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Opinión

La peste es el neoliberalismo

Por: Martin Arias Loyola / Publicado: 29.03.2020
Mascarillas por COVID-19 / Agencia Uno / Foto: Agencia Uno
Hoy, el país más neoliberal y uno de los más desiguales del mundo[10] se une a la lucha contra otro tipo de pandemia mundial. A pesar de las exitistas y tragicómicas intervenciones de agentes patógenos menores, como ministros/as, presidentes y parlamentarios/as, la epidemia se sigue esparciendo. El mejor sistema de salud del multiverso parece no dar abasto. Si el estallido social ya había denunciado la abismal desigualdad y precaria infraestructura social, llevando a una repolitización masiva de un pueblo sometido, la nueva crisis sanitaria ha terminado de mostrar al neoliberalismo como es: una virulenta y/o pestilente y nefasta enfermedad social.

El “Neoliberalismo” es una palabra extraña, de reciente connotación negativa, que se encuentra en la boca, tinta y posteos de personas sufriendo física, mental y espiritualmente las peores consecuencias de un mundo de desigualdades visibles y palpables, como una peste. Este peculiar concepto tiene distintos significados, como filosofía política, ideología y estructura normativa, pero una misma esencia: asegurar el funcionamiento del libre mercado, cueste lo que cueste y le duela a quien le duela. Sin embargo, debido a sus nefastos síntomas y consecuencias, el neoliberalismo también debiera considerarse como la enfermedad crónica de nuestra sociedad actual, propagada desde las aulas de Europa, Chicago y las putrefactas salas de tortura de ayer y hoy en Chile.

Paradójicamente, el neoliberalismo se ha vendido como la cura al “totalitarismo igualitarista”, bajo la idea de promover el crecimiento y el desarrollo a través de una economía dirigida y monitoreada por un grupo de técnicos y expertos. “Cuando crezca la torta, habrá para todos”, prometen, pero todos sabemos que después de décadas de escuchar esa cantinela el chorreo prometido nunca llegó. El hambre por la torta económica de los privilegiados por el sistema es infinita, y su codicia aún mayor. Esto ha llevado a un aumento en la desigualdad, puesto que cada vez más bocas pobres se reparten porciones cada vez menores.

Para asegurar esa desigual repartija, y contrario a lo que se cree, los neoliberales necesitan al estado para propagar su virulencia. En las palabras de uno de los primeros neoliberales, buscan promover un estado fuerte, donde se “legitima la violencia estatal que apunte a globalizar las relaciones capitalistas … de someter a la fuerza a quienes amenacen el orden de mercado[1]. Para ellos “[las personas] son totalmente desiguales”[2], por lo que es mejor asumir, bajar las defensas y dejar de resistirse.

El estado neoliberal nos obliga a tomar nuestra dosis de neoliberalismo, mientras también convencen a nuestra alma de tratar religiosamente al libre mercado como fuente futura de paz, prosperidad y “civilización”. Asimismo, desarticula la discusión y participación política movilizada, desarrollada históricamente como anticuerpos a la opresión, desigualdad y tiranía de otros privilegiados, con más títulos, pero similares ambiciones. El estado neoliberal nos extirpa de la actividad política, convenciéndonos que es violenta, sucia y “salvaje”. La política se transforma en un espacio aséptico, esterilizada de pasiones, manejada por tecnócratas y empresarios felices de reproducirse sin molestias.

Es decir, a los neoliberales les gusta el estado fuerte, ese que muele a palos, dispara a los ojos y tortura a cualquiera que se atreva a reclamar.  Los maravillosos beneficios del endeudamiento con tarjetas de crédito y el pago de urgencias médicas en cómodas cuotas mensuales son incuestionables. Para asegurar que el falso “orden espontáneo” del libre funcionamiento de los mercados y la privatización de servicios básicos como educación, salud y pensiones, los neoliberales han promovido un régimen legal que los aísle de intervenciones políticas y ahogue cualquier potencial revolución de rotosos desadaptados.

El gurú neoliberal Friedrich von Hayek[3], por ejemplo, resaltaba la fundamental importancia de establecer marcos legislativos que aseguraran la sumisión al orden de mercado y la creación de ciudadanos despolitizados y consumidores resignados. Así, esta institucionalidad técnico-leguleya existe para facilitar el sometimiento incuestionado de la sociedad, funcionando como un campo de fuerza que asegura la feliz existencia del virus neoliberal en el organismo de la sociedad infectada.

