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Reportajes

Cadena de errores: La falta de protocolos médicos tras la muerte de Roberto Aránguiz por COVID-19

Por: Joaquín Zúñiga / Publicado: 24.06.2020
Roberto y Eliana en una de las últimas reuniones familiares. / Roberto y Eliana en una de las últimas reuniones familiares.
Aránguiz falleció solo en su casa, tras un serie de eventuales negligencias que, de evitarse, pudieron haber prolongado su vida. Su caso provocó impacto público y matinales y diarios recogieron el hecho, pues el hombre de 64 años murió sin saber que padecía COVID-19. Más de ocho horas tuvieron que esperar sus familiares para retirar el cuerpo y su velorio fue autorizado solo por 15 minutos. Las faltas de protocolo antes y después de su muerte, asegura la familia, empeoraron la lamentable situación que aún no pueden asimilar por completo. La que sigue, es la reconstrucción de sus últimos días, junto con una descripción de cómo operaron los servicios públicos en su caso.

La mañana del viernes 8 de mayo, la familia de Roberto Aránguiz comenzó a sospechar que algo andaba mal con él. Roberto vivía con su madre en la comuna de La Florida, y ella llevaba una semana hospitalizada por COVID-19. Sus familiares creían que él también estaba contagiado, pero aún no recibían los resultados del examen. Rodrigo y Bexi, sus sobrinos, le escribieron y llamaron varias veces durante esa mañana, pero su tío no respondía. Omar, el hermano de Roberto, fue a su casa en la mañana. Tocó el timbre más de una vez y se cansó de esperar que su hermano saliera. Supuso que estaba durmiendo. Decidió ir a comprar a una carnicería cercana, y les avisó a Rodrigo y Bexi, sus hijos, que luego iría nuevamente donde Roberto. Ellos se ofrecieron a hacerlo por él. Se juntaron en la carnicería, tomaron las llaves y se dirigieron en auto a la casa de su tío ‘Bobby’, como le decían de cariño. En el camino hablaban de que lo retarían por no contestar el teléfono. Sospechaban que no quería hacerlo porque no le gustaban los doctores.

“No quería internarse y dejar solo a su gato ‘Simón’”, recuerda Bexi. Una vez en la casa tocaron el timbre y golpetearon la reja. Nadie salió. Solo tenían llaves del portón, y decidieron abrirlo. La ventana de la pieza de Roberto da hacia el patio delantero de la casa, por el costado. Luego de golpear la ventana, Rodrigo la forzó para abrirla. Corrieron las cortinas y pudieron ver a su tío recostado sobre la cama. “¡Tío Bobby!”, le gritaron varias veces, pero no reaccionaba. Con el palo de una escoba Rodrigo empezó a mover la cama y los pies de Roberto. “Fue una reacción inconsciente dentro de toda la desesperación. Era muy evidente que ya había fallecido”, recuerda.

“Ellos eran el uno para el otro. Roberto vivía para su mamá”, recuerda Gladys, quien fue su vecina por más de 35 años. Eliana y Roberto comenzaron a vivir en La Florida en el año 1984. Antes de eso, vivían juntos en el centro de Santiago. Cuando llegaron al barrio, el hijo de Gladys tenía casi 2 años. Lo vieron crecer, y cada navidad se preocupaban de tenerle un regalo. La ‘Nana’, como le decían a Eliana sus cercanos, tuvo 3 hijos: Fernando, Roberto y Omar. Roberto nunca tuvo hijos, pero sí tuvo 9 sobrinos que lo adoraban, cuenta Bexi. “Siempre fue fan mío y de todos sus sobrinos. Tú subías una foto a Facebook y era el primero en comentar: ‘¡Linda mi niña!’, ‘cuídate’. Era el primero en saludarnos para nuestros cumpleaños. Adoraba a los niños, era súper guaguatero. Para nosotros siempre fue un niño en cuerpo de adulto”, recuerda.

