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Opinión

Campanas y sirenas

Por: Catalina Mena / Publicado: 13.07.2020
Obra del artista León Ferrari /
Banda sonora de campanas. ¿Y quién toca las campanas? Ninguna voz, ninguna figura, ningún mensaje. ¿Una Iglesia sin cara?  Me acuerdo del cura Mariano Puga, que murió hace poco. Al único que oí hablar del estallido social apoyando al pueblo en sus demandas. Ahora el silencio de la Iglesia es rotundo y terminal.

En la mañana, en la esquina de Providencia con Los Leones, la película suele verse gris, mediando el mes de julio. Los autos siguen rayando la calle por montones, pero ahora suena como un murmullo. No hay bocinazos, tal vez porque ya no hay tacos. Se oye parejo, constante, el pasar de los autos en plena cuarentena.

El salón de belleza del pasaje comercial en donde vivo hasta hace poco seguía abriendo de manera clandestina: varones habituados al autocuidado seguían yendo ahí para cortarse las cutículas de las uñas. Ahora se cerró. El local de la Liga Chilena Contra la Epilepsia, que hasta hace poco acumulaba filas de pacientes epilépticos y siquiátricos, también está cerrado. En el edificio, al que me mudé justo antes de la pandemia, solían turnarse varios conserjes: ahora quedó uno solo. Cuando bajo a hacer algún trámite indispensable, cada tres o cuatro días, lo saludo con distancia, trato de lanzar una frase amable y a veces él sonríe. Antes se reía.

Por las tardes, aparece una especie de recuerdo surreal: la cordillera. Aunque sea un pedacito entre las construcciones del barrio, veo un encuadre de Cordillera de los Andes (como la célebre cajita de fósforos). A media tarde, cielo. Trozo de cielo azul y nubes blancas, como postal de infancia. Cuando se pone el sol, la ciudad toma un tinte anaranjado, a veces púrpura o violeta. Me están cambiando Santiago para bien, a pesar de que el gris ya lo tengo metido la cabeza.

Contaminado, contaminarse, contagiarse: son las palabras que rebotan como pelotita de pin-pon en las mentes citadinas. Y afuera las cosas suceden a su bola, sin importarles lo que nosotros pensemos de ellas. Se actúa una especie de reverso: descontaminación, aire más limpio, lluvia tras años de sequía y hasta pumas saltando panderetas. ¿Será que este raro silencio hace que aparezca lo que antes no veía? Y también hace que se escuchen otros sonidos: sirenas de ambulancia y campanas. Todos los días, sin tregua, y repetidas veces.

Las ambulancias ya se introdujeron en mi tímpano. Incluso, cuando no pasa ninguna, las sigo escuchando. Banda sonora castrense, descubro. Me informo que el hospital que tengo al frente es el ex Hospital Militar y que la iglesia que está al costado es la Catedral Castrense de Chile. Vuelvo a asomarme al balconcito, a ver si veo a algún militar. Ninguno. Dicen que andan en las poblaciones.

Como no tengo tele, no sé si lamentar o agradecer. Y es que me pierdo el informe diario por cadena nacional de ministro de Salud y sus asistentes. Mentira, no me lo pierdo, porque durante el día se me repiten los personajes que gobiernan en las redes sociales, siempre posando sobre el fondo kitsch de un paisaje turístico, para ostentar de recorrer el país de punta a punta. Los videos reiteran en bucle la estética publicitaria de un gobierno que no parece gobierno, que incluso se jacta de “empatizar” con la gente, como si fuera “buena onda” ofrecer créditos sin interés. No los veo, pero igual me trago la lista de sus supuestos éxitos, las cifras de ventiladores mecánicos, los anuncios de hospitales en construcción y las buenas noticias que confirman lo bien que tratan a sus clientes y lo mucho que se preocupan de los trabajadores pobres (“aunque, si se esforzaran más, no serían pobres”, piensan). Luego la cantinela de números: contagiados, notificados, recuperados, hospitalizados, muertos. Pienso que tal vez no necesito ese recordatorio: la sirena de la ambulancia me actualiza, 24/7, lo que está pasando.

Pero ¿y las campanas? ¿Acaso hay funerales con campanas o campanadas que llaman a misa? ¿Habrá gente que siga yendo a misa? ¿O tañerán las campanas en honor a algún difunto ausente como homenaje a distancia? ¿Sonarán acaso para alguien que las espera, a cierta hora, y las escucha? Campanas para otro, que para mí resultan un sonido perturbador y misterioso, un eco nostálgico de algo sagrado: de veras que alguna vez en Chile existió la Iglesia.

Ya casi se me olvidaba cuándo fue que existió la Iglesia. Parece una estampa histórica. Pensar por ejemplo en los tiempos de la dictadura, en la Vicaría de la Solidaridad, en el cardenal Silva Henríquez y en los curas que lucharon y hasta murieron por la defensa del pueblo. Esa es una historia épica, de fe y coraje. Eran tiempos en que la dimensión religiosa hacía parte de la vida y de la muerte nacional; por más vicios que tuviera la institución eclesiástica, era una voz con poder y autoridad moral.

Banda sonora de campanas. ¿Y quién toca las campanas? Ninguna voz, ninguna figura, ningún mensaje. ¿Una Iglesia sin cara?  No sé por qué al tiro me acuerdo del cura Mariano Puga, que murió hace poco. Al único que oí hablar del estallido social apoyando al pueblo en sus demandas. Ahora el silencio de la Iglesia es rotundo y terminal. Ni una palabra. Ante la orfandad política tampoco sale a socorrernos una voz espiritual.

Trato de pensar cuándo fue que la Iglesia chilena desapareció: un día ya no estaba más.  Y compruebo que fue hace sólo dos años, cuando buena parte de sus jerarcas tuvieron que irse para la casa después de que el Papa Francisco les comprobara su currículo de abuso sexual.  Entonces vino este silencio sepulcral, tupido y sordo, para mantener ocultos los miles de secretos que siguen guardados. La Iglesia, en la que crecimos, que marcó nuestros hábitos y culpas, desapareció. Quizás por eso suenen tan extemporáneas las campanas.

Catalina Mena
Catalina es periodista y crítica de arte.
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