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Opinión

Homenaje a las y los trabajadores de la Salud Pública que enfrentan al coronavirus  

Por: Richard Sandoval / Publicado: 29.03.2020
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Hoy el pueblo de Chile debe homenajearlos, pero al hacerlo debe tener la firme conciencia de que cuando las instituciones del Estado los homenajean, cuando los ministros y el Presidente les rinden culto, lo hacen bajo una hipocresía latente: la de aplaudir un trabajo que se hace en condiciones precarias a partir de sus propias decisiones políticas, un trabajo que hoy se hace  con compañeros que ven caer enfermos de Covid luego de exponerse a una atención sin las medidas de protección necesarias. Es un aplauso incómodo, porque los trabajadores, los dirigentes sindicales, saben que el aplauso llega sin nunca haberse preocupado realmente de mejorar estructuralmente sus condiciones de trabajo.

Enfermeras de Chile, gracias.Técnicos, auxiliares, médicos, doctoras, kinesiólogos, matronas, terapeutas, fonoaudiólogos, y más, gracias. Por sus turnos extensos que pocos ven, veinticuatro horas continuas en el hospital al borde del colapso, poniendo sus cuerpos a disposición, nerviosos, estresados, como elementos de guerra en la primera línea de combate; sus brazos cansados subiendo y bajando camas mecánicas que crujen de viejas, sus mentes entregadas en el llenado de fichas, la firma de órdenes; sus mentes completas, exhaustas, enfrentando las precariedades de los servicios que eran precarios antes de la crisis del Covid, las confusiones de las direcciones, las directrices inexactas. Gracias por el sacrificio, por aguantar la preocupación por los hijos que dejan en casa, las familias a distancia que también se preocupan por ustedes, por las mascarillas que el hospital no tiene, por el alcohol gel que se raciona para evitar que se lo roben de las salas; por soportar las bolsas de basura que protegen sus cuerpos, los trajes confeccionados por ustedes mismas, tan distantes a los extraterrestres del primer mundo en cuarentena.

Gracias por poner el hombro nuevamente, como lo vienen haciendo desde el primer día en que ingresaron a hacer una práctica en un recinto de la salud pública. Gracias no sólo por el heroísmo de estos días. Porque la entrega ética, por sobre sus propias capacidades, es un desempeño que se luce recién hoy, cuando el mundo descubre que ustedes son más importantes que un futbolista o un rostro de farándula, pero sólo ustedes y sus familias, sus amigos, sus cercanos, saben que es a diario el enfrentamiento a la falta de insumos para hacer curaciones, la carencia de guantes, apósitos, medicamentos, especialistas. Ustedes son los que en las últimas décadas han debido enfrentarse a sus pacientes para explicarles que llevan semanas, meses sin operarse, porque simplemente no hay cupo. Y pensar que este país es tan rico, y que deben reemplazar el fármaco más óptimo por uno más barato porque así nomás son las cosas. Y son ustedes los que ven sufrir a jóvenes y ancianos en la espera de un examen cuando se echa a perder el único resonador que tiene un hospital, como el San José. Gracias por el coraje de mirar a los ojos a los pacientes que han cotizado toda su vida por la salud de Chile, y decirles que su mejora simplemente no está en sus manos.

Gracias por el aguante, el cuero duro que escucha siempre lo indigno que puede ser el servicio de salud pública chileno, y que más se endurece en la convicción de que dentro de su precariedad hacen lo mejor que pueden. Porque hoy reciben los aplausos, pero ayer y mañana seguirán escuchando los comentarios venenosos, que designan en sus rostros la responsabilidad que es de un Estado, de la forma de ser de un país que usa su plata para pagar a los privados en lugar de comprar las camas que a ustedes les hacen falta. Gracias por el aguante al ver cómo el país sí tenía plata, y ahora que todos podemos morir por coronavirus saca los morlacos para instalar cientos de nuevas camas eléctricas en el Espacio Riesco, mientras ustedes seguirán con sus camas centenarias sacando músculo en cada acomodo de pacientes, en el Sótero, el Cesfam, el Roberto del Río, El Pino, en todas las regiones.

Gracias por no abandonar. Gracias por la valentía. Porque hoy nos damos cuenta que, así como las empresas las hacen los trabajadores, la salud pública -la de la mayoría, la que acoge a los que no tienen- la permite, la sustentan también sus trabajadores, sus profesionales, sus secretarias, sus porteros, sus personas. Y no queda más que aplaudir, porque si no son ustedes no será nadie quien se haga cargo. Saben que todo su trabajo está supeditado a lo que hay, y saben hasta dónde pueden llegar sus gritos de reclamo.

Hoy el pueblo de Chile debe homenajearlos, pero al hacerlo debe tener la firme conciencia de que cuando las instituciones del Estado los homenajean, cuando los ministros y el Presidente les rinden culto, lo hacen bajo una hipocresía latente: la de aplaudir un trabajo que se hace en condiciones precarias a partir de sus propias decisiones políticas, un trabajo que hoy se hace  con compañeros que ven caer enfermos de Covid luego de exponerse a una atención sin las medidas de protección necesarias. Es un aplauso incómodo, porque los trabajadores, los dirigentes sindicales, saben que el aplauso llega sin nunca haberse preocupado realmente de mejorar estructuralmente sus condiciones de trabajo.

Hoy la derecha y los neoliberales de la ex Concertación los mima por ser la “verdadera” primera línea, pero ayer miraban para el lado cuando manifestaban a nivel gremial la insuficiencia de proyectos de ley que siguen perpetuando el deterioro de Fonasa. Son los mismos, no se confundan. Los mismos que cuando pase todo esto seguirán caminando con una agenda que privilegia el fortalecimiento del negocio privado de la salud; mientras ustedes, los que hoy se exponen a trabajar con compañeros y pacientes contagiados -o sospechosos de contagio que se prefiere no testear para no gastar recursos-, otra vez sean olvidados. Homenaje a todos y todas las trabajadoras de la Salud pública de Chile. Hoy son héroes y heroínas, porque están con el fuego en las narices. Pero mañana, cuando sigan pasando sueño y frío, mientras sigan tratando de llevar bien sus difíciles vidas familiares con turnos a destiempo, con el objetivo de salvar vidas, debemos mirarlos otra vez con dignidad. Una mirada lejos de la emergencia, que los mire de frente para, como país, entregar las condiciones dignas que estén a la altura de sus trabajos, para que la precariedad no menoscabe la vida de todos, con ustedes ahí al medio, como ha sido tantas décadas. Una mirada digna sin un bicho nuevo asomado en la ventana.

Richard Sandoval
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