Roberto trabajaba de lunes a sábado en un minimarket de San Miguel, cerca de la estación Ciudad del Niño. Se levantaba a las 5 de la mañana, cuenta Gladys, y dice que una de sus mayores preocupaciones al sospechar que estaba contagiado, era que sus clientes también corrían riesgo. Las tardes las pasaba junto a su mamá. Cocinaban de todo. Eliana le enseñó a hacer queque a Bexi, y Roberto le enseñó a hacer empanadas a su sobrino Rodrigo. Gladys recuerda que las veces que ella se enfermó y tuvo que estar en cama, era su vecina Eliana quien le llevaba almuerzos todos los días. “Era como si fuera su hija o su sobrina”, dice.

La última semana de abril Eliana comenzó a sentirse resfriada. Gladys la llamó todos esos días, y notaba que su voz se iba empeorando entre cada llamada. Le recetaron remedios para una bronquitis obstructiva. Cada día su estado de salud empeoraba, y el jueves 30 de abril, Gladys le recomendó a Roberto que llamara una ambulancia. Él lo hizo, y en la noche, su mamá quedó internada en el hospital. Allí la estabilizaron, y la doctora que la atendió le comunicó a la familia que lo más probable es que Eliana fuera Covid positivo. “Ahí Roberto se vino abajo”, asegura Gladys.

El sábado 2 de mayo un médico de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Dra. Eloísa Díaz, le comunicó a la familia que Eliana había dado positivo en el examen de Covid-19. Entre esos mismos días, Roberto comenzó a sentirse resfriado, con fiebre y con dolor corporal. Sus familiares le recomendaron que fuera al mismo hospital donde estaba internada su mamá para realizarse el exámen. Asistió al recinto el día domingo en la tarde noche, pero un guardia no le permitió el ingreso. Roberto le explicó que su mamá era Covid positivo, y que se encontraba internada allí mismo, pero no lo dejaron entrar. Necesitaba una orden médica. “No lo dejaron siquiera entrar a la recepción del hospital. Mi tío tenía todos los síntomas. Yo sé que estaban colapsados, pero pudo haber salido una enfermera para al menos evaluar su estado. No existió un protocolo al respecto”, añade Bexi.

Frente a esta situación, los familiares de Roberto comenzaron una red de apoyo a distancia. Lo llamaban varias veces al día, le compraban las cosas que necesitaba y le iban a dejar almuerzos a la puerta de su casa, evitando el contacto físico. Consiguieron también que un médico fuera a verlo a su domicilio, para así obtener la orden necesaria para realizarse el examen. El día siguiente, el martes 5 de mayo, Roberto se dirigió al mismo hospital. Ingresó a la sala de espera de la urgencia alrededor de la 1 de la tarde, y luego de 6 horas, le realizaron el examen PCR. Le dijeron que se devolviera a su casa y que tomara paracetamol.

Durante esos días, Gladys notaba que el estado anímico y de salud de Roberto iba empeorando. Le escribía por WhatsApp todos los días, y lo llamaba preguntando si necesitaba algo. Roberto solo le pidió una cosa: que le preparara comida a su gatito. “Me dijo que le pusiera apio, zanahoria y un poquito de pimentón. A veces pienso que no me pedía nada porque no quería molestar”, cuenta Gladys. La casa de ella está pareada a la que era la casa de Eliana y Roberto, y solían comunicarse por la pandereta que está en el patio trasero. Hace algunos años Roberto decidió cerrar la abertura entre la pandereta y el techo, pero construyó una ventana entre medio para seguir teniendo un espacio por el cual hablar con su vecina. “Yo abro la ventana, y mi perrita cree que saldrá su papá Roberto a verla. Siempre le hacían cariño y le daban comida desde la ventana”, recuerda ella.

Ornela, la mascota de Gladys mirando hacia la ventana que está entre las casas.

