales erróneas y no tiene línea de crédito. Hasta quienes hace una semana atrás le defendían en los principales medios, hoy abandonan el barco (véase declaraciones de Pato Navia y Gonzalo de la Carrera). En el aire se respira vacío de poder y legitimidad. Ni siquiera se hace factible una comparación histórica, menos aún con Allende, último presidente caído. El proceso de la UP navegaba en la corriente de la Guerra Fría y se proponía una heroica gesta ideológica. Entonces había partidos, militantes y pobladores dispuestos a inmolarse por el proyecto. En este episodio, el Presidente-empresario ha sido desautorizado por militares (“no estoy en guerra con nadie, soy un hombre feliz”), desamparado por la derecha social (Lavín y Ossandon) y por el sector más rudo de ese sector. José Antonio Kast hasta le ha otorgado la opción de renuncia.

Piñera, cual bróker de fuste, siempre ha hecho lo que su intuición mandata por encima de coaliciones, partidos, gabinetes e ideologías. Por lo mismo es que hoy reside solo, quizás sentado en el mismísimo escritorio de Salvador Allende, algo ido, mirando en su celular la intervención del abogado Luis Hermosilla (en la sesión de acusación constitucional contra su ex ministro del interior) y ya proyectando que en el futuro cercano, nadie le reclamará en tribunales nacionales, ni menos en cortes internacionales.

Afuera, la calle sigue autoconvocándose. Ni el pacto por una nueva constitución, aquel acto en que la clase política propuso, vía plebiscito, echar abajo la constitución de Pinochet y redactar desde cero una nueva, ha logrado disminuir la fiebre. El enfermo en algo redujo su temperatura, pero el bicho se anidó en otros órganos, desatando una falla multisistémica.

Luego del acuerdo, las izquierdas hicieron lo que históricamente mejor han sabido hacer en medio de crisis sociales: dividirse. A dos días de firmado el mal llamado “acuerdo por la paz” (Anmistía y HRW les mataron el nombre),  Boric, Sharp y Jackson se enfrascaban, vía twitter, en discusiones propias de asambleas universitarias. Se quebraba parte de Convergencia Social y Beatriz Sánchez era funada en las inmediaciones de la Plaza de la Dignidad. Por otro lado, el Partido Comunista, tan leal con el anterior  gobierno de Bachelet, se parapetaba en sus trincheras morales y a regañadientes comprometía, sin tanto bombo y platillo ( en su mejor estilo), apoyo a la opción plebiscitaria del “sí” a una nueva constitución.

Apareció entonces la Mesa de Unidad Social, presentándose en La Moneda como mensajeros del estallido. Ahí entraban viejos militantes de partidos políticos, ahora con poleras estampadas de consignas ciudadanas.  En ese mismo instante, muchos en las redes sociales preguntaban, ¿y a estos quién les dio ficha? ¿De dónde salió ese petitorio? Quizás habría sido más honesto y eficaz enviar, en representación del estallido, a Pikachu, Nalcaman, el sensual Hombre Araña y al Joker. Mal que mal, estamos hablando de un estallido, no de un movimiento social.

Y es así como llegamos al día 44. Ya no somos oasis, el dólar llega a los $830, el Banco Central rompe sus estrictos dogmas y suelta una billetera con 20 mil millones de dólares para apaciguar el fuego que incendia al peso chileno. Nadie sabe qué pasa, ni qué pasará. Algunos proponen ya instalar un helicóptero en el Patio de los Naranjos; otros piden militares, e incluso ya se habla de una operación mayor entre China y USA, la cual, por supuesto, no logramos ver.

He aquí los frutos del árbol anarco-capitalista sembrado en dictadura y muy bien regado por los posteriores gobiernos. No hay que dar tantas hojeadas en los libros de historia, ni entrar a las investigaciones sociológicas, para entender que nuestra sociedad de mercado, despolitizada y arrojada a la subjetividad de cada uno, terminaría, más temprano que tarde (30 años es nada), rebalsando a la democracia y optando por un sistema donde la rabia y otras diversas emociones, emergen para correr las barreras de lo posible.

Cuando la turba manda, desde sus diversas  máscaras y banderas piratas; cuando la política con colores ideológicos da paso a banderas incoloras y  los individuos asoman atrincherados, en contacto permanente consigo mismo, pero ahogados en su propia intimidad, en un narcisismo sin límites, es entonces que la  democracia se vuelve inservible, en todas sus esferas. Una vez que la democracia se corrompe y deslegitima, aparece aquel sistema que los griegos antiguos acuñaron como oclocracia: el gobierno de la turba.

La oclocracia es el peor castigo de toda democracia, pues emerge cual infección mal tratada, como el último estado de degeneración del poder  y  es abono ideal para monarquías, tiranías y populismos.

Un dato que confirma el momento de peligro por el que atraviesa nuestra imperfecta y frágil democracia, es el develado esta semana por la encuesta Criteria y donde las opciones presidenciales de derecha e izquierda bajan, abriendo paso al independiente Franco Parisi.

El populismo se caracteriza por tener la capacidad de ofrecer y responder (sin argumentos más que el carisma) a una serie de demandas sociales superpuestas y desordenadas. No es necesario entregar un spoiler, ya  sabemos cómo terminan los países que se suben al carro del populismo.

En el día 44 posterior al particular estallido social chileno, lo que queda de política, deberá actuar considerando que su margen de movimiento es extremadamente escaso y cualquier cambio erróneo, cualquier gustito que se quieran dar al volante,  derivará en un desbarranque del cual no habrá más opción que, esperar resignados el impacto de la caída.

Cristián Zuñiga
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