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Matías Orellana, mutilado el 1 de enero: “El gobierno tiene miedo de que las cosas puedan cambiar”

Por: Boris González / Publicado: 24.01.2020
Matías Orellana / Fotografías: Gabriel Estay Jiménez /
“Si la lacrimógena me hubiese caído un centímetro más acá, me mata instantáneamente”, dice Matías Orellana, mientras señala con su dedo índice una parte de su rostro ya golpeado. El joven profesor viñamarino fue una de las más de 400 víctimas de lesiones oculares producto del accionar represivo de Carabineros. El director de UPLA TV, Boris González, relata su historia en un exclusivo registro escrito y audiovisual que El Desconcierto presenta a continuación.

La bomba lacrimógena que lo impactó el primero de enero estuvo a milímetros de arrebatarle su vida. La munición, disparada por Fuerzas Especiales de Carabineros directamente al rostro del joven profesor viñamarino Matías Orellana, destruyó completamente su globo ocular derecho, confirmando así una metodología represiva que hasta ahora, según cifras del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH, al 15 de enero de 2020), ha provocado la pérdida o lesión ocular a 405 personas, añadiendo nuevas violencias al amplio y robusto prontuario que posee el Estado de Chile y que desde el 18 de octubre se ha engrosado significativamente.

Matías, en todo caso, no se echa a morir. La violencia es para él una presencia que lo acompaña desde pequeño. Es una vecina más en el paisaje social y urbano de los sectores altos y olvidados de Viña del Mar, comuna que concentra el mayor número de campamentos del país. Una realidad que confronta cotidianamente esa postal de la ciudad jardín, con su festival y altos niveles de glamour. Las dos caras de una misma moneda.

“Es cuático como siempre son los espacios donde frecuenta gente que no es de clase alta la que recibe esta violencia del Estado. A veces es física, fuerte y brutal. Pero la más fuerte es la que se vive día a día, en las casas. Al conversar con mi papá o mi mamá. De cómo vamos a llegar a fin de mes. De proyectarnos y no poder hacerlo. De querer ir de vacaciones y ni siquiera imaginarlo. De vivir toda mi infancia con las zapatillas rotas. De vivir toda mi infancia recibiendo la ropa que da el primo, que son cosas que parecieran que dan lo mismo pero que a tú alrededor, toda la vida, se encarga de hacértelo notar y apuntarte con el dedo. Y esa es una realidad que yo viví hace mucho tiempo y que la viven los niños y niñas, todo el rato, en los colegios municipales, en los colegios subvencionados”, dice Matías.

Su celebración del año nuevo tuvo como última e insospechada parada el Hospital Van Buren de Valparaíso, cuando el plan inicial, luego de pasar las doce y abrazar a su familia, era disfrutar entre amigos en algún lugar del cerro Alegre. “Vi un destello muy fuerte, como un fuego artificial que me impactó. Por acto reflejo me tiré al piso. No es que la lacrimógena me haya tirado. Lo hice por miedo. Me toqué y lo último que alcancé a ver fue un mar de sangre por todos lados. Sentía que me estaba ahogando. Ahí cerré los ojos (…) A las personas que estaban allí les pedía que por favor me apretaran porque pensé que podía morir desangrado, pero nadie se atrevió porque la herida estaba muy fea. Recuerdo sentir la polera muy pesada por tanta sangre”, relata el profesor.

Recostado en el piso, recibió la solidaridad de la gente que transitaba en medio del enfrentamiento que a esa hora se desplegaba en el sector de la plaza Aníbal Pinto, hoy plaza de la Resistencia. La bomba lacrimógena que lo impactó podría haber apuntado hacia uno de sus amigos, quien observaba en línea directa hacia el lugar desde donde provenían los disparos que realizó indiscriminadamente Carabineros. Matías fue en su búsqueda para advertirle, cambiando inexorablemente el rumbo de los acontecimientos. Luego de dos días en el hospital le extrajeron lo que quedaba de su ojo, cuando ya el equipo médico había reconstruido parte de su cráneo e instalado una membrana que hoy sostiene su prótesis ocular transitoria. “De parte del Estado, sí hay terrorismo. Y a mí me ha tocado vivenciarlo desde muy pequeño”, dice Matías. “Siempre he sido wanderino. He ido al Estadio y ahí aprendí que es el pobre quien recibe la violencia sistemática”, agrega.