Por esa misma ventana Gladys vio a su amigo por última vez con vida. El jueves 7 de mayo, cerca de las 8 de la noche, le entregó una olla donde cocinó el alimento para el gato, y él le devolvió un plato en el que Gladys le había dado un trozo de pizza. Cruzaron un par de palabras. Gladys le dijo que se acostara a descansar. “Me siento muy mal, me duele todo el cuerpo”, le decía él. Hasta cerca de las 10 de la noche Gladys vio luces encendidas en la casa de su vecino. Luego, piensa ella, Roberto se acostó para no despertar más. Le escribió un mensaje por WhatsApp al día siguiente, pero Roberto nunca lo leyó. “Se me fue mi ‘amigo de oro’”, le digo a todos. Era como mi familia, mi brazo derecho. Siento que me hace falta como persona y como amigo”, añade.

Bexi, la sobrina de Roberto, deduce que ella fue la última persona en hablar con él por teléfono. Lo llamó a las 9 de la noche del día jueves. Bexi le decía que debía seguir luchando contra el virus, y que tenía que estar recuperado para cuando le dieran el alta a Eliana. “Me decía que le iba a ganar a esta enfermedad. Yo le decía que debía mejorarse, que cómo no me iba a acompañar en el día de mi matrimonio ni cuando tuviera hijos. ‘Te quiero mucho tío, sueña con los angelitos’, fueron las últimas palabras que le dije”, cuenta Bexi.

Abandonado por la salud

“No tenemos por qué ir”, fue la respuesta que recibió Rodrigo de parte de la Seremi de Salud cuando les comunicó que encontraron el cuerpo de su tío. Según Carabineros, el protocolo que se debía seguir era esperar que la Seremi diera la orden para que la funeraria pudiera retirar el cuerpo de Roberto. Sin embargo, dijeron que no les correspondía, que el protocolo era distinto. Los paramédicos ya habían confirmado el fallecimiento, y los sobrinos de Roberto no sabían qué hacer. “El personal de la Seremi de Salud fue súper poco empático”, asegura Rodrigo. “Es problema de ustedes, tienen que llamar a la funeraria para que saquen el cuerpo”, le dijeron por teléfono. Durante ese rato, le llegó un mensaje por WhatsApp de parte de la Municipalidad de La Florida. Le decían que no se preocuparan, que ellos estaban gestionando el tema. Rodolfo Carter, alcalde de La Florida, consiguió alrededor de las 5 de la tarde que un fiscal diera la orden para levantar el cuerpo.

Gladys andaba en el kinesiólogo cuando recibió la llamada de una vecina. “Hay un incendio en tu casa parece, están los bomberos”, le dijeron. Siempre que Gladys sale deja todo apagado, por lo que sabía que no pasaba nada en su casa. Decidió llamar a Omar, el hermano de Roberto. “Quiero saber qué pasa con mi amigo”, le dijo. Del otro lado del teléfono, la esposa de Omar le contestó que acababan de encontrar a Roberto muerto en su casa. “Cuando dicen que mi amigo murió abandonado, ¡claro que murió abandonado!, pero abandonado por el sistema de salud. Él no murió abandonado por su familia”, asegura Gladys.

Tres horas después de que el alcalde consiguiera la orden de defunción, llegó el Servicio Médico Legal (SML). Eran las 8 de la tarde. Solo asistió un funcionario del SML, por lo que fue necesario que un carabinero se vistiera con el traje correspondiente para lograr retirar el cuerpo de Roberto entre los dos. Fue una cadena de errores que hizo aun más terrible el día, asegura Rodrigo. “Con mi tío ya se habían cometido un montón de injusticias”, añade.

Roberto falleció sin tener los resultados de su examen PCR. Ese día viernes, en la noche, el alcalde Rodolfo Carter conversó con la Seremi de Salud, quienes le dijeron que desde el jueves estaban los resultados de Roberto. Había dado positivo para Covid. Cuando la familia tuvo acceso al examen, pudieron constatar que el resultado estaba desde el miércoles, dos días antes de que Roberto falleciera. “Si hubiésemos sabido a tiempo, podríamos haber actuado”, piensa Rodrigo.