Chile fue el primero en infectarse, gracias a un repulsivo portador de voz chillona y su ejército de matones, economistas e ingenieros comerciales. Ellos instauraron un estado fuerte y represivo, cuya misión principal fue (y es) asegurar el libre mercado, cueste lo que cueste. Cualquier queja ha sido recibida por Carabineros de Chile, el servicio de atención al cliente del estado chileno neoliberal.

La continua, sana y normal politización de la discusión sobre el modelo socioeconómico a construir ha quedado completamente anulada gracias a la constitución de 1980. En ella, Jaime Guzmán logró su sueño (probablemente húmedo) de despolitizar a la sociedad chilena, incorporando una visión de libertad constitucional “intrínsecamente conectada a la propiedad privada, libre empresa y derechos individuales”[4], por sobre los derechos sociales y comunitarios. Un verdadero “milagro”[5] para los propagadores del neoliberalismo a través de golpes de estado, como Hayek y Milton Friedman (o Doctor Shock, para Naomi Klein[6]).

Se impedía así la posibilidad de generar cualquier anticuerpo político para combatir la desigualdad que nos mata, pero no la fiebre, que explotó convulsionando al cuerpo del país el 8M del 2019 y luego el 18 de octubre del mismo año. El paciente, semanas antes considerado el único sano y cuerdo en una Latinoamérica infectada por esa peste de la politización popular, caía rápidamente en la UTI neoliberal.

Es importante reconocer que pedirle al neoliberalismo reducir la desigualdad es igual de ridículo que esperar que el Coronavirus “mute en una buena persona”[7]. El Neoliberavirus (o Neoliberapeste, dependiendo si prefiere virus o bacterias) reproduce y amplifica la desigualdad, y quienes lo promueven lo saben y celebran abiertamente. “Está más allá del poder humano el hacer a un [hombre] negro, blanco. Pero al negro se le puede otorgar los mismos derechos que al blanco y ofrecerle la posibilidad de ganar lo mismo si produce lo suficiente”, escribió Ludwing von Mises[8], padre intelectual del neoliberalismo más radical, ese que tanto defienden los Kaisers, Milieis y Marinovics.

Además del racismo, en la frase se observa una de las promesas más bulladas de la fanaticada neoliberal: cualquier roto poblacional o célula cancerígena o puede, eventualmente, ganar lo mismo que un blanco de Vitacura o Las Condes, siempre y cuando produzca lo suficiente. Lo que la promesa no transparenta, es que poco se logra con reglas imparciales si el partido está arreglado, donde el árbitro las aplica siempre en favor del equipo con los mejores zapatos, entrenadores y que juega con un arco defendido por miles de arqueros-abogados contra unos patipelados agotados, explotados y mal alimentados. Es imposible de lograr cuando el 89% de los trabajadores chilenos tiene un salario que no le permite vivir, sino sólo sobrevivir endeudados (Fundación Sol, 2018), siendo crecientemente expulsados a campamentos o viviendas precarias[9].

Hoy, el país más neoliberal y uno de los más desiguales del mundo[10] se une a la lucha contra otro tipo de pandemia mundial. A pesar de las exitistas y tragicómicas intervenciones de agentes patógenos menores, como ministros/as, presidentes y parlamentarios/as, la epidemia se sigue esparciendo. El mejor sistema de salud del multiverso parece no dar abasto. Si el estallido social ya había denunciado la abismal desigualdad y precaria infraestructura social, llevando a una repolitización masiva de un pueblo sometido, la nueva crisis sanitaria ha terminado de mostrar al neoliberalismo como es: una virulenta y/o pestilente y nefasta enfermedad social.

Fueron los sucesivos gobiernos neoliberales y su constitución quienes rápidamente privatizaron la salud. Fueron ellos/as quienes permitieron la generación de carteles farmacéuticos, y es la constitución la que impide regular los precios, ya que atenta “contra el libre mercado”. Fueron ellos/as quienes, teniendo la oportunidad, simplemente modificaron y profundizaron la infección. Ellos/as desarticularon la red de protección social que hoy tiene a miles de chilenos/as rezándole a dioses antiguos y nuevos para no contagiarse mientras van, apretados como sardinas, camino a su trabajo cada mañana. También ellos/as liberaron a guanacos, zorrillos y porcinos de su zoológico mentolado para contrarrestar cualquier queja al sistema y, sonrientes, se felicitaban cuando anunciaban mayores privatizaciones y ataques al sistema inmunológico social.

Eso, mientras los pocos beneficiados del neoliberalismo, esos que viajan por el mundo y viven en las comunas más ricas de Santiago, importaron al país una nueva enfermedad. Ricachones acostumbrados a hacer lo que se les da la gana se pasan la cuarentena, cuando la hacen, quejándose en redes sociales de aburrimiento en sus millonarias mansiones, o por la imposibilidad de vacacionar en su segunda o tercera casa en la playa[11].