La ceguera de la justicia

En la novela de José Saramago, “Ensayo sobre la ceguera”, los habitantes de un país ficcional comienzan a quedar paulatinamente ciegos. Dejan de ver como resultado de una sociedad enferma que corroe, que impide ver la brutalidad manifiesta de todos los días. El “mal blanco” los asola a todos y todas porque todos y todas comparten algún grado de perturbación a raíz de esta epidemia social. Lo paradojal, para Chile, es que el despertar a este adormecimiento neoliberal, manifestado masivamente el 18 de octubre, hizo que el Estado comenzara a cegar total o parcialmente, a quienes se manifiesta, impidiendo que sigan observando, al menos físicamente, la brutalidad social evidente. La muerte y la violación a los DD.HH. son así, una terrible forma de ceguera social, aunque a veces el resultado esperado sea todo lo contrario.

“Esto que viene pasando se inició cuando llegaron los españoles y se sintieron con el derecho de matarnos, de violarnos, de torturarnos, de pegarnos, por el hecho de tener la piel de otro color, de ser indígena. Yo me considero indígena. O sea, veo mi piel y digo: ‘claramente ruso no soy. Italiano, no, tampoco’. Fijo vengo de los mapuche, de los diaguitas, de los pehuenche. De ahí viene mi sangre y seguramente cargo dentro de mí un linaje lleno de violencia y violaciones. Y me hago cargo completamente de esa historia que me acompaña y que se sigue perpetuando hoy”, plantea Matías.

Además, el profesor viñamarino conecta su propia biografía con la dominación colonial, cruzada por categorías fundamentales para su comprensión: raza, género, clase social y patriarcado, que han definido no sólo sociedades altamente inequitativas como las latinoamericanas, sino que además han provisto de carne de cañón para alimentar la voracidad del sistema.

A propósito de lo mismo, toma distancia de los procesos judiciales que se han iniciado, a pesar de la confirmación de organismos nacionales e internacionales que indican que en Chile sí se han violado sistemáticamente los DD.HH.

“No espero nada de la justicia -dice Matías- Veo los casos que han ocurrido en estos 90 días y no hay justicia. Veo lo que pasó el ‘73 y no hay justicia. Tampoco hay reparación. Entonces, a priori, me cuesta creer que habrá justicia. También me cuesta creer que habrá reparación económica. Siempre uno dice: ‘me costó un ojo de la cara’. Ahora me falta un ojo de la cara y ni siquiera soy capaz de ponerle precio, cuánto vale. Pero el estar sin un ojo no tiene precio. Me encuentro en una situación de incertidumbre en términos de justicia, de qué va a pasar realmente. Tampoco sé cuáles son las limitaciones que me voy a encontrar en la cotidianeidad. Mi familia está más confiada y con la vibra positiva en pensar que sí habrá justicia y están trabajando con los abogados”.

Matías Orellana / Fotografías: Gabriel Estay Jiménez

Matías Orellana / Fotografías: Gabriel Estay Jiménez.

Educación y comunidad: Otras formas de ver

Desde muy niño, Matías encontró en el trabajo comunitario parte importante del sentido a su propia existencia. De algún modo, también, le permitió ir construyendo otros horizontes y perspectivas, que lo mantuvieran consciente pero distante de la droga y el narcotráfico que gangrena diariamente a las poblaciones periféricas, que fueron adquiriendo esa condición a medida que se profundizaban el fracaso y exclusión de políticas públicas asistencialistas. Así describe Matías las condiciones de la comuna en la que vive:

“Las autoridades de esta comuna nos tienen en completo abandono. Esta es la comuna con más campamentos de Chile. Esta es la comuna con más gente sin agua. Esta es la comuna con más gente sin luz. Y esta es la comuna que recibe más dinero en Chile. Y hasta la fecha ninguna autoridad se me ha acercado. Reginato abandonó esta ciudad, mientras cada uno se defiende como puede”.

