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Las marcas de los incorregibles: A 30 años de la eliminación de la homosexualidad como patología mental en la OMS

Por: Sebastián Palma / Publicado: 16.05.2020
Las marcas de los incorregibles: A 30 años de la eliminación de la homosexualidad como patología mental en la OMS /
Hace 30 años la OMS borró a la homosexualidad del listado de enfermedades mentales. Hoy, en medio de un proyecto de ley que busca prohibir tratamientos para “reformar” a niños por su identidad de género, un grupo de “terapiados” analiza el proceso que cambió sus vidas para siempre.

Ese día Cristóbal Bañados no lo olvidará nunca. Tenía diecinueve años cuando un grupo de cuatro mujeres desconocidas, un cura canadiense, una vidente y su madre, lo recostaron en un ala lateral de una iglesia en Las Condes en medio de una misa de sanación. Allí, le pusieron una cruz sobre la frente y comenzaron a rezar y a arrojarle agua sobre el rostro en un rito para exorcizarlo. La intención de la ceremonia, cuenta Cristóbal, era sacarle los demonios y espíritus que lo hacían ser homosexual.

No era primera vez que Cristóbal asistía a esas ceremonias. En esa época, pocos días después de salir del colegio y asumir su homosexualidad, su madre, Pía, lo llevaba una vez por semana a distintas iglesias que impartían las misas de sanación. Allí, él debía rezar el rosario, beber agua bendita y rogar a Dios por una curación a sus impulsos. Reconoce que se sentía intimidado y asustado, pero que los ritos nunca habían sido tan invasivos como ese día.

“En esa misa experimenté un rito medio pagano. Repetían las mismas palabras un montón de veces: ‘ven espíritu de luz’, dijeron durante veinte minutos. El cura decía que yo tenía al demonio de Asmodeo, que representa a la lujuria. Además de nosotros habían muchas personas tratando de sanar otras cosas, hubo desmayos igual que las misas de la tele. Yo tuve el valor de aguantar, pero igual estaba sometido y con este canto entré en una especie de trance mientras el sacerdote intentaba sacarme el diablo. Cuando terminó todo, nos fuimos con mi mamá en el auto, me sentía extraño y mi mamá creía que ya estaba resuelto el lado espiritual”, dice Cristóbal, quien hoy tiene 25 años y acaba de egresar en la carrera de arquitectura en la Universidad de Chile.

Cristóbal Bañados

Sus acercamientos a estas misas comenzaron por el entorno de su madre. En la parroquia que asistía sus amistades comenzaron a decirle que Cristóbal era homosexual porque había sido concebido fuera del matrimonio. “Todo era una locura”, añade él.

Pero esa “locura”, no fue el único intento de su madre para revertir la homosexualidad que Cristóbal recién empezaba a asumir. Ella también buscó ayuda profesional en la clínica de la Universidad Católica. Según comenta Cristóbal, comenzó una terapia psicológica con Marcela Ferrer, la que buscaba revertir su homosexualidad.

“Ella me hacía preguntas, trataba de ver cuáles eran mis traumas, insistía mucho con que mi homosexualidad venía de un trauma infantil, entonces me empezaba a preguntar qué experiencias había vivido yo y trataba de escarbar. Fue un momento horrible, pero ¿dónde podía encontrar algo que no existía?”.

La conversión que no llega

“Intentar modificar la orientación sexual o la identidad de género de un niño o niña, puede generar un profundo daño que trascienda para toda su vida, no podemos sino garantizarle a la infancia crecer en un ambiente seguro que respete y valore quienes son”, dice la diputada de Revolución Democrática Natalia Castillo, quien en conjunto con Pamela Jiles (PH) y el apoyo de otros parlamentarios de distintos partidos, desde RN a la DC, presentaron un proyecto de Ley denominado Nada que Corregir.

La iniciativa busca modificar la Ley de Violencia Intrafamiliar y la Ley N° 20.609, conocida como ley Zamudio, para regular y sancionar actos al interior de la familia que busquen modificar la orientación sexual o identidad de género en la niñez. Y si bien la iniciativa hoy se encuentra estancada en la comisión familia por la crisis sanitaria, su impulsora espera que pueda avanzar para convertirse en ley cuando la normalidad vuelva.