No les importó nada viajar a Temuco a un matrimonio cuando debían hacer cuarentena[12], contagiar a sus empleados por obligarlos ir a trabajar a sus casas o empresas, ni celebrar una fiesta de matrimonio mientras había toque de queda sanitario[13]. Total, ellos/as se pueden pagar los exámenes y la clínica privada con hotelería de lujo. Son ellos/as quienes lo compraron todo en los supermercados, dejando a jubilados y enfermos que viven con un apretado presupuesto semanal, desabastecidos. Ello/as subieron los precios de remedios y víveres en sus empresas, para poder pagarse unas nuevas vacaciones una vez esto pase.

A ellos/as no los despiden en una emergencia sanitaria, sino que son ellos/as quienes firman esos finiquitos. A los beneficiados del neoliberalismo, las reglas que nos imponen no se les aplican, aunque al resto nos cueste la vida. Peligramos no sólo por una nueva pandemia, sino por protestar para establecer una sociedad solidaria y justa, o por ser desvinculado/a y perder la fuente principal de un ingreso que apenas alcanza para sobrevivir. “Hay una guerra de clases (…) pero es mi clase, la de los ricos, la que está haciendo la guerra, y estamos ganando” dijo Warren Buffett, el tercer hombre más rico, el 2006[14]. 14 años después, en Chile al fin hemos reconocido el conflicto y nos levantamos para recuperar lo que se nos ha quitado.

¿Serán, entonces, todos estos malestares síntomas de una enfermedad más abstracta, pero no por eso menos letal? Creo que cualquiera que haya tomado una cacerola, una pancarta, o un traje de Pikachu o estúpido y sensual Spiderman sabe la respuesta. Cualquiera que haya tenido que velar a un desaparecido/a o asesinado/a, también. La verdadera pandemia es el neoliberalismo. La repolitización ciudadana solidaria y la recuperación del estado para garantizar una excelente salud mental, física, económica y social luego de remover el antiguo quiste constitucional permitirá comenzar a sanar, a pesar de los gritos y reclamos virulentos de los neoliberales y sus beneficiarios, cueste lo que cueste.

“Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste (…) es el conocimiento y el recuerdo” escribió Camus en “La Peste”. Lo que el nuevo “Chile Despierto” ganará al juego de la peste neoliberal es el (re)conocimiento de una desigualdad que nos ha enfermado por demasiado tiempo, y el recuerdo de cómo lo desinfectamos de sus portadores. Esa es la historia que hoy en el Chile Despierto escribimos.

[1] Mises, L. (1949), Human Action: A Treatise on Economics, Yale University, p.247.

[2] Mises, L. (2005) [1927], Liberalism. The classical tradition, Liberty Fund, p.9.

[3] Hayek, F. (1993 [1982]), Law, Legislation and Liberty, Routledge.

[4] Fischer, K. (2009), The Influence of Neoliberal in Chile Before, During and After Pinochet, en The Road from Mont Pèlerin: The Making of the Neoliberal Thought Collective, Cambridge, p. 327-328

[5] Friedman, M. (1994), Passing down the Chilean Recipe, Foreign Affairs ,73:1, p.177

[6] Klein, N. (2007). La Doctrina del Shock, Random House.

[7] https://www.elmostrador.cl/noticias/multimedia/2020/03/21/que-pasa-si-el-virus-muta-y…

[8] Mises, L. (2005) [1927], Liberalism. The classical tradition, Liberty Fund, p.10.

[9] Vergara-Perucich y Arias-Loyola, M. (2019), Bread for advancing the right to the city: Academia, grassroot groups and the first cooperative bakery in a Chilean informal settlement, Environment and Urbanization Vol 31(2): 533-551.

[10] https://www.bbc.com/news/world-latin-america-50123494

[11] https://www.cooperativa.cl/noticias/pais/vivienda/la-casita-dos-departamentos-monckeberg-pasa-el-dia-en-boca-de-twitter/2018-12-06/182107.html

[12] https://www.meganoticias.cl/nacional/294968-temuco-coronavirus-pasajero-de-santiago-abordo-avion-infectado-27-personas-en-cuarentena-seremi-de-salud.html

[13] http://lanacion.cl/2020/03/23/fuertes-criticas-por-matrimonio-en-plena-cuarentena-asistio-coco-legrand-y-rodrigo-perez-mackenna/

[14] https://www.nytimes.com/2006/11/26/business/yourmoney/26every.html

Martin Arias Loyola
Doctor en Geografía Económica y Estudios de Planificación.
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