Matías estudió pedagogía en Educación Física. Hoy es un docente querido y reconocido en la Escuela Niños Cantores de Viña del Mar, aunque asumirá el año laboral 2020 inquieto. Según cuenta, hoy le cuesta caminar y no se imagina cómo abordará junto a sus alumnos ciertos ejercicios: “No sé si voy a poder hacerlo. Me queda un largo proceso para ver cómo voy a adaptar mi clase y poder darla de manera óptima. No quiero que por mi culpa ellos reciban una mala educación. No sería justo ni para ellos ni para mí. Lo que queda de ahora en adelante es ver cómo voy a adaptar mi clase para beneficiarnos todos. Lo que se me ocurre, por lo pronto, es que la participación de mis alumnos será aún más fuerte en la clase. Yo siempre trato que ellos sean los protagonistas y ahora lo serán todavía más. Siempre he intentado buscar los liderazgos y fomentarlos y los que son más retraídos que tengan la opción ellos de explicarles a sus compañeros. Eso tomará aún más relevancia en mi praxis”.

Amor y odio

“Es importante ser consciente que donde hay amor hay odio y donde hay odio hay amor. Creo que estamos rodeados de algo que nos moviliza que ni siquiera nosotros sabemos qué es. Yo no sé si lo que me moviliza hoy es el odio o es el amor. Lo converso con mis cercanos pero nadie lo tiene claro. Pero ambos son tan complementarios y en estos días, luego de lo que me pasó, he visto esa dualidad muy junta y muy real”, cuenta el profesor.

Desde el día 1, recibió innumerables muestras de apoyo, respeto y solidaridad. “Todo lo que se ha generado ha sido en base al amor”, recuerda. “Amor por este sueño de tener un país real, porque estamos en una colonia todavía. Creo que ese amor nos está moviendo hacia estas nuevas posibilidades que están apareciendo porque sería innegable decir que en estos 90 días Chile no ha cambiado. Porque Chile sí ha cambiado”.

Las reflexiones de Matías tiene un sustrato poderoso: las grietas que se comenzaron a abrir entre sectores altos y acomodados y la presión que ejerce la mayor parte de la ciudadanía, que espera cambios reales fuera de la lógica de la política oficial, que hasta ahora parece no entender cabalmente la magnitud de las exigencias sociales: “La realidad es de angustia, de sufrimiento económico todo el tiempo. Y esa es la peor violencia que está sufriendo la mayor cantidad de personas de este país. Y que es ciega, es sorda, es lenta y todos los días se encarga de meterte el dedo en la llaga y que aunque te logres educar, no cambia; aunque logres tener un trabajo, no cambia y pareciera, como se están dando las cosas, que no va a cambiar, porque los políticos siguen a puertas cerradas, con sus acuerditos, jugando a sacarse fotitos, y no hay un diálogo directo con la ciudadanía ni con los movimientos sociales. Y parece que tampoco hay voluntad de hacerlo. Sin ir más lejos, pronto se nos viene el plebiscito por una nueva constitución y no está ni siquiera la opción de asamblea constituyente, que es lo único que hemos estado pidiendo a gritos”.

Para Matías, el diagnóstico es claro: “Creo que el gobierno tiene miedo de que las cosas puedan cambiar. No confían en nosotros. Nos creen incapaces de hacernos cargo de un país, hacernos cargo de nuestras comunidades y, por ahí, la única forma que encuentran es la violencia y más encima una institucionalizada. O sea, hay protocolos para ejercer violencia. Eso es terrible”.

 

 

 

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