Pese a que la Organización Mundial de la Salud eliminó a la homosexualidad del listado de enfermedades mentales hace treinta años y que la ONU calificó a estos programas como “carentes de ética” e “ineficaces”, son pocos los países del mundo que penalizan legalmente este tipo de tratamientos.

En el mundo, las terapias de reorientación sexual tienen larga data, incluso, hasta mediados del siglo XX, los intentos por curar a la homosexualidad incluyeron tratamientos quirúrgicos como la vasectomía, la castración o la ablación del clítoris. Además de la aplicación de otros procedimientos invasivos como tratamientos hormonales, por electroshock o con estimulantes y depresivos sexuales.

La abogada Antonia (su nombre fue cambiado para resguardar su identidad), también vivió las terapias de conversión. Cuando iba en octavo básico, dice, se enamoró por primera vez. “Yo iba en un colegio de monjas y tenía catorce años cuando ella llegó. Me enamoré apenas la vi”, comenta hoy en su casa en Providencia.

Antonia rememora que el amor fue correspondido, que comenzaron a mandarse cartas, a chatear por Messenger y verse a escondidas, eso hasta que una profesora las descubrió. “Nos vio dándonos la mano y después nos revisaron nuestras cosas. Encontraron frases de amor escritas en un cuaderno”, relata.

La profesora llamó a los padres de Antonia. Ellos decidieron cambiarla de colegio y enviarla a terapias de reconversión. “Nunca me voy a olvidar de eso, eran los martes en el barrio El Golf”, cuenta la mujer. Antonia agrega que las terapias consistían en señalarle que su atracción hacia las mujeres era parte de una confusión por la edad: “Los niños comen tierra y luego se arrepienten”, asegura que le decían.

Luego de un año de terapias, Antonia comenzó a moldear su personalidad. “Lo más lamentable es que la terapia resultó por un momento.  Me convencieron que yo era una mujer, que no quería ser un hombre y en consecuencia, los varones me debían gustar. Me compré la idea de que había comido tierra por curiosidad”, agrega.

Después de las terapias, Antonia pololeó con hombres en su colegio y su universidad, incluso convivió dos años con uno de ellos. “Él era una buena persona, teníamos mucha afinidad intelectual. Sabía de la terapia, pero todo el mundo pensaba que había sido una cosa de niños”, dice Antonia.

Pero como el sol no se puede tapar con un dedo, la verdadera Antonia renació un día.  “Conocí a una mujer en una fiesta, era mayor que yo. En ese momento sentí lo mismo que cuando era una quinceañera. Terminé de inmediato con mi pareja y comencé mi nueva vida, la que siempre quise y no me dejaron tener. Dejé todo por lo que soy y por amor, lo he pasado muy mal pero no me arrepiento. Yo tengo todo lo que quería, aunque eso afecte la relación con mi familia”.

El año 2015, el Colegio de Psicólogos de Chile planteó su posición frente a este tipo de terapias reparativas. En el documento se puede leer que “la homosexualidad no constituye una patología mental(…) en cambio, sí existe evidencia de los daños y perjuicios (que estas terapias) producen en el ámbito de la salud mental”.

El año siguiente, por su parte, el Ministerio de Salud se pronunció sobre el tema señalando que: “las prácticas conocidas como terapias reparativas o de reconversión de la homosexualidad representan una grave amenaza para la salud y el bienestar, inclusive la vida de las personas afectadas”.

Oscar Rementería, vocero del Movilh, reconoce que pese al reconocimiento del gobierno, este tipo de terapias siguen existiendo en el país, sin ser perseguidas. “En Chile de manera encubierta se hacen estos tratamientos y el Ministerio de Salud debería fiscalizar estas prácticas que son francamente inhumanas”, señala.

