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Opinión

Salirse de la escena

Por: Catalina Mena / Publicado: 22.05.2020
Telefonica /
Lo bueno, creo, pienso, es que por fin el arte ha recuperado su peligrosidad. Si hay un grupo de personas que se sienten amenazadas por un mensaje que visibiliza las palabras “Hambre” y “Humanidad”, es porque algo les aguijonea profundamente. Y ese aguijón viene desde el arte.

Por estos días, he sido testigo, partícipe y comunicadora de la censura que sufrió la obra de Delight Lab, quienes vienen desde hace meses proyectando lumínicamente palabras y frases en la fachada del edificio de la Telefónica. También del amedrentamiento y las amenazas que han recaído sobre sus autores, los hermanos Andrea y Octavio Gana. Para qué extenderse en antecedentes y efectos: la situación saltó a la opinión pública y ha sido ampliamente difundida y repudiada por diversos sectores de la sociedad.

¿Qué es lo bueno de todo esto? (me lo pregunto, porque ando con ganas de ser un poco optimista). Lo bueno, creo, pienso, es que por fin el arte ha recuperado su peligrosidad. Si hay un grupo de personas que se sienten amenazadas por un mensaje que visibiliza las palabras “Hambre” y “Humanidad”, es porque algo les aguijonea profundamente. Y ese aguijón viene desde el arte.

No voy a referirme a la persecución que han sufrido los autores y obra en estos días por parte de las mentes más reactivas, violentas y reaccionarias del sistema que hoy hace agua. Eso ha caído por su propio peso. A lo que quiero aludir ahora es a algunos que desde el sistema del arte mismo –pasados de listos, posmodernos, cínicos, no sé cómo llamarles– se dan el lujo de cuestionar la acción de Delight Lab. Ellos –los inteligentes, los sospechadores– acusan la obra de ser oportunista y panfletaria (cuestionan incluso su derecho a llamarse “Arte”, como si esa categoría fuera un asunto ubicado en el Olimpo de lo incontaminado, de aquello que no es manchado por las circunstancias sociales). Quiero informales, de partida, que el “Arte” –las “Bellas Artes”–  sucumbió en los años 60.

No me gustaría extenderme en explicaciones sobre qué es y qué no es “el Arte” (así con mayúscula). Llevo más de 25 años escribiendo de “arte” con minúscula. Una vez, en un arranque de genialidad, a una galería de arte santiaguina se le ocurrió mandar un cuestionario a críticos e historiadores. Justamente, una de las preguntas incluidas en dicho cuestionario era “¿Qué es Arte para usted?”. Pasé del cuestionario.

Vuelvo al tema: censura y amedrentamiento en contra de los autores-artistas de Delight Lab. La polémica activa algo que está en extinción: la rebeldía. Me preocupa, sinceramente, que el miedo le gane a la rebeldía.  Y quiero destacar que ahora no es el caso. Los chicos de Delight Lab, sin querer queriendo, activan una política de la rebeldía, desde el arte (¿lo pongo con mayúscula? Me están dando ganas…). Activan la función artística, que no es otra que interceptar los discursos hegemónicos desde un lugar independiente.

Hoy estuve pensando qué otra obra, qué otro artista, ha logrado el impacto de Delight Lab en Chile. Me costó. Me acordé del colectivo CADA, de Alfredo Jaar, del Papas Fritas… pero no. Muchos artistas han logrado infiltrar la realidad social desde una “mirada otra”, independiente, pero quizás lo que han hecho los hermanos Gana no tenga antecedentes. Estoy segura de que si se escribiera un nuevo libro sobre arte contemporáneo chileno (después del único libro que hay, que es Copiar el Edén) los hermanos Gana estarían incluidos. Listo.

Hay artistas e intelectuales que se salen de esta escena. Ellos son tan “cool”, tan inteligentes, tan out, que no entran en nada: no ponen el cuerpo. Les informamos que ya pasó el tiempo de salirse de la escena, que la cuestión ocurre en un barco en altamar, y que salirse no es inteligente, ni cool, ni nada: es ser cobarde.

Catalina Mena
Catalina es periodista y crítica de arte.
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