Dos días después de que falleció Roberto, ocurrió un caso similar en la comuna de San Joaquín. Casi un día completo tuvo que esperar la familia de un hombre de 42 años para que los servicios de salud retiraran el cuerpo del domicilio donde había fallecido. Frente a esta situación, el ahora ex Ministro de Salud (Minsal), Jaime Mañalich, anunció en el reporte diario del día siguiente el protocolo que se debía seguir. Para retirar el cuerpo, era necesario que el certificado de defunción fuera entregado por el médico que lo atendió y que realizó el diagnóstico, dependiendo del servicio de salud. Antes de esta declaración, no existía información específica al respecto.

Coincidencias

El día lunes 11 de mayo, desde el hospital, le avisaron a la familia de Eliana que era muy probable que ella falleciera. Tres nietos de Eliana pudieron asistir al hospital para despedirse de su abuela. Rodrigo entró, le pasaron una silla y desde fuera del dormitorio, con un vidrio de por medio, pudo ver a su abuela por última vez. Ella estaba inconsciente en ese momento. Rodrigo empezó a rezar, y a intentar transmitirle sus últimas palabras desde su voz interior. Hace unas semanas, Eliana le había manifestado su miedo a morir en un hospital. “Intenté transmitirle energía y tranquilidad. Uno siente que le logra transmitir algo. No le pude tocar ni la mano o darle un último abrazo. Es todo muy triste y solitario”, recuerda.

El cuerpo de Roberto estuvo en el Servicio Médico Legal desde el viernes hasta el martes. Cuando el cuerpo fue entregado a la familia, debieron realizar ese mismo día el funeral. 15 minutos les permitieron para el velorio. Mientras estaban allí, minutos antes de comenzar el funeral de Roberto, les llegó la noticia de que Eliana, su madre, había fallecido. Roberto estaba de cumpleaños el 11 de diciembre, y ella, el 16 del mismo mes. La familia los celebraba todos los años en el fin de semana más cercano a las dos fechas. Roberto falleció un día viernes, y ella, el martes siguiente, con cuatro días de diferencia. “Demasiado conectados. Fue una coincidencia del destino, no sé. Mi abuela llevaba doce días con ventilador. Había tenido mejoras, pero después de que murió mi tío, se vino abajo. No nos explicamos eso”, sostiene Rodrigo.

Ambos, Eliana y Roberto, fallecieron sin conocer el destino del otro.

Cuando Gladys cierra los ojos para imaginarse a Roberto, lo ve con una escoba en la mano, haciendo aseo y cuidando a su gatito Simón. Roberto era muy ordenado, le encantaba mantener todo limpio y pintaba su casa todos los veranos, cuentan sus cercanos. Esa misma casa intenta mantener limpia hoy Rodrigo. Fue los primeros días después que falleció su tío a abrir para que sanitizaran el hogar, y durante las últimas semanas ha asistido más veces para intentar mantener el aseo y regar las plantas que tanto querían su tío y su abuela Eliana. “Ellos eran muy cuidadosos, no les gustaría ver su casa sucia. Las plantas son un recuerdo directo que hay que cuidar. Es muy fuerte y triste volver a entrar allí”, dice Rodrigo. La familia no ha ido a la casa a realizar un aseo general. Las cosas siguen tal cual las dejó Roberto antes de acostarse por última vez. “Es como si le hubieran puesto pausa a todo dentro de la casa”, comenta su sobrino.

Gladys intenta barrer todas las semanas las hojas que se acumulan afuera de la casa de su ‘amigo de oro’. Desde que sus vecinos fallecieron, duerme todos los días con los focos del patio trasero encendidos, por miedo a que alguien entre a robar. Cuando se asoma a mirar la casa del lado, aún no logra convencerse de que en menos de dos semanas perdió a dos personas tan queridas. La familia aún se cuestiona qué pudieron haber hecho mejor para evitar esto. Pero a fin de cuentas, comprenden que la responsabilidad no fue de ellos.

Flores y mensajes escritos a Roberto en el mini-market donde trabajaba.

* Este reportaje fue realizado en el curso de Reportajes y Perfiles de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado.

** Las imágenes de este reportaje fueron cedidas por la familia de Roberto Aránguiz, quienes autorizan su difusión.

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