Por su parte Alessia Injoque, Presidenta de la Fundación Iguales agrega que: «Estas terapias de terapéuticas no tienen nada. Parten de la base equivocada de que habría algo que curar porque alguien es de una diferente orientación sexual o identidad de género. Como si solo una orientación sexual o de identidad de género fuera válida y el resto debiese adaptarse con un trabajo psicológico. Como Fundación Iguales nos oponemos a estos tratamientos».

Andre Mazzucchelli (40), también pasó por estas terapias en su adolescencia, luego que sus padres la echaran de la casa por besarse con otra mujer que conoció en un trabajo voluntario de Un Techo para Chile. “Para volver me pusieron como condición ir a una terapia de hipnosis. Yo recuerdo que fui muerta de miedo. En esa época yo no sabía nada de grupos de ayudas y pensé que esto me podía salvar”, comenta.

Andre Mazzucchelli

Con el paso de los meses, Andre decidió dejar de ir a las terapias, se alejó de su familia y se fue a vivir a Australia con otro pariente. Allá, dice, pudo explorar su sexualidad y conoció agrupaciones LGTB. Hoy, de vuelta en Chile, Andre es la fundadora del movimiento Visibles y Lelalong, donde lesbianas se reúnen a patinar en longboards.

“Tuve que rehacerme desde cero. Mis padres se alejaron, pero la relación ahora está mejor. Ella me acepta, de hecho le presenté a mi pareja. Pero mi juventud fue una época muy dura. Las terapias fueron muy traumáticas, una tortura”, cuenta Andre, que a fines de año celebrará un Acuerdo de Unión Civil con su actual pareja .

El mismo pensamiento tiene hoy Pía, la madre de Cristóbal Bañados. Ella dice estar arrepentida y consciente de lo “dañinas” que resultaron las terapias para su hijo, con quien hoy tiene una buena relación.

Actualmente Pía es parte de un grupo en su iglesia que guía a padres de jóvenes homosexuales para “que no pasen por lo mismo y no sean mal guiados”, señala.

“Lo primero que les decimos cuando llega un papá es que su hijo es tan perfecto y tan divino como lo era ayer”. Sobre las terapias de corrección, la mujer agrega que “al principio, nos guiaron mal, pero en el fondo no por mala intención, sino porque ellos creen desde el fondo de su corazón, que eso es lo correcto. Nosotros caímos con la Marcela Ferrer(…) con estas terapias te dicen que tus hijos serán 100 por ciento felices, entonces no esperas ni cinco minutos para hacerlas.  Olvídate la cantidad de gente que sigue inscribiendo a sus niños”, indica.

Desde la clínica de la Universidad Católica confirmaron que Marcela Ferrer trabajó ahí hasta hace dos años. Consultada por este medio, la especialista señala no recordar haber atendido a Cristóbal Bañados. Al ser consultada respecto a haber realizado terapias orientados a cambiar la atracción sexual de algún paciente Ferrer señaló que: “no hago ni nunca hice terapia reparativa”.

Sobre las experiencias retratadas por Cristóbal Bañados en este reportaje, Ferrer explica que: “Las terapias psicológicas en general buscan los traumas infantiles porque todo lo que vivimos hoy tienes raíces en cosas de la niñez y eso no tiene nada que ver con terapias para homosexuales. Si no siempre uno necesita conocer la vida y vivencias de las personas. Y aunque no recuerdo a este joven para nada, cada paciente es citado y puede irse o no regresar si así lo desea. Por lo que todo psicólogo o psicóloga sabe que no es posible obligar a alguien a ningún tipo de terapia”.

A más de siete años de la terapia en cuestión, Cristóbal Bañados reconoce mantener las heridas de un proceso que califica como tortuoso. Pese a ello dice sentirse feliz, cuenta que hoy es respetado y valorado entre sus familiares y cercanos, quienes incluso lo han acompañado a movilizaciones por los derechos de las minorías sexuales. Cristóbal, además, actualmente se desempeña como coordinador creativo de la organización pro derechos LGTB “La marcha disidente”. Con orgullo señala que ya no tiene nada que esconder.

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